Crónica de los Caballeros Templarios

Que nosotros sepamos, la primera información histórica sobre los templarios la proporciona un historiador franco llamado Guillermo de Tiro, que escribió entre 1175 y 1185. Fue en el apogeo de las cruzadas, cuando los ejércitos occidentales ya habían conquistado Tierra Santa y fundado el reino de Jerusalén o, como decían los propios templarios, «Outremer», la «tierra más allá del mar». Pero cuando Guillermo de Tiro empezó a escribir, Palestina ya llevaba setenta años en manos occidentales, y los templarios existían desde hada más de cincuenta. Por consiguiente, Guillermo escribía sobre acontecimientos anteriores a su tiempo, acontecimientos que él no había presenciado o experimentado personalmente, sino que conocía de segunda o incluso de tercera mano. De segunda o tercera mano y, por si fuera poco, basándose en fuentes inciertas. Porque no hubo cronistas occidentales en Outremer entre 1127 y 1144. Por tanto, no hay testimonios escritos de aquellos años cruciales.templarios1
En resumen, no es mucho lo que sabemos sobre las fuentes de Guillermo, por lo que cabe dudar de algunas de sus afirmaciones. Puede que se inspirase en lo que corría de boca en boca, en una tradición oral que no era demasiado fiable. Otra posibilidad es que consultara a los propios templarios y luego escribiera lo que éstos le habían contado. En tal caso, da cuenta sólo de lo que los templarios querían que diese cuenta. Es verdad que Guillermo nos proporciona cierta información básica; y esta información es la base de todas las crónicas subsiguientes relativas a los templarios, de todas las explicaciones de la fundación de la orden, de todas las narraciones de sus actividades. Pero, debido a la vaguedad y el esquematismo de Guillermo, debido a la época en que escribió, debido a la escasez de fuentes documentales, este historiador constituye una base precaria para hacernos una idea definitiva del asunto. Ciertamente, las crónicas de Guillermo son útiles. Pero es una equivocación — ante la que han sucumbido muchos historiadores— considerarlas como irrefutables y totalmente fidedignas. Tal como señala sir Steven Runciman, incluso las fechas que da Guillermo «son confusas y a veces puede demostrarse que equivocadas».1 Según Guillermo de Tiro, la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón se fundó en 1118. Se dice que su fundador fue un tal Hugues de Payen, un noble de la Champagne, vasallo del conde de la misma.2 Un día, sin ser requerido a ello, Hugues y ocho de sus camaradas se presentaron en el palacio de Balduino I, rey de Jerusalén, cuyo hermano mayor, Godofredo de Bouillon, había conquistado la Ciudad Santa diecinueve años antes. Al parecer, Balduino los recibió con la mayor cordialidad, y lo mismo hizo el patriarca de Jerusalén, líder religioso del nuevo reino y emisario especial del papa.
Guillermo de Tiro añade que el objetivo manifiesto de los templarios era, «en la medida en que su fuerza se lo permitiese, velar por la seguridad de los caminos y las carreteras […] cuidando de modo especial de la protección de los peregrinos».3 Al parecer, este objetivo era tan meritorio que el rey puso toda un ala de su palacio a disposición de los caballeros. Y a pesar de su juramento de pobreza, éstos se instalaron en tan lujoso alojamiento. Dice la tradición que sus aposentos estaban edificados sobre los cimientos del antiguo templo de Salomón y que de ello sacó su nombre la nueva orden.

Durante nueve años, nos cuenta Guillermo de Tiro, los nueve caballeros no permitieron que nadie más entrase en la orden. Se suponía que seguían viviendo en la pobreza, una pobreza tan grande que en los sellos oficiales aparecen dos caballeros a lomos de un solo caballo, lo que da a entender, no sólo fraternidad, sino también una penuria que les impedía tener monturas para todos. A menudo este estilo de sello se considera como una de las divisas más famosas y distintivas de los templarios, y tiene su origen en los primeros días de la orden. Sin embargo, en realidad data de un siglo después, momento en que los templarios no eran precisamente pobres, es decir suponiendo que lo fueran alguna vez.

