La gran decisión de Arjuna 5/5 (1)

Después de estos acontecimientos, Krishna, con el consentimiento de los grandes del reino y del pueblo, consagró a Arjuna, su discípulo, el más ilustre descendiente de la raza solar, como rey de Madura, y dio la autoridad suprema a los brahmanes, que se convirtieron en instructores de los reyes. Krishna continuó siendo el jefe de los anacoretas, que formaron el conjunto superior de los brahmanes. A fin de substraer este consejo a las persecuciones, hizo construir para ellos y para sí una ciudad fuerte en medio de las montañas, defendida por una alta muralla y por población escogida. Se llamaba Dwarka. En el centro de esta ciudad se encontraba el templo de los iniciados, cuya parte más importante estaba oculta en los subterráneos.

Entre tanto, cuando los reyes del culto lunar supieron que un rey del culto solar había subido al trono de Madura y que los brahmanes iban a ser los dueños de la India, formaron entre sí una poderosa liga para arrojarle del trono. Arjuna, por su parte, agrupó a su alrededor todos los reyes del culto solar, de la tradición blanca, aria, védica. Desde el fondo del templo de Dwarka, Krishna les seguía, les dirigía. Los dos ejércitos se encontraban en presencia, y la batalla decisiva era inminente. Sin embargo, Arjuna, al faltarle a su lado el maestro, sentía turbarse su espíritu y debilitarse su valor. Una mañana, al romper el día, Krishna apareció ante la tienda del rey, su discípulo.
– ¿Por qué – dijo severamente el maestro – no has comenzado el combate que ha de decidir si los hijos del sol o los de la luna van a reinar sobre la tierra?.
– Sin ti no puedo hacerlo – dijo Arjona -. Mira esos dos ejércitos inmensos y esas multitudes que van a perecer.
Desde la eminencia en que estaban colocados, el señor de los espíritus y el rey de Madura contemplaron los dos ejércitos innumerables, alineados en orden, uno frente al otro. Se veían brillar las cotas de malla dorada de los jefes; millares de guerreros, caballos y elefantes, esperaban la señal del combate. En este momento, el jefe del ejército enemigo, el más anciano de los Kuravas, sopló en su caracola marina, en la gran caracola cuyo sonido parecía el rugido de un león. A este ruido pronto se oyó sobre el vasto campo de batalla un inmenso rumor, el relinchar de los caballos, un ruido confuso de armas, de tambores y de trompas. Arjuna no tenía más que montar sobre su carro arrastrado por caballos blancos y soplar en su caracola azulada, de un azul celeste, para dar la señal de combate ‘a los hijos del Sol. Pero, he ahí que el rey sintió fundirse su corazón, sumergido en la piedad, y dijo muy abatido:

– Al ver esta multitud venir a las manos, siento decaer mis miembros: mi boca se seca, ni cuerpo tiembla, mis cabellos se erizan sobre mi cabeza, mi piel arde, mi espíritu gira en torbellinos. Veo malos augurios. Ningún bien puede venir de esta matanza. ¿ Qué haremos con reinos, placeres, y aun con la misma vida?. Aquellos para quienes deseamos reinos, placeres y alegrías, en pie están ahí para batirse, olvidando su vida y sus bienes. Preceptores, padres, hijos, abuelos, nietos, tíos, parientes, van a degollarse. No tengo gana de hacerlos morir para reinar sobre los tres mundos, y mucho menos aun para reinar sobre esta tierra. ¿ Qué placer experimentaría yo en matar a mis enemigos?. Una vez muertos los traidores el pecado recaerá sobre nosotros.
– ¿Cómo te ha sorprendido – dijo Krishna – ese azote del miedo, indigno del sabio, fuente de infamia que nos arroja del cielo?. No seas afeminado. ¡En pie!. Pero Arjuna, descorazonado, se sentó en silencio y dijo: – No combatiré. Entonces Krishna, el rey de los espíritus, replicó con ligera sonrisa:
– ¡Oh, Arjuna!. Te he llamado el rey del sueño para que tu espíritu esté siempre en vela. Pero tu espíritu se ha dormido, y tu cuerpo ha vencido a tu alma. Lloras sobre lo que no se debiera llorar, y tus palabras están desprovistas de sabiduría. Los hombres instruidos no se lamentan ni por los vivos ni por los muertos. Y o y tú y esos conductores de hombres, siempre hemos existido, y jamás dejaremos de ser en el futuro. De igual modo que el alma experimenta la infancia, la juventud y la vejez en este cuerpo, así también las sufrirá en otros cuerpos. Un hombre de discernimiento no se turba por ello. [Hijo de Bhárata!, soporta la pena y el placer con ecuanimidad. Aquellos a quienes estas cosas no alcanzan ya, merecen la inmortalidad. Los que ven la esencia real, ven la verdad eterna que domina al alma y al cuerpo. Sábelo, pues: lo que impregna todas las cosas, está por encima de la destrucción. Nadie puede destruir lo Inagotable. Todos esos cuerpos no durarán: tú lo sabes. Pero los videntes saben también que el alma encamada es eterna, indestructible e infinita. Por tal razón, ¡ Ve al combate, descendiente de Bhárata!. Los que creen que el alma mata o muere, se engañan igualmente. Ni mata, ni puede ser muerta. Ella no ha nacido y no muere, y no puede perder el ser que siempre ha tenido. Al modo como una persona se quita vestidos viejos para tomar otros nuevos, así el alma encamada rechaza su cuerpo para tomar otros. Ni la espada la corta, ni el fuego la quema, ni el agua la moja, ni el aire la seca. Es impermeable e incombustible. Duradera, firme, eterna, ella atraviesa todo. Tú no debieras, pues, inquietarte del nacimiento ni de la muerte, ¡Oh Arjuna!, porque para el que nace, la muerte es cierta, y para el que muere, lo es el renacimiento. Da frente a tu deber sin pestañear; porque para un kchatrya nada hay mejor que un combate justo. [Dichosos los guerreros que consideran la batalla como una puerta abierta para el cielo!. Pero si no quieres combatir en este justo combate, caerás en el pecado, abandonando tu deber y tu fama. Todos los seres hablarán de tu infamia eterna, y la infamia es peor que la muerte para el que ha sido elevado a los hombres. (Principio del Bhagavad Gita).
A estas palabras del maestro, Arjuna quedó sobrecogido de vergüenza, y sintió hervir su sangre real con su valor. Entonces se lanzó sobre su carro y dio la señal del combate. Krishna dijo adiós a su discípulo y dejó el campo de batalla, porque estaba seguro de la victoria de los hijos del Sol.

Edouart Schuré: Los grandes iniciados

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