Distensión y Retiro 4/5 (1)

Aceptemos la invitación -siempre abierta- proveniente de la Silenciosa Quietud, degustemos su exquisita dulzura y escuche­mos su callada instrucción.

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Que él se retire por lo menos una vez por día, no sólo de las actividades externas del mundo sino también de sus propios conflictos internos.

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En estos períodos de retiro hemos de vivir con Principios, limpiar nuestras mentes y purificar nuestros corazones, endere­zar los pensamientos torcidos y estar donde no hay prisa ni presión.

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A ese retiro no se lo ha de considerar como un feriado, aunque accidentalmente también sirva a esa finalidad, sino como un modo de vida. No es precisamente un medio para llenar el tiempo de ocio ni para descansar inertemente en un intervalo entre actividades, sino que es un esfuerzo creador para transmutarse y transmutar los propios valores.

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Practicar el retiro de manera filosófica es muy diferente de la manera escapista. En el primer caso, el hombre pugna por ganar un mayor dominio sobre sí y sobre la vida. En el segundo caso, se convierte en un desertor, dejando de aferrarse firmemente a la vida.

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Lo que la filosofía prescribe no es una vida entregada única­mente a un retiro monástico ni una vida enteramente gastada en activas diligencias, sino más bien una combinación sensible y proporcional de ambas cosas, una mezcla en la que el primer ingrediente necesariamente importa menos que el segundo.

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La sabiduría exige equilibrio. Pero el hombre moderno lleva una vida desequilibrada. Se dedica a una actividad incesante, ya sea de trabajo o de placer, sin contrabalancearla con un sosegado reposo y un retiro interior. Su actividad está muy bien en su sitio, pero debería mantenerse allí, y no debería invadir estos momen­tos preciosos en los que él tiene la obligación de recibir consejo de su ser superior. De ahí que la práctica periódica de quietud mental es una necesidad, no un lujo ni un hobby. La escuela esotérica china llama a esto “limpiar la mente”.

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Si estos ocasionales retiros del mundo lo benefician, si sale de ellos con una voluntad más fuerte, una mente más despejada y un corazón más calmo, si lo capacitan para reunir sus pensamientos acerca de asuntos más profundos y juntar sus fuerzas, para la vida superior, entonces sería una necedad dar a ésta el apodo de escapismo.

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Si ha de hallar en sí mismo lo excelso, lo mejor que un hombre puede hacer es empezar su búsqueda retirándose al campo y trabajando en alguna ocupación en la que no tenga que luchar egoístamente ni competir ferozmente con los demás. Así, median­te un trabajo menos ambicioso y una vida más sencilla, tendrá mejores posibilidades de cultivar la tierna planta de la aspira­ción. Así, mediante su propia separación de la agotadora atmósfera de las ciudades, lo que él pierda en fortuna exterior lo ganará en fortuna interior. Empero, si sigue fielmente sus ideales, descubri­rá que la misma voz interior que lo impulsó a vivir apartado lo incitará a veces a regresar también por un tiempo y a aprender la parte de su lección que le está faltando. Las lecciones necesarias de la vida pueden aprenderse en su mayoría -pero no todas- en un oscuro retiro o en pequeñas comunidades rurales. Las demás lecciones han de ganarse solamente en las grandes ciudades bulliciosas y en las sociedades de los hombres.

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Porque somos mayoría los que tenemos que pasar nuestras vidas en esta tierra y en la sociedad humana, no podemos recorrer el camino del que huye. No podemos entrar en monasterios ni ser miembros de ashrams. Y porque algunos de nosotros preferimos la filosofía al escapismo, no queremos hacerlo. Pues creemos que lo real de lo que los ascetas buscan escapar no es del mundo ni de la sociedad, sino de sí mismos; y que nuestro principal trabajo en la vida consiste en rehacernos. Cuando ingresamos en un retiro ocasional y limitado, lo hacemos para aquietar la mente, para desapegar el corazón, para extender nuestras perspectivas y reflexionar sobre la vida, no para huir de ésta y “achatarnos” durante años, sin empacho, ociosamente.

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Quien vive una vida noble en medio de los asuntos del mundo es superior a quien vive una vida noble en medio de un monasterio.

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Necesitamos tomar estos retiros ocasionales para limpiarnos interiormente, hallar renovadas fuerzas y acumular nueva inspi­ración, estudiarnos, meditar y entender la verdad.