Según Guillermo de Tiro, que escribió medio siglo después, los templarios se fundaron en 1118 y se instalaron en el palacio del rey, de donde seguramente salían para proteger a los peregrinos en los caminos y carreteras de Tierra Santa. Y sin embargo, existía por aquel tiempo un historiador oficial al servicio del rey. Se llamaba Fulk de Chartres, y escribía, no cincuenta años después de la supuesta fundación de la orden, sino durante los años en que se llevó a cabo la misma. Lo curioso es que Fulk de Chartres no nombra a Hugues de Payen, a sus compañeros ni nada relacionado, siquiera remotamente, con los caballeros templarios.

De hecho, hay un silencio ensordecedor sobre las actividades de los templarios durante los primeros días de su existencia. Ciertamente, no se encuentran testimonios en ninguna parte —ni siquiera más adelante— de que hicieran algo para proteger a los peregrinos. Y además, hay que preguntarse cómo un grupo tan reducido podía albergar la esperanza de desempeñar una tarea tan gigantesca como la que se habían impuesto a sí mismos. ¿Nueve hombres para proteger a los peregrinos que recorrían todas las vías públicas de Tierra Santa? ¿Sólo nueve? ¿Para proteger a todos los peregrinos? Si éste era su objetivo, lo lógico sería que hubiesen admitido nuevos reclutas. Sin embargo, según dice Guillermo de Tiro, durante nueve años no entró en la orden ningún caballero.
No obstante, parece ser que en el plazo de un decenio la fama de los templarios se extendió por toda Europa. Las autoridades eclesiásticas les dedicaron grandes elogios y ensalzaron su cristiana empresa. En 1128 o poco después un opúsculo alabando sus virtudes y cualidades fue publicado nada menos que por san Bernardo, abad de Clairvaux y principal portavoz de la cristiandad en aquel tiempo. El opúsculo de Bernardo lleva por título «En alabanza de la nueva orden de caballería», y declara que los templarios son el epítome y la apoteosis de los valores cristianos.

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Transcurridos nueve años, en 1127, la mayoría de los nueve caballeros regresaron a Europa, donde se les tributó una bienvenida triunfal, orquestada en gran parte por san Bernardo. En enero de 1128 se convocó un concilio eclesiástico en Troyes —corte del conde de la Champagne, señor feudal de Hugues de Payen—, en el que Bernardo volvió a ser el espíritu guía. En dicho concilio los templarios fueron reconocidos oficialmente y constituidos en orden religiosa-militar. Hugues de Payen recibió el título de Gran maestre. Él y sus subordinados serían monjes-guerreros, soldados-místicos, en los que la austera disciplina del claustro se unía a un celo marcial que lindaba con el fanatismo: una «milicia de Cristo», como se les llamó en aquel tiempo. Y de nuevo fue san Bernardo quien, con un prefacio entusiástico, ayudó a redactar la regla de conducta que observarían los caballeros, una regla basada en la de la orden monástica del Cister, en la que el propio Bernardo tema gran influencia. Los templarios hicieron votos de pobreza, de castidad y de obediencia. Estaban obligados a cortarse el pelo, pero tenían prohibido hacer lo mismo con la barba, lo cual les distinguía en una época en la que la mayoría de los hombres iban bien afeitados. La dieta, la indumentaria y otros aspectos de la vida cotidiana quedaron estrictamente reglamentados de acuerdo con pautas tanto religiosas como militares. Todos los miembros de la orden tenían la obligación de vestir hábito blanco o sobrevesta y capa del mismo color, prendas que no tardaron en convertirse en el manto blanco distintivo que hizo famosos a los templarios. «No se permite a nadie llevar hábitos blancos, o tener mantos blancos, exceptuando a los […] caballeros de Cristo.»4 Así decía la regla de la orden, que explicaba la importancia simbólica de este atuendo: «A todos los caballeros profesos, tanto en invierno como en verano, damos, si pueden obtenerse, prendas blancas, para que aquellos que han dejado atrás una vida tenebrosa sepan que deben encomendarse a su creador por medio de una vida pura y blanca».
Además de estos detalles, la regla instauró una jerarquía y un aparato administrativos poco rígidos. Y el comportamiento en el campo de batalla quedaba estrictamente controlado. Si caían prisioneros, por ejemplo, a los templarios no les estaba permitido pedir clemencia ni ser liberados mediante rescate. Tenían la obligación de luchar hasta la muerte. Tampoco estaban autorizados a retirarse, a menos que el enemigo le superase numéricamente a razón de tres a uno.
