REYES MEROVINGIOS: Cuando el Cristianismo y los Reyes eran un “Juego de Tronos” 5/5 (1)

A veces la historia supera la ficción y los años 500-800.dc el corazón de Europa bajo dominio de los Reyes Merovingios se dio el gran salto del paganismo al cristianismo, entre mitos sobrenaturales, magos, conspiraciones, intereses religiosos, entronamientos, abusos de poder y mucha ambición de poder. Concluiría todo con el gran Carlomagno quien formase en el climax de su imperio un segundo vortice religioso cristiano después del ortodoxo de constantinopla y que hoy es el Vaticano en Roma.

 

La leyenda y los merovingios y la gran expansión del Cristianismo

Los merovingios ya eran reyes legítimos y reconocidos debida­mente. Pero, a lo que parece, había algo especial en uno de ellos, tanto es así que confirió su nombre a toda la dinastía.

El gobernante de quien los merovingios recibieron su nombre es sumamente elusivo y su realidad histórica ha quedado eclipsada por la leyenda. Meroveo (Merovech o Meroveus) fue una figura casi sobrenatural digna de los mitos clásicos. Hasta su nombre es testimonio de su origen y carácter milagrosos. Es un eco de la palabra francesa que significa «madre» y, además, de las palabras francesa y latina que significan «mar».

El principal cronista franco y las tradiciones subsiguientes afirman que Meroveo fue hijo de dos padres. Cuando ya estaba embarazada por obra de su esposo, el rey Clodión, la madre de Meroveo se fue a nadar en el mar. Se dice que en el agua fue seducida o violada —o ambas cosas— por una criatura marina no identificada que llegó de allende los mares: «bestea Neptuni Quinotauri similis», una «bestia de Neptuno parecida a un Quinotauro», palabra esta última que no se sabe muy bien qué significa. Al parecer, esta criatura fecundó a la dama por segunda vez. Y, según se dice, Meroveo, al nacer, llevaba en sus venas una mezcla de dos sangres diferentes: la sangre de un gobernante franco y la de una misteriosa criatura acuática.

Esta clase de leyendas fantásticas, huelga decirlo, son muy frecuentes, no sólo en el mundo antiguo, sino también en las tradiciones europeas de épocas posteriores. Por lo general, no son enteramente imaginarias, sino simbólicas o alegóricas y enmascaran algún hecho histórico concreto detrás de su fachada fabulosa. En el caso de Meroveo la fachada fabulosa bien podría indicar algún tipo de matrimonio entre parientes: una genealogía transmitida a través de la madre, como en el judaismo, por ejemplo, o una mezcla de linajes dinásticos en virtud de la cual los francos pasaron a ser aliados de sangre de otro pueblo; muy posiblemente con una fuente de «allende el mar», una fuente que, por una u otra razón, las fábulas subsiguientes transformaron en una criatura marina.

En todo caso, en virtud de esta sangre dual se dijo que Meroveo estaba dotado de una impresionante colección de poderes sobrehumanos. Y, sea cual fuere la realidad histórica que hay detrás de la leyenda, la dinastía merovingia siguió envuelta en un aura de magia, brujería y fenómenos sobrenaturales.

Según la tradición, los monarcas merovingios eran adeptos ocultistas, iniciados en ciencias arcanas, practicantes de artes esotéricas, dignos rivales de Merlín, su fabuloso casi contemporáneo. A menudo los llamaban «los reyes brujos» o «los reyes taumaturgos». En virtud de alguna propiedad milagrosa que llevaban en la sangre, se les creía capaces de curar por imposición de manos; y, según una crónica, se consideraba que las borlas que adornaban los bordes de sus vestiduras poseían milagrosas propiedades curativas. Se decía que eran capaces de comunicarse de forma clarividente o telepática con las bestias y con el mundo natural que los rodeaba y que llevaban un poderoso collar mágico.

También.se decía que poseían un hechizo arcano que los protegía y les daba una longevidad fenomenal (por cierto que la historia no parece confirmar esto último). Y se suponía que todos ellos llevaban una mancha de nacimiento que los distinguía de todos los demás hombres, les haría inmediatamente identificables y atestiguaba su sangre semidivina sobre el corazón —curioso anticipo del blasón de los templarios— o entre los omóplatos.