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Hay real necesidad de equilibrar nuestra tendencia al activismo con algo de quietismo, a contrapesar nuestra acción excesiva con el ser más profundo.

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La rápida marcha de la vida moderna y el ajetreado bullicio de las ciudades modernas nos impiden encontrarnos con nosotros mismos. Tenemos que sentarnos como si estuviéramos totalmen­te solos en el desierto, rodeados por el silencio y por la lenta marcha de los pensamientos hasta que, en los vacíos existentes entre ellos, empecemos a ver quién es el pensador. Pero debemos darle tiempo, debemos ser pacientes. No está allí afuera, preci­samente delante, sino oculto profundamente dentro. Adentro hay una luz al final del oscuro túnel.

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¡Cuántos de nosotros nos hallamos agotados por la ansiedades físicas, las frecuentes tensiones nerviosas y la frenética turbulen­cia de nuestra etapa! Tendemos a caer en la trampa de nuestras propias actividades, a multiplicarlas por doce y a estar eterna­mente ocupados con esto y aquello. En un sentido, somos las víctimas inocentes de nuestra vida superficial, los esclavos in­conscientes de las actividades y deseos de ésta, las marionetas bailarinas de sus intereses y bienes materiales. No hay un movimiento real de nuestras voluntades que sea libre, sino sólo aparente. Sólo tenemos que mirarles las caras a los hombres y mujeres de nuestras grandes ciudades para darnos cuenta de cuán pobre de reposo espiritual está la mayoría de ellos. Nos hemos vuelto tanto hacia afuera que llegó a ser innatural volver la mente sobre ella misma, y llegó a ser artificial dirigir la atención hacia adentro por un tiempo. Todo esto nos hace pasar por alto los valores más importantes, y nos mantiene en el plano de ser meramente animales superiores que piensan y copulan, y poco más.

Todos quieren vivir. Pocos quieren saber cómo vivir. Si las personas permiten que el trabajo ocupe tanto de su tiempo que no les quede nada para su oración devota, su meditación mística o su estudio metafísico, serán culpables de desperdiciar así la vida como lo serán si permiten que los goces efímeros lo hagan. Quienes no tienen un ideal más elevado que el de andar a la caza de diversiones y estar en busca de placeres, quizá consideren que la devoción religiosa no tiene sentido, que los estudios metafísicos son aburridos, que las meditaciones místicas son pérdida de tiempo y que las disciplinas morales son repulsivas. Quienes no tengan esa vida interior de oración y meditación, estudio y reflexión, en emergencias o crisis pagarán el alto precio de estar vueltos hacia afuera sin remedio. Las necesidades de la vida externa tienen el derecho de ser satisfechas donde corresponda, pero no de dominar toda la atención del hombre. Las necesidades desatendidas e inadvertidas, propias de la vida interior, también deben recibir lo que les es debido. Es totalmente cierto que el hombre debe comer, hallar protección contra la intemperie, usar ropa y entretenerse. Y también es cierto que si un destino afortunado no lo eximió de pasar necesidades, deberá trabajar, comerciar, hacer proyectos o recurrir al juego de azar a fin de obtener el dinero para aquellas cosas. Pero todo esto es razón insuficiente para que pase por la vida sin tener otros pensamien­tos en su cabeza que los de las necesidades de su cuerpo o los esfuerzos de orden financiero. Todavía hay sitio para otra clase de pensamientos: para los concernientes a esa cosa misteriosa – esquiva y sutil- que es su alma divina. Pasan los años y él no puede permitirse desperdiciar así su tiempo, no puede darse el lujo de estar tan vuelto hacia afuera, a costa de haber perdido contacto con la vida interior.