En 1396 el papa Inocencio II —ex monje cisterciense en Clairvaux y protegido de san Bernardo— promulgó una bula según la cual los templarios no debían lealtad a ningún poder secular o eclesiástico salvo al propio papa. Dicho de otro modo, se les declaraba independientes de todos los reyes, príncipes y prelados, y libres de toda intromisión por parte de las autoridades, así políticas como religiosas. En efecto, a partir de aquel momento los templarios serían sus propios jueces, un imperio internacional autónomo.
Durante los dos decenios que siguieron al concilio de Troyes la orden se expandió con una rapidez y a una escala extraordinarias. Cuando Hugues de Payen visitó Inglaterra a finales de 1128 fue recibido con «gran adoración» por el rey Enrique I. En toda Europa los hijos menores de las familias nobles se apresuraban a enrolarse en la orden, y de todos los rincones de la cristiandad llegaban inmensos donativos en dinero, bienes y tierra. Hugues de Payen donó sus propiedades, y a todos los reclutas se les obligaba a hacer lo mismo. Al ser admitido en la orden, un hombre tenía la obligación de traspasar a ésta todos sus bienes. En vista de estas normas, no es extraño que proliferasen las propiedades de los templarios.

Transcurridos sólo doce meses desde el Concilio de Troyes, la orden tenía grandes fincas en Francia, Inglaterra, Escocia, Flandes, España y Portugal. Al cabo de otro decenio, poseía también territorios en Italia, Austria, Alemania, Hungría, Tierra Santa y partes del este.

Aunque los caballeros estaban obligados por su voto de pobreza, esto no impedía que la orden amasara riquezas a una escala sin precedente. Todos los obsequios eran bien recibidos. Al mismo tiempo la orden tenía prohibido desprenderse de nada, ni si quiera para pagar el rescate por sus jefes. El Temple recibía en abundancia pero, en virtud de una norma estricta, nunca daba. Así pues, cuando Hugues de Payen regresó a Palestina en 1130, con un séquito de unos trescientos caballeros —considerable para aquella época—, dejó tras de sí, custodiadas por otros reclutas, partes inmensas de territorio europeo.

templarios3En 1146 los templarios adoptaron la famosa cruz de color rojo: la cruz paté. Con esta divisa adornando su manto, los caballeros acompañaron al rey Luis VII de Francia en la segunda cruzada. Durante ella nació su reputación de celo marcial unida a una temeridad casi demencial, así como a una fiera arrogancia. En conjunto, sin embargo, su disciplina era magnífica: eran la fuerza de combate más disciplinada del mundo en aquel tiempo. El propio rey de Francia escribió que sólo los templarios y nadie más que ellos impidieron que la segunda cruzada —mal concebida y mal dirigida— degenerase en una hecatombe total.
Durante los cien años siguientes los templarios se convirtieron en un poder con influencia internacional. Ejercían constantemente una diplomacia de alto nivel entre nobles y monarcas a lo largo y ancho del mundo occidental y Tierra Santa. En Inglaterra, por ejemplo, el maestre del Temple era convocado con regularidad al parlamento del rey y considerado como jefe de todas las órdenes religiosas, disfrutando de precedencia ante todos los priores y abades del país. Los templarios, que mantenían vínculos estrechos tanto con Enrique II como con Tomás Becket, colaboraron en el intento de reconciliar al soberano con su arzobispo. Sucesivos reyes ingleses, incluyendo el rey Juan, residían a menudo en la preceptoría londinense del Temple, y el maestre de la orden estuvo al lado del rey durante la firma de la Carta Magna.7 Las actividades políticas de la orden no estaban limitadas a la cristiandad. Se forjaron también lazos estrechos con el mundo musulmán —el mundo al que con tanta frecuencia se oponían en el campo de batalla—, y los templarios merecían un respeto por parte de los jefes sarracenos que superaba al que éstos mostraban hacia otros europeos. También existían relaciones secretas con la secta ismaelita de los asesinos, adeptos militantes y con frecuencia fanáticos que eran el equivalente islámico de los templarios. Los asesinos rendían tributo a los templarios, y corrían rumores de que estaban a su servicio.