Asimismo, a los merovingios se les llamaba con frecuencia «los reyes melenudos». Al igual que Sansón en el Antiguo Testamento, eran reacios a cortarse el pelo. Al igual que el de Sansón, su pelo contenía supuestamente su vertu, es decir, la esencia y el secreto de su poder. Fuera cual fuese la base de esta creencia en el poder del pelo de los merovingios, parece ser que se la tomaban muy en serio, incluso en el año 754 de nuestra era. Cuando Childerico III fue depuesto en aquel año y encarcelado, le cortaron ritualmente el pelo por orden expresa del papa.

Por extravagantes que sean las leyendas que rodean a los merovingios, diríase que se apoyan en alguna base concreta, en alguna categoría de la que gozaban los monarcas merovingios durante su vida. De hecho, a los merovingios no se les consideraba como reyes en el sentido moderno de la palabra. Se les tenía por reyes-sacerdotes: encarnaciones de lo divino, algo parecido, pongamos por caso, a los faraones del antiguo Egipto. No gobernaban sencillamente por la gracia de Dios. Al contrario, según parece, eran considerados como la viva personificación y la encarnación de la gracia de Dios, categoría ésta que normalmente se reservaba exclusivamente para Jesús. Y, al parecer, se entregaban a rituales que eran más propios de sacerdotes que de reyes.

Así, por ejemplo, se han encontrado cráneos de monarcas merovingios que muestran en la coronilla lo que parece ser una incisión o agujero ritual. Incisiones parecidas se encuentran en los cráneos de sumos sacerdotes de los primeros tiempos del budismo tibetano. El objeto de tales incisiones era permitir que el alma escapara en el momento de la muerte, así como abrir el contacto directo con lo divino. Hay motivos para suponer que la tonsura clerical es un residuo de la práctica mero vingia.

En 1653 se encontró una importante tumba merovingia en las Ardenas: la tumba del rey Childerico I, hijo de Meroveo y padre de Clodoveo, el más famoso e influyente de todos los reyes merovingios. La tumba contenía armas, tesoros e insignias reales como era de espe­rar que hubiese en una sepultura real. También contenía objetos menos característicos de la realeza que de la magia, la brujería y la adivinación: la cabeza cercenada de un caballo, por ejemplo, una cabeza de toro hecha de oro y una bola de cristal.’

Uno de los símbolos merovingios más sagrados era la abeja; y la sepultura del rey Childerico contenía no menos de trescientas abejas en miniatura hechas de oro macizo. Junto con el restante contenido de la tumba, estas abejas fueron confiadas a Leopold Wilhelm von Habsburg, a la sazón gobernador militar de los Países Bajos austríacos y hermano del emperador Fernando III.2 Al cabo de un tiempo la mayor parte del tesoro de Childerico fue devuelta a Francia. Y al ser coronado emperador en 1804, Napoleón insistió en que las abejas de oro fuesen cosidas a la vestimenta que llevó durante la ceremonia.

Este incidente no fue la única manifestación del interés que los merovingios despertaban en Napoleón. Encargó a un tal abate Pichón que recopilase genealogías con el objeto de determinar si la estirpe merovingia había sobrevivido o no a la caída de la dinastía. Estas genealogías encargadas por Napoleón eran en gran parte la base de las genealogías de los «documentos Prieuré».

Las leyendas que envolvían a los merovingios resultaron ser dignas de la época del rey Arturo y de los romances sobre el Grial. Al mismo tiempo, constituían un tremendo obstáculo que se interponía entre nosotros y la realidad histórica que deseábamos explorar. Cuando por fin conseguimos llegar a dicha realidad —o a los escasos residuos que quedaban de ella— nos encontramos con que era algo distinta de las leyendas. Pero no por ello era menos misteriosa, extraordinaria o evocadora.

Encontramos poca información verificable sobre los verdaderos orígenes de los merovingios.

 

Ellos mismos afirmaban ser descendientes de Noé, al que consideraban, más incluso que a Moisés, como la fuente de toda la sabiduría bíblica, lo cual constituye una postura interesante que volvería a aflorar a la superficie mil años más tarde en la francmasonería europea. Los merovingios también afirmaban ser descendientes directos de la antigua Troya, lo cual, sea cierto o no, serviría para explicar el hecho de que en Francia existan nombres troyanos como Troyes y París. Autores más contemporáneos —incluyendo los que escribieron los documentos Prieuré— se han esforzado por localizar el origen de los merovingios en la antigua Grecia y específicamente en la región conocida por la Arcadia. Según estos documentos, los antepasados de los merovingios estaban relacionados con la casa real de la Arcadia. En alguna fecha no especificada, próximo ya el advenimiento de la era cristiana, se supone que emigraron hacia el Danubio, subieron luego por el Rhin y se instalaron en lo que ahora es la Alemania occidental.