Es bastante malo ser una persona enferma, pero es peor estar enfermo y creer que uno está bien. Empero, los que están vueltos completamente hacia afuera se hallan en este estado, ¡porque consideran que el estar vueltos completamente hacia afuera es el estado adecuado para una vida sana y normal! El hecho es que permitir que seamos arrastrados dentro del torbellino de una inacabable actividad sin intervalos de descanso interior y quie­tud física es no sólo indigno sino también insalubre. Esa completa supresión de la vida interior y esa completa inmersión en lo exterior trastornan el equilibrio de la Naturaleza y pueden expresarse en enfermedad. Poco familiar y tedioso, falto de practicidad e incómodo como en su mayor parte lo es, el ejercicio de meditación no atrae al hombre moderno. En la antigüedad era un deber de índole placentera. En la actualidad es una clase de medicina amarga. Pero su necesidad subsiste y en realidad es aún mayor que la del hombre de la Edad Media. Cuanto más sufrimos las enfermedades psíquicas y físicas engendradas por nuestra extroversión incesante y por nuestro materialismo desequilibrado, es más imperativo tragar esta valiosa medicina de meditar. Aquí tenemos la obligación de ser guiados más bien por la importancia de efecti­vizar una cura que por la importancia de complacer a nuestro gusto. La meditación proporciona a los hombres un santuario contra los acosos del mundo, y quienes no entren en este santuario espontáneamente, son empujados a hacerlo por la dura experiencia de la vida contemporánea misma. Se los obliga a buscar nuevas fuentes de paz curativa. Lo necesitan muchísimo. Sólo existe un retiro seguro para las acosadas emociones en estos tiempos turbulentos, y aquél está dentro de nosotros, dentro de la hermosa serenidad que el místico puede hallar a voluntad. Inevitablemente, el mundo presenciará una reacción en gran escala contra su propia extroversión excesiva, y entonces surgirá una búsqueda interior de desapego mental. Pues ésta está aguardando el mensaje y la panacea de la medí tación moderna.

La meditación deberá restablecerse en su lugar legítimo en el programa humano. Sólo quienes saborearon lo prodigiosa que ella es saben cuán desnuda y pobre está la vida de la que la meditación esté siempre ausente. Sólo quienes llegaron a ser expertos en este arte conocen el goce mayor de recostarse en el canapé de terciopelo (de la meditación) y dejar que caigan de ellos sus cargas. Los beneficios de la meditación son de aplicación para la vida mundana y para la búsqueda espiritual. Piense qué significa poder dar un completo descanso a nuestro aparato mental, poder detener todos los pensamientos a voluntad y expe­rimentar el profundo alivio de distender todo el ser: ¡el cuerpo, los nervios, la respiración, las emociones y los pensamientos! Aqué­llos cuyos nervios no pueden soportar la tensión extrema de la existencia moderna hallarán amplia curación recurriendo a la quietud mental.

La necesidad de practicar la meditación es una obligación que tenemos, como seres que tomamos consciencia de que somos huma­nos y no meramente animales. Pero serán pocos los hombres que reconozcan esta obligación. La mayoría de los hombres no percibe su importancia o, percibiéndola, trata de establecer una coartada sugi­riéndose que están demasiado ocupados cumpliendo sus otras obli­gaciones y que, en consecuencia, no tienen tiempo para la meditación. Pero el hecho es que son demasiado perezosos para librarse del estado común de complaciente indiferencia hacia el alma.

Debemos producir un sano equilibrio entre trabajo y retiro, actividad y contemplación, placer y reflexión, y no seguir siendo víctimas de los convencionalismos prevalecientes. Unos pocos minutos invertidos cada día en la práctica de la meditación pagarán de sobra por sí solos. No sólo debemos introducirla como una característica regular del día humano, sino también como una característica importante. Debemos reorganizar nuestras vidas diarias para poder encontrar tiempo para el pausado cul­tivo del alma a través del estudio, la reflexión y la meditación. Esos intervalos periódicos de retiro de la inacabable preocupación por los asuntos externos son una necesidad espiritual. Debemos aprender a introducir el nuevo factor de la introversión y volver­nos hacia adentro, conectándonos con nuestros más finos recur­sos reflexivos y liberando nuestras posibilidades más profundas. Saber que el hombre tiene un alma sagrada y saber este hecho con invulnerable certidumbre es la primera recompensa de la plega­ria y la meditación filosófica correctas. El alma verdadera del hombre está encubierta y oculta a sus sentidos y sus pensamientos. Pero le es posible despertar, con estos métodos, una facultad superior -la intuición- con la que puede llegar, conocer y ser recibido amorosamente por esta alma.

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Disipamos diariamente nuestras energías mentales y arrojamos nuestros pensamientos a los veleidosos vientos. Corrompemos la potente energía de la Atención y le permitimos desperdi­ciarse diariamente en mil futilezas para llenar nuestro tiempo.