En casi todos los niveles políticos los templarios actuaban en calidad de árbitros oficiales en las disputas, e incluso los reyes se sometían a su autoridad. En 1252 Enrique III de Inglaterra se atrevió a desafiarlos, amenazándolos con confiscar ciertos dominios suyos. «Vosotros los templarios […] tenéis tantas libertades y cartas de privilegio que vuestras enormes posesiones os hacen desvariar de orgullo y altivez.
Lo que fue dado imprudentemente, pues, debe ser revocado prudentemente; y lo que fue otorgado inconsideradamente debe ser reclamado consideradamente.» El maestre de la orden replicó: « ¿Qué estás diciendo, oh, rey? No permita Dios que de mi boca salga una palabra tan desagradable y necia. Mientras ejerzas la justicia, reinarás. Mas si la infringes, dejarás de ser rey».8 Es difícil transmitir a una mente moderna la enormidad y la audacia de esta afirmación. De manera implícita el maestre asume para su orden y para sí mismo un poder que ni siquiera el papado osaba reclamar explícitamente: el poder de nombrar o deponer monarcas.
Al mismo tiempo, los intereses de los templarios iban más allá de la guerra, la diplomacia y las intrigas políticas. De hecho, crearon la institución de la banca moderna. Prestando vastas sumas a los monarcas empobrecidos se convirtieron en banqueros de todos los tronos de Europa, así como de ciertos potentados musulmanes. Con su red de preceptorías en todo el continente europeo y en el Oriente Medio, también organizaron, cobrando unos intereses modestos, la transferencia segura y eficiente del dinero de los comerciantes, clase que fue dependiendo más y más de ellos. El dinero depositado en una ciudad, por ejemplo, podía reclamarse y retirarse en otra por medio de pagarés escritos en clave. Así pues, los
templarios pasaron a ser los principales cambistas de la época, y la preceptoría de París se  convirtió en el centro de las finanzas europeas.9 Incluso es probable que el cheque, tal como lo conocemos y utilizamos hoy, fuera inventado por la orden.
Los templarios no comerciaban sólo con dinero, sino también con el pensamiento. Mediante sus buenas relaciones con las culturas islámica y judaica devinieron en receptores y transmisores de nuevas ideas, nuevas dimensiones del conocimiento, nuevas ciencias. Gozaban de un verdadero monopolio sobre la tecnología mejor y más avanzada de su tiempo, la mejor que podían producir los armeros, curtidores, albañiles, arquitectos militares e ingenieros. Contribuyeron al desarrollo de la agrimensura, de la cartografía, de la construcción de caminos y de la navegación. Poseían sus propios puertos de mar, astilleros y flota, una flota tanto comercial como militar, que fue de las primeras en utilizar la brújula magnética. Y en su calidad de soldados, la necesidad de tratar heridas y enfermedades les hizo adeptos en el uso de medicamentos. La orden mantenía sus propios hospitales con sus propios médicos y cirujanos, cuya utilización del extracto de moho sugiere que comprendían las propiedades de los antibióticos. También comprendían los principios modernos de la higiene y la limpieza. Y con una comprensión que se adelantaba a su tiempo, consideraban la epilepsia, no como posesión demoniaca, sino como una enfermedad controlable.10 Inspirado por sus propias realizaciones, el Temple en Europa fue haciéndose cada vez más rico, poderoso y satisfecho de sí mismo. Quizá no sea extraño que también fuera haciéndose cada vez más arrogante, brutal y corrompido. «Beber como un templario» se convirtió en una frase hecha de aquel tiempo. Y ciertas fuentes aseguran que la orden tenía por norma reclutar a caballeros excomulgados.

templarios4
Pero mientras los templarios adquirían prosperidad y mala fama en Europa, la situación había empeorado seriamente en Tierra Santa. En 1185 murió el rey Balduino IV de Jerusalén. En el curso de la disputa dinástica que estalló tras su muerte, Gérard de Ridefort, Gran maestre del Temple, traicionó el juramento que había hecho al monarca fallecido y, a causa de ello, la comunidad europea de Palestina se encontró al borde de la guerra civil. No fue ésta la única acción censurable de Ridefort. Su actitud desdeñosa ante los sarracenos precipitó la ruptura de una tregua que hada años que existía y provocó un nuevo ciclo de hostilidades. Luego, en julio de 1187, Ridefort condujo a sus caballeros, junto con el resto del ejército cristiano, a una batalla temeraria, mal concebida y en definitiva desastrosa en Hattin. Las fuerzas cristianas fueron virtualmente aniquiladas; y al cabo de dos meses la propia Jerusalén —conquistada haría casi un siglo— volvía a estar en manos sarracenas.