 

Bajo los sucesores de Meroveo el reino de los francos floreció. No era la cultura tosca y bárbara que a menudo se imagina la gente. Al contrario, en muchos aspectos es comparable con la elevada civilización de Bizancio. En ella incluso se estimulaba el aprendizaje de la lectura y la escritura entre los seglares. Bajo los merovingios esta «culturización popular» estuvo más extendida de lo que estaría dos dinastías y quinientos años más tarde. Esta cultura se hada extensiva a los propios gobernantes, lo cual es de lo más sorprendente si tenemos en cuenta la tosquedad y la incultura de posteriores monarcas medievales. El rey Childerico, por ejemplo, que reinó durante el siglo vi, no sólo construyó lujosos anfiteatros de estilo romano en París y Soissons, sino que, además, era un consumado poeta que se enorgullecía mucho de su arte. Y hay crónicas literales de sus conversaciones con autorida­des eclesiásticas que reflejan una sutileza y una erudición extraordinarias, cualidades que no se suelen relacionar con un rey de aquella época. En muchas de estas conversaciones Childerico demuestra estar a la altura de sus interlocutores clericales e incluso les supera en ocasiones.

Bajo el gobierno merovingio los francos eran brutales con frecuencia, pero no eran realmente un pueblo belicoso por naturaleza o inclinación. No eran como los vikingos, por ejemplo, ni como los vándalos, los visigodos o los hunos. Sus actividades principales eran la agricultura y el comercio. Prestaban mucha atención al comercio marítimo, especialmente en el Mediterráneo. Y los artefactos de la época merovingia reflejan una maestría artesanal que es verdaderamente asombrosa, tal como atestigua el buque encontrado en Sutton Hoo. La riqueza que acumularon los reyes merovingios fue enorme, incluso comparándola con la de épocas posteriores. Gran parte de esta riqueza consistía en monedas de oro de calidad soberbia, producidas por cecas reales en ciertos lugares importantes, incluyendo lo que ahora es la ciudad suiza de Sion. Se encontraron ejemplares de tales monedas en el buque encontrado en Sutton Hoo, y ahora pueden admirarse en el Museo Británico. Muchas de las monedas llevan una cruz distintiva de brazos iguales, idéntica a la que más adelante, durante las cruzadas, se adoptó para el reino franco de Jerusalén.

 

Sangre real

Aunque la cultura merovingia era tan moderada como sorprendentemente moderna, los monarcas que la presidieron eran otra historia. No eran típicos ni siquiera de los gobernantes de su propia época, pues la atmósfera de misterio y leyenda, de magia y de fenómenos sobrenaturales, los rodeó incluso cuando estaban vivos. Si las costumbres y la economía del mundo merovingio no se diferenciaban señaladamente de otras costumbres y economías del período, el aura que envolvía el trono y la estirpe real era una cosa singular. A los hijos de los merovingios no se les nombraba reyes. Al contrario, se les consideraba automáticamente como tales cuando cumplían doce años. No se celebraba ninguna ceremonia pública de unción, ninguna coronación del tipo que fuese. El poder era sencillamente asumido, como por derecho sagrado. Pero, si bien el rey era la autoridad suprema, jamás estuvo obligado —ni siquiera se esperó de él— que se ensuciase las manos con la mundanal tarea de gobernar. Era en esencia una figura «ritualizada», un rey-sacerdote, y su papel no consistía necesariamente en hacer algo, sino simplemente en ser. En pocas palabras, el rey reinaba, pero no gobernaba. En este sentido, su condición se parecía un poco a la de la actual familia real británica.

El gobierno y la administración se dejaban en manos de un funcionario cuya sangre no era real, el equivalente de un canciller, que ostentaba el título de «mayordomo de palacio». En su conjunto, la estructura del régimen merovingio tema muchas cosas en común con las modernas monarquías constitucionales.