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El ego inventa incesantemente un “deber” tras otro para man­tenerlo tan comprometido en actividades, a menudo triviales, que el hombre nunca está bastante tranquilo como para prestar atención a la presencia y la voz del Yo Superior en su interior. Incluso, muchos denominados deberes espirituales son invención del ego: el Yo Superior no se los pide.

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Porque todos sus ejercicios de meditación sólo podrán tener buen éxito en la medida en que él logre distenderse de manera total, debe señalarse la importancia de esta habilidad.

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Sólo nos distendemos de las tensiones y esfuerzos cuando nos relajamos en la calma interior de la presencia divina. Alcanzar el reposo verdadero es declarar silenciosamente las verdades silen­ciosas acerca de nuestra vida personal, afirmarlas sosegadamente en medio de nuestra vida activa .y reconocerlas deliberadamente sobre el torbellino de nuestra vida emocional.

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Es más sabio ir directamente a la fuente principal, al origen de todas las energías. Allí, nuestra mente o nuestro cuerpo fatigados podrán encontrar su recuperación más vitalizadora.

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La tensión de la existencia moderna hizo que la necesidad de un reposo mental regular sea no sólo aconsejable sino vital. A menos que nuestra excesiva actividad externa sea contrabalanceada con un poco de orientación hacia dentro, la neurastenia nos devastará.

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Tras conseguir un sitio en el que pueda descansar por un tiempo, y un ambiente adecuado para la oración y la meditación, es necesario que empiece y termine cada .día con un llamado silencioso y solemne al Yo Superior en procura de guía, iluminación y ayuda para vencer al ego. Luego, que se dé tanto tiempo como su meditación se lo permita, para una meditación que se repita dos veces y hasta tres veces durante el día.

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Hoy en día, hay más necesidad de retiros filosóficos que de comunidades monásticas, de semirretiro del mundo que de un abandono completo de éste, y de períodos limitados y temporarios de distensión de actividades personales.

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El verdadero lugar de la paz en medio del bullicio de la vida moderna deberá encontrarse dentro de sí, mediante moderación externa y meditación interna.

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Ram Gopal: “En muchos de los ashrams que visité en la India pude ver claramente que las personas, en su vasta mayoría, se arremolinaban en torno de la figura central del sabio en particu­lar, y todas tenían las expresiones medrosas y pusilánimes de los escapistas, huyendo de la vida. Tomaban la salida fácil sentán­dose a los pies de estos santos. Esa actitud negativa sólo las ayudaba a posponer lo que el buscador de verdad encaraba audazmente”.

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Hay necesidad de retiros espirituales a los que laicos y laicas, que no deseen ser monjes o monjas, puedan acudir por un día, un fin de semana, un mes o dos, para buscar la verdad, para estudiar y para meditar en una atmósfera libre de distracciones.

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Desde luego, este precepto tiene algunas excepciones. Por ejemplo, un anciano que crea haber cumplido su labor principal en la vida, tiene todo derecho a descansar, retirarse del mundo y hacer las paces con Dios en la soledad y el reposo.

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El corazón es mi ashram. El Yo Superior es el maestro que habita dentro del corazón.

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Las soledades más hondas no siempre contienen a los hombres más divinos. El renunciamiento al mundo funciona mejor cuando se hace en el corazón, lo cual no es, desgraciadamente, una cosa visible. No siempre es necesario permitir que nuestro traje de etiqueta se cubra de telarañas para que nos convirtamos en devotos de verdad.

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Solos y en silencio, con el cuerpo y la mente quietos, sería improbable y hasta difícil que nos pusiéramos nerviosos, inesta­bles, impacientes e inquietos.

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Pero un hombre no podrá beneficiarse con esta vida más solitaria, ni hallarla placentera, a menos que tenga más reservas interiores que la mayoría de los demás, o a menos que busque activamente ganarlas.

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Mientras aún luche para alcanzar la luz, cuanto mayor sea su familiarización con la gente y más se agolpe ésta en su vida, menos tiempo y menos posibilidades tiene de conocerse y en­contrarse, si su relación con aquella gente es la corriente y egoísta. Si no lo es, pero implica prestarle a esa gente alguna clase de servicio altruista que disminuya su ego, el resultado será mejor y más valioso para esta finalidad. Aun así, es una existen­cia desequilibrada, y día llegará en el que él tendrá que tomarse una vacación de esa gente y crearse soledad y tiempo para su propia necesidad interior de meditación, reflexión y estudio.