Durante el siglo siguiente la situación fue haciéndose cada vez más desesperada. En 1291 había caído ya la casi totalidad de Outremer, y Tierra Santa estaba casi enteramente bajo el control de los musulmanes. Sólo quedaba Acre, y en mayo de 1291 también se perdió esta última fortaleza. En la defensa de la ciudad condenada los templarios dieron muestra del mayor heroísmo. El propio Gran maestre, pese a estar gravemente herido, continuó luchando hasta la muerte. Como el espacio era limitado en las galeras de la orden, las mujeres y los niños fueron evacuados, mientras todos los caballeros, incluso los heridos, optaban por quedarse en tierra. La caída del último bastión en Acre fue de una intensidad apocalíptica: los muros se derrumbaron y enterraron tanto a los defensores como a los atacantes. Los templarios instalaron su nuevo cuartel general en Chipre; pero, en realidad, con la pérdida de Tierra Santa se habían visto privados de su razón de ser. Dado que ya no quedaba ninguna tierra infiel que conquistar y que al mismo tiempo fuera accesible, la orden empezó a volver su atención hacia Europa con la esperanza de encontrar allí algo que justificase la continuación de su existencia.
Un siglo antes los templarios habían presidido la fundación de otra orden religiosa-militar, la de los caballeros teutónicos. Éstos actuaban en grupos reducidos en el Oriente Medio, pero a mediados del siglo XIII ya habían vuelto su atención hacia las fronteras nororientales de la cristiandad. En dicha región se habían labrado su propio principado independiente: el Ordenstaat u Ordensland, que abarcaba casi todo el Báltico oriental. En este principado — que se extendía de Prusia al golfo de Finlandia y lo que actualmente constituye suelo ruso— los caballeros teutónicos gozaban de una soberanía que nadie discutía, lejos del alcance del control tanto secular como eclesiástico.
Desde la misma creación del Ordenstaat los templarios habían envidiado la independencia de la orden hermana. Tras la caída de Tierra Santa cada vez pensaban más en tener un estado propio en el cual pudieran ejercer la misma autoridad y la misma autonomía sin trabas que los caballeros teutónicos. A diferencia de éstos, sin embargo, a los templarios no les interesaban las regiones inhóspitas de la Europa oriental. Estaban ya demasiado acostumbrados al lujo y la opulencia. Por consiguiente, soñaban con fundar su Estado en suelo más accesible y acogedor: el del Languedoc.”
Desde sus primeros tiempos el Temple había mantenido cierta relación efusiva y comprensiva con los cataros, especialmente en el Languedoc. Muchos terratenientes ricos — cataros o simpatizantes de éstos— habían regalado grandes extensiones de tierra a la orden. Según un autor reciente, cuando menos uno de los cofundadores del Temple era un cátaro. Esto parece un tanto improbable, pero no hay ninguna duda de que Bertrand de Blanchefort, el cuarto Gran maestre de la orden, procedía de una familia catara. Cuarenta años después de la muerte de Bertrand sus descendientes combatían codo a codo con otros señores cataros contra los invasores norteños de Simón de Montfort.
Durante la cruzada contra los albigenses, los templarios permanecieron ostensiblemente neutrales, limitándose al papel de testigos. Al mismo tiempo, sin embargo, parece que el Gran maestre del momento dejó bien sentada la postura de la orden cuando declaró que en realidad había una sola cruzada verdadera: la cruzada contra los sarracenos. Asimismo, el estudio atento de las crónicas de la época revela que los templarios ofrecían refugio a los numerosos fugitivos cataros.13 A veces dan la impresión de haber empuñado las armas en defensa de estos refugiados. Y el estudio de las listas de la orden correspondientes a este período, hacia los inicios de la cruzada contra los albigenses, revela que numerosos cataros ingresaban en las filas del Temple, donde ni siquiera los cruzados de Simón de Monfort se atrevían a meterse con ellos. A decir verdad, dichas listas muestran que una elevada proporción de altos dignatarios de la orden procedían de familias cataras.14 En el Languedoc, los funcionarios del Temple eran con mayor frecuencia cataros que católicos. Es más, los nobles cataros que se enrolaban en el Temple no parecen haber recorrido el mundo tanto 61
como sus hermanos católicos. Por el contrario, la mayor parte de ellos no habían salido del Languedoc, con lo cual habían creado para la orden una base estable, existente desde hacía tiempo, en la región.