Incluso después de su conversión al cristianismo, los reyes merovingios, al igual que los patriarcas del Antiguo Testamento, fueron polígamos. A veces tenían harenes de proporciones orientales. Incluso cuando la aristocracia, bajo la presión de la Iglesia, se hizo rigurosamente monógama, la monarquía permaneció exenta. Y la Iglesia, curiosamente, parece que aceptó esta prerrogativa sin protestar demasiado. Según un comentarista moderno:

¿Por qué sería [la poligamia] aprobada tácitamente por los mismos francos? Puede que nos encontremos en presencia de un antiguo uso de la poligamia en una familia real, una familia de tan alto rango que su sangre no podía ser ennoblecida por ningún casamiento, por ventajoso que fuese, ni degradada por la sangre de esclavos… Daba lo mismo que la reina fuese elegida entre los miembros de una dinastía real o entre las cortesanas…. La fortuna de la dinastía reposaba en su sangre y era compartida por todos los que llevaban tal sangre.7

Y, asimismo, Es posible que en los merovingios tengan una dinastía de Heerkónige germánica procedente de una antigua familia de reyes del período de las migraciones.8

Pero, ¿cuántas familias pueden haber existido, en toda la historia del mundo, que disfrutasen de semejante estado extraordinario y exaltado? ¿Por qué disfrutaban de él los merovingios? ¿Por qué su sangre fue investida de un poder tan inmenso? Estas preguntas seguían llenándonos de perplejidad.

 

Clodoveo y su pacto con la Iglesia

El más famoso de todos los reyes merovingios fue el nieto de Mero-veo, Clodoveo I, que reinó entre 481 y 511.

El nombre de Clodoveo lo conocen todos los escolares franceses, pues fue durante su reinado que los francos se convirtieron al cristianismo. Y fue a través de Clodoveo que Roma empezó a instaurar su supremacía indiscutida en la Europa occidental, una supremacía a la que nadie desafiaría durante mil años.

En 496 la Iglesia de Roma se encontraba en una situación precaria. Durante el siglo V su existencia misma se había visto seriamente amenazada. Entre 384 y 399 el obispo de Roma ya había comenzado a llamarse a sí mismo «papa», pero su categoría oficial no era mayor que la de cualquier otro obispo, además de ser muy distinta de la del papa en nuestros días. No era en ningún sentido el líder espiritual o la cabeza suprema de la cristiandad. Simplemente representaba un solo cuerpo de intereses creados, una de muchas formas divergentes de cristianismo, una forma que luchaba desesperadamente por la supervivencia contra multitud de cismas contrapuestos y de puntos de vista teológicos. Oficialmente, la Iglesia de Roma no tenía mayor autoridad que, pongamos por caso, la Iglesia celta, con la cual se encontraba constantemente a la greña. No tenía mayor autoridad que herejías como, por ejemplo, el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesús e insistía en su humanidad. De hecho, durante gran parte del siglo V todos los obispados de la Europa occidental fueron amaños o estuvieron vacantes.

Si la Iglesia de Roma quería sobrevivir, y aún más si deseaba imponer su autoridad, iba a necesitar el apoyo de un paladín, de una poderosa figura seglar que pudiera representarla. Si el cristianismo tenía que evolucionar de acuerdo con la doctrina de Roma, era necesario que esta doctrina fuese diseminada, puesta en práctica e impuesta por una fuerza seglar, una fuerza suficientemente poderosa para soportar, y acabar extirpando, el desafío de credos cristianos rivales. No es extraño que la Iglesia de Roma, en su momento más agudo de necesidad, recurriera a Clodoveo.

En 486 Clodoveo ya había incrementado significativamente la extensión de los dominios merovingios, saliendo de las Ardenas para anexionarse varios reinos y principados adyacentes, y venciendo a diversas tribus rivales. A resultas de ello, muchas ciudades importantes —por ejemplo, Troyes, Reims y Amiens— quedaron incorporadas a su reino. En el plazo de un decenio se hizo evidente que Clodoveo iba en camino de convertirse en el mayor potentado de la Europa occidental.

La conversión y el bautismo de Clodoveo resultaron tener una importancia crucial para nuestra investigación. Más o menos en la época en que tuvieron lugar se escribió una crónica que recogía todos los detalles y pormenores. Al cabo de dos siglos y medio esta crónica, titulada La vida de Saint Rémy, fue destruida y sólo quedaron unas cuantas páginas manuscritas sueltas. Y parece ser que fue destruida deliberadamente. Sin embargo, los fragmentos que se conservan atestiguan la importancia del asunto.