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Él no busca la soledad y se separa de la sociedad porque halle desagradable la compañía de la mayoría de las personas, ni porque esté amargado, avinagrado ni cínico en su actitud hacia éstas sino porque este trabajo interior requiere intensa concen­tración, sin interrupciones, perturbaciones ni distracciones.

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Sólo existe una soledad real, y ésta consiste en separarse del poder superior.

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Hay una vasta diferencia entre la soledad ociosa y morbosamente introspectiva, y la soledad creadora-interiormente activa-por la que aquí se aboga.

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“Que se consagre a la quietud del corazón que brota del interior, que no mitigue el éxtasis de la contemplación, que mire a través de las cosas, que esté muy solo”. Ese es el consejo del Buddha al estudiante de la vida superior.

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El hombre que no aprende a estar solo consigo mismo no puede aprender a estar solo con Dios.

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Un hombre debe crear su propia soledad interior dondequiera que vaya.

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En las silenciosas y profundas guaridas del bosque existe siempre una sensación de misterio. En sus senderos umbríos, de hojas esparcidas, existe siempre una sobrenatural sensación de algo extraño. En sus verdes enramadas y sus troncos musgosos existe una gran vejez, y una paz grave en sus apartados lugares recónditos. Hay una gran belleza en las flores diminutas, inmó­viles en sus canapés de hierba y en la alegre canción que descien­de de las ramas. Este hogar de la dignidad y la decrepitud, este bosque, es un sitio que contenta.

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Los sabios volverán a las montañas en procura de descanso, pues retornarán a ellas desde los confines de esta tierra, cuando estén fatigados del inundo. Pues ellos son, almas antiguas, de muchos nacimientos, y sus propensiones matusalénicas encontrarán un apropiado vecino en aquellas viejas cimas. Y entonces se sentarán en las escarpadas piedras y contemplarán las desa­fiantes testas de los picos y libarán en paz como una abeja liba el polen de una flor.

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Aquéllos cuyas emociones puedan responder a la grandiosidad y la sublimidad de la Naturaleza en todas las múltiples expresio­nes de ésta, en el bosque y en la montaña, en el río y en el lago, en el mar y en el cielo, y en la belleza de las flores, no son materialistas aunque tal vez se llamen a sí mismos así. Incons­cientemente, ofrendan su devoción a la Realidad Divina, aunque tal vez la llamen con algún otro nombre.

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San Juan de la Cruz, siempre que estaba en el monasterio de Iznatoraf, solía subir a una minúscula buhardilla situada en el campanario y quedarse allí largo tiempo, mirando fijamente a través de un ventanuco, el silencioso valle. Cuando era prior de la Ermita del Calvario, en Andalucía, uno de los ejercicios que él enseñaba a los monjes era el de sentarse a contemplar donde había una vista del cielo abierto, de las colinas, árboles y campos, cultivar plantas y apelar a la belleza de estas cosas para loar a Dios. Por sus escritos, sabemos que efectuaba una contemplación sin imágenes, en la última etapa de todos esos ejercicios.

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El atardecer, con la caída del Sol, brinda su propia belleza, declama su propia poesía. Es digno de aguardar el breve período existente antes de la sagrada pausa de la Naturaleza, cuando uno puede compartir la paz de ella con su propia alma, el misterio de ella con su propia mente, y percibir el parentesco de ella con su propio yo. Cuando la oscuridad se ahonda, hay un cambio de punto de vista y las verdades fundamentales son visibles o se tornan más claras. El corazón y sus sentimientos también son afectados: se purifican, se ennoblecen y se enriquecen.

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A medida que él mira atentamente, cuando más concentra su atención, más se hunde en un pensamiento cada vez más sutil, tributando honores no sólo al Sol visible que está fuera sino también al alma invisible que está dentro.

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Dejo que el tiempo se extienda y desaparezca dentro de su origen, cuando minuto tras minuto la oscuridad se acumula, las montañas se desvanecen lentamente, se cierran los ojos, termina la contemplación, el Vacío se hace cargo, y no queda nadie para dar cuenta de esto.

Libro: Perspectivas de Paul Brunton

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