templarios5En virtud de su contacto con las culturas islámica y judaica, los templarios ya habían absorbido muchas ideas ajenas al cristianismo ortodoxo de Roma. Los maestres del Temple, por ejemplo, tenían a menudo secretarios árabes, y muchos templarios hablaban el árabe con soltura por haberlo aprendido durante el cautiverio. Existía también una relación estrecha con las comunidades judías, con sus intereses financieros y con su erudición. Así pues, los templarios habían tenido contacto con muchas cosas que normalmente Roma no aprobaba. Con la entrada de cataros en la orden empezaron también a tener contacto con el dualismo gnóstico, eso suponiendo que nunca antes lo hubieran tenido.
En 1306 Felipe IV de Francia —Felipe el Hermoso— deseaba vivamente limpiar su territorio de templarios. Éstos eran arrogantes y díscolos. También eran encientes y estaban muy bien adiestrados, por lo que constituían una fuerza militar mucho más poderosa y mejor organizada que las que el rey tenía bajo su mando. La orden estaba firmemente establecida en toda Francia, y en aquellos momentos incluso su lealtad al papa era sólo nominal. Felipe no ejercía ningún control sobre la orden, a la que debían dinero. Para él había sido una humillación tener que buscar refugio en la preceptoría del Temple al huir de las turbas rebeldes de París. Codiciaba la inmensa riqueza de los templarios, que había tenido ocasión de ver durante su estancia en su sede. Y habiendo solicitado ingresar en la orden en calidad de postulante, había sufrido la indignidad de ser rechazado altivamente. Estos factores — unidos, por supuesto, a la alarmante perspectiva de tener un Estado templario independiente a sus espaldas— bastaron para incitarle a actuar. Y la herejía fue una excusa oportuna.
Ante todo, Felipe tenía que asegurarse la cooperación del papa, a quien los templarios, al menos en teoría, debían lealtad y obediencia. Entre 1303 y 1305 el rey de Francia y sus ministros proyectaron el secuestro y la muerte de un pontífice (Bonifacio VIII) y muy posiblemente el asesinato por envenenamiento de otro (Benedicto XI). Luego, en 1305, Felipe logró que se eligiese papa a su propio candidato, el arzobispo de Burdeos. El nuevo pontífice tomó el nombre de Clemente V. Estando en deuda con la influencia de Felipe, el nuevo papa no podía rechazar las exigencias del rey. Y entre estas exigencias estaba la supresión de los caballeros templarios.
Felipe planeó sus jugadas cuidadosamente. Redactó una lista de acusaciones, basada en parte en los informes de sus espías infiltrados en la orden y en parte en la confesión voluntaria de un supuesto templario renegado. Armado con estas acusaciones, Felipe pudo actuar por fin; y cuando descargó el golpe, éste fue súbito, rápido, eficiente y letal. En una operación de seguridad digna de las SS o de la Gestapo, el rey envió órdenes selladas y secretas a sus senescales de todo el país. Estas órdenes debían abrirse simultáneamente en todas partes y ser cumplidas en el acto. Al amanecer del viernes 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia serían apresados por los hombres del rey y quedarían detenidos; sus preceptorías serían incautadas en nombre de la corona; sus bienes serían confiscados. Pero, aunque al parecer el golpe se descargó por sorpresa, tal como pretendía el monarca, éste no consiguió que se cumpliese su objetivo principal: apoderarse de la inmensa riqueza de la orden. Nunca dieron con ella, y la suerte que corrió el fabuloso «tesoro de los templarios» sigue siendo un misterio.
De hecho, es dudoso que el ataque por sorpresa que Felipe descargó contra la orden fuera tan inesperado como creía el rey y como creerían luego los historiadores. Muchos datos inducen a pensar que los templarios recibieron algún tipo de advertencia. Poco antes de las detenciones, por ejemplo, el Gran maestre, Jacques de Molay, hizo quemar muchos de los libros y las reglas de la orden. A un caballero que se retiró de la orden en aquel momento le dijo el tesorero de la misma que su decisión era extraordinariamente «sabia», toda vez que era inminente una catástrofe. Se envió una nota oficial a todas las preceptorías de Francia haciendo hincapié en que no se diese a conocer ninguna información relativa a las costumbres y rituales de la orden.