Según la tradición, la conversión de Clodoveo fue súbita e inesperada y obra de la esposa del rey, Clotilde, ferviente devota de Roma que, al parecer, acosó a su esposo hasta que éste aceptó su fe. Posteriormente, Clotilde fue canonizada por sus esfuerzos.

Se decía que en tales esfuerzos había sido guiada y ayudada por su confesor, san Rémy. Pero detrás de estas tradiciones hay una realidad histórica muy práctica y mundana. Cuando Clodoveo se convirtió al cristianismo y pasó a ser el primer rey católico de los francos, lo hizo para ganarse algo más que la aprobación de su esposa; además, poseía un reino mucho más tangible y sustancial que el reino de los cielos.

Se sabe que en 496 tuvieron lugar varias entrevistas secretas entre Clodoveo y san Rémy.

Inmediatamente después de ellas Clodoveo y la Iglesia de Roma ratificaron un acuerdo. Para Roma este acuerdo constituía un importante triunfo político. Garantizaría la supervivencia de la Iglesia y la instauraría como suprema autoridad espiritual de Occidente. Consolidaría la categoría de Roma como igual a la fe ortodoxa griega con base en Constantinopla. Ofrecería la perspectiva de la hegemonía de Roma y un medio eficaz de extirpar las cabezas de hidra de la herejía.

Y Clodoveo sería el medio de llevar a la práctica estas cosas: la espada de la Iglesia de Roma, el instrumento por medio del cual Roma impondría su dominación espiritual, el brazo seglar y la manifestación palpable del poder de Roma.

A cambio de ello Clodoveo recibió el título de Novus Constantinus, es decir, «Nuevo Constantino. Dicho de otro modo, presidiría un imperio unificado, un Sacro Imperio Romano que sucedería al que supuestamente había sido creado bajo Constantino y que los visigodos y los vándalos habían destruido no mucho tiempo antes. Según un moderno experto en el período, Clodoveo, antes de su bautismo, fue fortalecido… por visiones de un imperio que sucedería al de Roma y que sería la herencia de la raza merovingia.9

Según otro autor moderno, Clodoveo debe convertirse ahora en una especie de emperador occidental, un patriarca para los germanos occidentales, reinando, pero no gobernando, sobre todos los pueblos y reyes.10

En pocas palabras, el pacto entre Clodoveo y la Iglesia de Roma tuvo una importancia trascendental para la cristiandad: no sólo para la de aquella época, sino también para la del milenio subsiguiente. Se consideró que el bautismo de Clodoveo señalaba el nacimiento de un nuevo imperio romano, un imperio cristiano, basado en la Iglesia de Roma y administrado, a nivel seglar, por la estirpe merovingia. Dicho de otro modo, se estableció un vínculo indisoluble entre la Iglesia y el estado, cada uno de los cuales prometió lealtad al otro, cada uno de los cuales se ató al otro a perpetuidad.

A guisa de ratificación de este vínculo, Clodoveo se permitió ser bautizado oficialmente por san Rémy en Reims. En el momento culminante de la ceremonia san Rémy pronunció sus famosas palabras:

Milis depone colla, Sicamber, adora quod incendisti, incendi quod adorasti.

(Inclina la cabeza humildemente, sicambro, venera lo que has quemado y quema lo que has venerado.)

Es importante señalar que el bautismo de Clodoveo no fue una coronación, tal como a veces dan a entender los historiadores. La Iglesia no hizo rey a Clodoveo. Éste ya lo era y lo único que podía hacer la Iglesia era reconocerlo como tal. Al hacerlo, la Iglesia se ató oficialmente, no sólo a Clodoveo, sino también a sus sucesores; no a un solo individuo, sino a una estirpe. En este sentido, el pacto se parece a la alianza que Dios hace con el rey David en el Antiguo Testamento, un pacto que puede ser modificado, como en el caso de Salomón, pero no revocado, roto o traicionado. Y los merovingios no perdieron de vista este paralelo.

Durante los restantes años de su vida Clodoveo cumplió plenamente los planes ambiciosos que Roma esperaba de él. Con eficiencia irresistible la fe fue impuesta por la espada; y con la sanción y el mandato espiritual de la Iglesia el reino franco se expandió hacia el este y hacia el sur, abarcando la mayor parte de la moderna Francia y gran parte de la moderna Alemania.

Entre los numerosos adversarios de Clodoveo los más importantes eran los visigodos, que eran seguidores del cristianismo amano. Fue contra el imperio de los visigodos —que estaba situado a caballo de los Pirineos y por el norte llegaba hasta Toulouse— que Clodoveo dirigió sus campañas más asiduas y concertadas. En 507 derrotó decisivamente a los visigodos en la batalla de Vouillé. Poco después, Aquitania y Toulouse cayeron en manos de los francos. El imperio de los visigodos situado al norte de los Pirineos se derrumbó ante la acometida de los francos. Desde Toulouse los visigodos se replegaron hacia Carcasona. Expulsados de Carcasona, instalaron su capital y último bastión en Razés, en Rhédae: actualmente el pueblo de Rennes-le-Cháteau.

 

DagobertoII

Clodoveo murió en 511 y el imperio que él había creado fue dividido, de acuerdo con la costumbre merovingia, entre sus cuatro hijos. Durante más de un siglo a partir de aquel momento la dinastía merovingia presidió varios reinos dispares y a menudo en lucha entre sí, mientras que las líneas de sucesión se enmarañaban cada vez más y crecía la confusión en lo referente a las pretensiones a los diversos tronos.

 

La autoridad que otrora estuviera centralizada en Clodoveo fue difuminándose de manera progresiva, haciéndose más y más incompleta, a la vez que el orden secular iba degradándose. Intrigas, maquinaciones, secuestros y asesinatos políticos eran cada vez más frecuentes. Y los cancilleres de la corte o «mayordomos de palacio» acumulaban más y más poder, factor que a la larga contribuiría a la caída de la dinastía.

 

Despojados de forma creciente de su autoridad, los últimos reyes merovingios han sido llamados con frecuencia les rois fainéant, es decir, los reyes holgazanes. La posteridad los ha estigmatizado despreciativamente como monarcas débiles e ineficaces, afeminados, ma­nejables e impotentes a manos de consejeros astutos y arteros. Nuestra investigación reveló que este estereotipo no era rigurosamente exacto. Es cierto que las constantes guerras, vendettas y luchas encarnizadas hicieron que diversos príncipes se vieran sentados en el trono a una edad extremadamente tierna, por lo que eran fácilmente manipulados por sus consejeros. Pero los que lograron llegar a la edad viril demostraron ser tan fuertes y decididos como cualquiera de sus predecesores. Ciertamente, este parece que fue el caso de Dagoberto II.

Dagoberto II nació en 651, heredero del reino de Austrasia. Al fallecer su padre en 656, se hicieron diversos intentos de impedir que subiera al trono. De hecho, los primeros años de Dagoberto parecen una leyenda medieval o un cuento de hadas. Pero son hechos históricos y bien documentados.11

 

La usurpación por parte de los carolingios

Hablando en rigor, Dagoberto no fue el último gobernante de la dinastía merovingia. De hecho, los monarcas merovingios conservaron cuando menos su categoría nominal durante otros tres cuartos de siglo. Pero estos últimos merovingios justificaron el apelativo de rois fai­néants. Muchos de ellos eran jovencísimos y, por ende, a menudo débiles, peones impotentes en manos de los mayordomos de palacio, incapaces de imponer su autoridad o de tomar decisiones por iniciativa propia. En realidad, apenas si eran algo más que víctimas; y bastantes de ellos fueron sacrificados.

Asimismo, los últimos merovingios pertenecían a ramas menores en lugar de ser vastagos del linaje principal de descendientes de Clodoveo y Meroveo. El linaje principal de descendencia merovingia había sido depuesto con Dagoberto II. Así pues, a todos los efectos puede considerarse que el asesinato de Dagoberto señaló el final de la dinastía merovingia. Al morir Childerico III en 754, fue una mera formalidad en lo que respecta al poder dinástico. Como gobernantes de los francos, la estirpe merovingia en realidad se había extinguido mucho antes.

A medida que se escurría de entre las manos de los merovingios, el poder iba pasando a las de los mayordomos de palacio. Este proceso ya había empezado antes del reinado de Dagoberto. Fue un mayordomo de palacio, Pipino de Heristal quien maquinó el asesinato de Dagoberto. A Pipino de Heristal le siguió su hijo, Pipino II. Y a Pipino II le siguió su hijo, el famoso Carlos Martel.

A los ojos de la posteridad Carlos Martel es una de las figuras más heroicas de la historia de Francia. Desde luego, los elogios que se le han tributado tienen cierto fundamento. Carlos Martel detuvo la invasión árabe de Francia en la batalla de Poitiers en 732, y debido a su victoria, fue en cierto sentido tanto «defensor de la fe» como «salvador de la cristiandad».