En todo caso, ya fuera porque se les avisó por adelantado o porque dedujeron que se tramaba algo contra ellos, no hay duda de que los templarios tomaron ciertas precauciones. En primer lugar, parece ser que los caballeros que eran capturados se sometían pasivamente, como si tuvieran instrucciones de obrar así. No existe en Francia ningún testimonio de que la orden opusiera una resistencia activa a los senescales del rey. En segundo lugar, hay pruebas persuasivas de que determinado grupo de caballeros —virtualmente todos ellos vinculados con el tesorero de la orden— protagonizó una fuga organizada. Por consiguiente, tal vez no sea extraño que desapareciera el tesoro del Temple junto con casi todos sus documentos y registros. Rumores persistentes pero no comprobados hablan de que el tesoro fue sacado en secreto de la preceptoría de París, al amparo de la noche, poco antes de que se practicasen las detenciones. Según dichos rumores, fue transportado en carretas hasta la costa — seguramente hasta La Rochelle, la base naval de la orden— y cargado en dieciocho galeras, de las cuales nunca más se supo. Sea esto cierto o no, parece ser que la flota de los templarios escapó de las garras del rey, porque no hay noticia de que alguna de las naves de la orden fuera apresada. Por el contrario, parece que las dieciocho galeras desaparecieron por completo, junto con lo que transportaban.
templarios6Los templarios detenidos en Francia fueron procesados y muchos de ellos sufrieron tortura. Se les arrancaron confesiones extrañas y se les acusó de cosas todavía más extrañas. Por todo el país comenzaron a circular rumores siniestros. Se decía que los templarios adoraban a un demonio llamado Bafomet. Se decía que en sus ceremonias secretas se postraban ante una cabeza barbuda de varón que les hablaba y les investía de poderes ocultos. Los testigos no autorizados de tales ceremonias nunca eran vistos otra vez. Y había también otras acusaciones todavía más imprecisas: de infanticidio, de enseñar a las mujeres a abortar, de besos obscenos a instigación de los postulantes, de homosexualidad. Pero de entre todas las acusaciones lanzadas contra estos soldados de Cristo, que habían luchado y dado sus vidas por Cristo, sobresale una por ser la más estrafalaria y aparentemente improbable. Les acusaron de negar ritualmente a Cristo, de repudiar y pisotear la cruz y de escupir sobre ella. La suerte de los templarios detenidos quedó decidida, cuando menos en Francia. Felipe los atormentó salvajemente y sin piedad. Muchos fueron quemados, muchos más fueron encarcelados y torturados. Al mismo tiempo el monarca siguió presionando al papa, exigiéndole medidas cada vez más rigurosas contra la orden. Tras resistirse durante un tiempo, el pontífice cedió en 1312, y la orden de los caballeros templarios fue disuelta oficialmente, sin que jamás se pronunciara un veredicto concluyente de culpabilidad o inocencia. Pero en los dominios de Felipe los procesos, las indagaciones y las investigaciones continuaron durante dos años más. Finalmente, en marzo de 1314, Jacques de Molay, el Gran maestre, y Geoffroi de Charnay, preceptor de Normandía, fueron asados vivos, a fuego lento. Con su ejecución los templarios desaparecieron ostensiblemente del escenario de la historia. Sin embargo, la orden no dejó de existir. Dado el número de caballeros que lograron escapar, que siguieron en libertad o que fueron absueltos, sería extraño que hubiera dejado de existir.