 

Lo curioso es que Carlos Martel, pese a ser un hombre fuerte, nunca llegó a apoderarse del trono, que ciertamente estaba a su alcance. De hecho, da la impresión de que contemplaba el trono con cierto temor supersticioso y, con toda probabilidad, como una prerrogativa específicamente merovingia. Por supuesto, los sucesores de Carlos Martel, que sí se apoderaron del trono, hicieron lo imposible por establecer su legitimidad casándose con princesas merovingias.

Carlos Martel murió en 741. Diez años más tarde su hijo, Pipino III, mayordomo de palacio del rey Childerico III, obtuvo el apoyo de la Iglesia a su petición oficial del trono. «¿Quién debería ser rey?», preguntaron al papa los embajadores de Pipino. «¿El hombre que real­mente tiene poder o aquel que, pese a llamarse rey, no tiene ni pizca de poder?» El papa se pronunció en favor de Pipino.

Valiéndose de la autoridad apostólica, ordenó que Pipino fuese nombrado rey de los francos, lo cual era una flagrante violación del pacto ratificado con Clodoveo dos siglos y medio antes. Contando con la sanción de Roma, Pipino depuso a Childerico III, lo confinó en un monasterio y —para humillarle, para privarle de sus «poderes mágicos» o para ambas cosas— ordenó que le cortasen la cabellera, que era sagrada. Al cabo de cuatro años Childerico murió y ya nadie pudo disputarle el trono a Pipino.21

Un año antes y de forma conveniente había aparecido un documento crucial que más adelante cambiaría el curso de la historia de Occidente. Este documento era llamado la «Donación de Constantino». Hoy en día no existe la menor duda de que se trataba de una falsificación perpetrada —sin mucha habilidad— por la cancillería pontificia. En aquel tiempo, sin embargo, se consideró que era auténtico y su influencia fue enorme.

La «Donación de Constantino» pretendía datar de la supuesta conversión de Constantino al cristianismo en 312. Según el documento, Constantino había dado oficialmente al obispo de Roma sus símbolos e insignias reales, que, por ende, pasaron a ser propiedad de la Iglesia. Además, la «Donación» alegaba que Constantino, por primera vez, había declarado que el obispo de Roma era el «Vicario de Cristo» y que le había ofrecido la categoría de emperador.

En calidad de «Vicario de Cristo», el obispo supuestamente había devuelto las insignias imperiales a Constantino, que a partir de aquel momento las llevó con sanción y permiso eclesiásticos: más o menos a modo de préstamo.

Las implicaciones de este documento son bastante claras. Según la «Donación de Constantino», el obispo de Roma ejercía la suprema autoridad, tanto secular como espiritual, sobre la cristiandad. Era, de hecho, un emperador pontificio que podía disponer a su antojo de la corona imperial, que podía delegar su poder o cualquier aspeeto del mismo del modo que juzgase conveniente. Dicho de otro modo, poseía, a través de Cristo, el derecho indiscutible de nombrar o deponer reyes.

Es de la «Donación de Constantino» de donde procede en esencia el poder subsiguiente del Vaticano en los asuntos seculares.

La Iglesia, basando su autoridad en la «Donación de Constantino», utilizó su influencia a favor de Pipino III. Inventó una ceremonia en virtud de la cual podía hacerse sagrada la sangre de los usurpadores o, para el caso, de cualquier otra persona. A esta ceremonia dio en llamársela «coronación y unción», tal como dichos términos se interpretaron durante la Edad Media y luego hasta bien entrado el Renacimiento. En la coronación de Pipino se autorizó por primera vez la asistencia de obispos, con rango igual al de los nobles seculares. Y la coronación propiamente dicha ya no entrañaba el reconocimiento de un rey, o un pacto con un rey. A partir de ahora consistiría nada menos que en el nombramiento de un rey.

El ritual de la unción fue transformado de forma parecida. Antes, en los casos en que se practicaba, era una investidura ceremonial, un acto de reconocimiento y ratificación. A partir de este momento, sin embargo, adquirió un significado nuevo. Tenía precedencia sobre la sangre y, por así decirlo, podía santificarla «mágicamente».