Felipe había tratado de influir en otros monarcas con la esperanza de que no se respetase a ningún templario en toda la cristiandad. De hecho, el celo del rey en este sentido casi resulta sospechoso. Quizá sea comprensible que quisiera librar sus propios dominios de la presencia de la orden. Pero no está tan claro por qué se empeñó en exterminar a los templarios en todas partes. Ciertamente, él mismo no era ningún modelo de virtudes; y es difícil imaginar que un monarca que había maquinado la muerte de dos papas se sintiera sinceramente disgustado por las infracciones de la fe. ¿Era simplemente que Felipe temía la venganza de la orden si ésta permanecía intacta fuera de Francia? ¿O había algo más de por medio? En todo caso, su intento de eliminar a los templarios fuera de Francia no fue del todo afortunado. El propio yerno de Felipe, por ejemplo, Eduardo II de Inglaterra, al principio acudió en defensa de la orden. Más adelante, presionado tanto por el papa como por el rey de Francia, cumplió sus exigencias, pero sólo parcialmente y con tibieza. Aunque, al parecer, la mayoría de los templarios de Inglaterra se libraron por completo de la persecución, algunos fueron detenidos. No obstante, a la mayoría de éstos les impusieron sentencias ligeras y nada más, a veces sólo unos cuantos años de penitencia en abadías o monasterios, donde vivían en condiciones generalmente cómodas. Sus tierras fueron entregadas finalmente a los caballeros hospitalarios de San Juan, pero ellos se libraron de la sañuda persecución de que fueron objeto sus hermanos de Francia.

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En otras partes la eliminación de los templarios chocó con dificultades aún mayores. Escocia, por ejemplo, estaba a la sazón en guerra con Inglaterra, y el caos consiguiente brindaba pocas oportunidades de prestar atención a sutilezas jurídicas. Así, las bulas pontificias que disolvían la orden nunca fueron promulgadas en Escocia, por lo que en dicho país la orden jamás quedó oficialmente disuelta. Muchos templarios ingleses y, al parecer, franceses hallaron refugio en Escocia, y se dice que un contingente nutrido de ellos luchó en el bando de Robert Bruce en la batalla de Bannockburn en 1314. Cuenta la leyenda —y hay pruebas que la corroboran— que la orden se mantuvo como cuerpo coherente en Escocia durante cuatro siglos más. En las luchas de 1688-1691 Jacobo II de Inglaterra fue depuesto por Guillermo de Orange. En Escocia los partidarios del apurado monarca Estuardo se sublevaron, y en la batalla de Killiecrankie, en 1689, murió John Claverhouse, vizconde de Dundee. Se dice que cuando recogieron su cadáver éste lucía la gran cruz de la orden del Temple, y según se supone, no se trataba de una divisa reciente, sino de una que databa de antes de 1307.

En Lorena, que en aquel tiempo formaba parte de Alemania y no de Francia, los templarios contaron con el apoyo del duque del principado. Unos cuantos de ellos fueron procesados y exonerados. La mayoría, al parecer, obedeció a su preceptor, el cual, según se dice, les aconsejó que se afeitaran la barba, se vistieran con prendas seglares y se asimilaran a la población del lugar.
En Alemania propiamente dicha los templarios desafiaron abiertamente a sus jueces, amenazando con alzarse en armas. Los jueces, intimidados, los declararon inocentes; y cuando la orden fue disuelta oficialmente muchos templarios alemanes hallaron refugio en los hospitalarios de San Juan y en la orden teutónica. También en España opusieron los templarios resistencia a sus perseguidores y encontraron refugio en otras órdenes. En Portugal la orden fue exonerada tras una investigación y se limitó a cambiar de nombre, pasando a llamarse caballeros de Cristo. Bajo este título funcionó hasta bien entrado el siglo XVI, dedicándose a actividades marítimas. Vasco de Gama era caballero de Cristo, y el príncipe Enrique el Navegante era Gran maestre de la orden. Los barcos de los caballeros de Cristo navegaban bajo la conocida cruz paté. Y fue bajo la misma cruz como las tres carabelas de Cristóbal Colón cruzaron el Atlántico y llegaron al Nuevo Mundo. El propio Colón estaba casado con la hija de un ex caballero de Cristo, y pudo utilizar las cartas de navegación y los diarios de a bordo de su suegro.

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Vemos, pues, que los templarios sobrevivieron de diversas maneras al ataque del 13 de octubre de 1307. Y en 1522 los descendientes prusianos de los templarios, los caballeros teutónicos, se secularizaron, repudiaron su lealtad a Roma y dieron su apoyo a un rebelde y hereje insolente que se llamaba Martín Lutero. Dos siglos después de su disolución, los templarios, aunque fuera de forma indirecta, se vengaban de la Iglesia que los había traicionado.

LIBRO: El enigma sagrado

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