La unción pasó a ser algo más que un gesto simbólico. Se convirtió en el acto literal en virtud del cual la gracia divina era conferida a un gobernante. Y el papa, al ejecutar este acto, pasaba a ser el supremo mediador entre Dios y los reyes. Mediante el ritual de la unción, la Iglesia se arrogaba el derecho de hacer reyes. La sangre era ahora subordinada del aceite. Y todos los monarcas pasaban a ser en esencia subordinados del pontífice.

En 754 Pipino III fue ungido oficialmente en Ponthion, inaugurando así la dinastía carolingia. El nombre tiene su origen en Carlos Martel, aunque generalmente se asocia con el más famoso de los gobernantes carolingios: Carlos el Grande, Carolus Magnus o, como mejor se le conoce, Carlomagno. Y en 800 Carlomagno fue procla mado Sacro Emperador Romano, título que, en virtud del pacto con Clodoveo tres siglos antes, hubiera tenido que reservarse exclusivamente para el linaje merovingio. Roma se transformó en la sede de un imperio que abarcaba la totalidad de la Europa occidental y cuyos emperadores gobernaban únicamente con la sanción del papa.

 

En 496 la Iglesia se había comprometido a perpetuidad con la estirpe merovingia. Al sancionar el asesinato de Dagoberto, al inventar las ceremonias de la coronación y la unción, al apoyar la pretensión de Pipino al trono, traicionó el pacto. Al coronar a Carlomagno hizo que su traición no sólo fuera pública, sino también un hecho consumado. Tal como dice una autoridad moderna:

Por tanto, no podemos estar seguros de que la unción con crisma de los carolingios tuviera por objeto compensar la pérdida de propiedades mágicas de la sangre simbolizada por el pelo largo. Si compensaba alguna cosa, probablemente era la pérdida de fe en que se incurrió al infringir el juramento de fidelidad de una forma especialmente escandalosa.22

Y asimismo, «Roma mostró el camino al proporcionar con la unción un rito para hacer reyes… que de un modo u otro limpiaba la conciencia de “todos los francos”».23

No todas las conciencias, sin embargo. Parece ser que los usurpadores mismos sintieron, si no culpabilidad, al menos una gran necesidad de establecer su legitimidad. A tal efecto Pipino III, inmediatamente antes de su unción, se había casado ostentosamente con una princesa merovingia. Y lo mismo hizo Carlomagno.

Además, parece ser que Carlomagno era muy consciente de la traición que representaba su coronación. Según las crónicas contemporáneas, la coronación fue un acto cuidadosamente ensayado, maquinado por el papa a espaldas del monarca franco; y, al parecer, Carlomagno se sintió tan sorprendido como profundamente turbado. De manera clandestina, ya se había preparado una corona de algún tipo.

Carlomagno había sido atraído hacia Roma y, una vez allí, persuadido a asistir a una misa especial. Al ocupar su lugar en la iglesia, el papa, sin advertencia alguna, colocó una corona sobre la cabeza del monarca franco, al mismo tiempo que el populacho le aclamaba como «Carlos, Augusto, coronado por Dios, el emperador grande y amante de la paz de los romanos». Citando las palabras de un cronista de la época, Carlomagno «dejó bien sentado que no hubiese entrado en la catedral aquel día, pese a ser la más grande de todas las festividades de la Iglesia, si hubiera sabido de antemano lo que el papa se proponía hacer».24

Pero, fuese cual fuere la responsabilidad que Carlomagno tuvo en el asunto, lo cierto es que se infringió desvergonzadamente el pacto que se había establecido con Clodoveo y la estirpe merovingia. Y todas nuestras investigaciones indicaban que la traición, pese a haber ocurrido más de 1100 años antes, seguía escociendo a la Prieuré de Sion. Mathieu Paoli, el investigador independiente al que aludimos en el capítulo anterior, sacó una conclusión parecida:

Para ellos [la Prieuré de Sion] la única nobleza auténtica es la de origen visigodo/merovingio. Los carolingios, luego todos los demás, no son más que usurpadores. En efecto, no eran más que funcionarios del rey, encargados de administrar las tierras, que, después de transmitir por herencia su derecho a gobernar estas tierras, pura y sencillamente se apropiaron del poder. Al consagrar a Carlomagno en el año 800, la Iglesia perjuró, pues había firmado; en el momento del bautismo de Clodoveo, una alianza con los merovingios que había hecho de Francia la hija mayor de la Iglesia.

Fuente: el enigma sagrado

Conquistas y batallas de los merovingios

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