“Tu” EGO se retorcerá al leer esto porque “te” pondrás CARA a cara frente al ESPEJO 5/5 (1)

Todo lo que hacemos o decimos, sentimos o pensamos, se relaciona retroactivamente con el ego.

 

Vivimos “maneados” en su poste y nos movemos en círculo. La búsqueda espiritual es realmente un intento para forzar y salir de este círculo. Desde otro punto de vista, es un largo proceso de descubrimiento de lo que está profundamente oculto por nuestro ego, con sus deseos, emociones, pasiones, razo­namientos y actividades. Empero, si tomamos otro punto de vista, es un proceso por el que nos disociamos de aquéllos. Pero es improbable que el ego pudiera ser inducido a poner fin de buena gana a su propio dominio. Sus maneras engañosas y sus hábitos embusteros pueden inducir a un aspirante a creer que él está llegando a un alto tramo, cuando meramente está viajando en círculo. El modo de forzar la salida de este círculo consiste en buscar salir del origen del ego, o donde eso es demasiado dificil, asociarse estrechamente y ser com­pletamente obediente a un verdadero Maestro. El ego, al ser finito, no puede producir un resultado infinito a través de sus propios esfuerzos. Urde sus pensamientos y despacha sus deseos un día tras otro. Estos tal vez semejen telarañas que se renuevan o agrandan y que nunca desaparecen por mucho tiempo de los oscuros rincones de una habitación, aunque se la limpie a menudo. Aquéllas volverán a aparecer mientras a la araña se le permita vivir allí. Rastrear al ego hasta su cubil es precisamente como ponerse a cazar a la araña y sacarla por completo de la habitación. No hay un modo más eficaz o más rápido de alcanzar la meta que indagar cuál es su mismísima fuente, ofrendar el ego a esa Fuente, y finalmente, a través del sendero de las afirmaciones y los recuerdos, unirse con ella.

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La práctica del punto de vista impersonal, bajo la guía del mentalismo, conduce a su tiempo hasta el descubrimiento de que el ego es una imagen que se forma en la mente, una imagen con la que nos hemos entrelazado inexpricablemente. Pero esta prác­tica empieza a desatarnos y a liberarnos.

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Todo su pensamiento sobre el ego es necesariamente incomple­to, pues no incluye al pensamiento mismo del ego. Trate de hacerlo y despréndase de su dominio. Sólo algo que trascienda al ego podrá captarlo.

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Si el ego ha de perpetuarse, deberá entrar en todas las activi­dades de la mente, no meramente en las más bajas. Esto es exactamente lo que ocurre. Las aspiraciones espirituales, los ideales morales y hasta las experiencias místicas son proyeccio­nes invertidas del ego. A través de ellas, el “yo” es capaz de expandirse hasta ser un “yo” mayor, más grandioso, más feliz y más fuerte que antes. Si aquéllas no son creaciones de él, entonces pronto son infiltradas y traicionadas, socavadas o impregnadas, hasta que alimentan y nutren al mismísimo yo del que se suponía tenían que apartarse.

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La meta suprema de la búsqueda no es la iluminación obtenida mediante la destrucción del ego sino más bien mediante la perfección del ego. Lo que hay que destruir es la función del egoísmo, no lo que funciona. El que tiene que desaparecer es el gobierno del ego, no el ego mismo.

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Si lo que él quiere es buscarlas, encontrará las ocultas activi­dades del ego en los rincones más insospechados y hasta en medio de sus más elevadas aspiraciones espirituales. El ego se rehúsa a morir y hasta recibirá de buen grado esta gran disminución de su campo de acción si ése es el único modo de escapar de la muerte. Puesto que es necesariamente el agente activo en estos intentos de automejoramiento, estará en óptima posición para cuidar que aquéllos terminen como una victoria aparente sobre sí mismo, pero no como una victoria real. Esta última sólo podrá lograrse enfrentándose directamente con el ego y, bajo la inspiración de la Gracia, matándolo directamente; esto es muy distinto de con­frontar y matar a cualquiera de sus vastamente variadas ex­presiones de debilidades y defectos. De ningún modo éstos son lo mismo. Son las ramas, pero el ego es la raíz. Por lo tanto, cuando el aspirante se cansa de esta interminable batalla del Largo Sendero con su naturaleza inferior, que puede ser vencida en una expresión sólo para aparecer en una nueva, y se fatiga de los autoengaños en los imaginados logros mucho más placenteros del Sendero Corto, él estará preparado para ensayar el último y único recurso. Aquí, al fin y al cabo, él llega al ego mismo sometiéndolo completamente, en vez de preocuparse por sus numerosos disfraces, los cuales pueden ser feos, como la envidia, o atractivos, como la virtud.

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Nada que su propia voluntad pueda hacer produce este desalojo del ego. La voluntad divina deberá hacerlo por él.

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Su obstáculo se halla en el ego que es fuerte, en el “yo” que se cruza en el sendero y debe rendirse mediante sacrificio de las emociones en la sangre del corazón. Pero una vez que salga del camino, usted sentirá un alivio tremendo y ganará la paz.

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¿Qué o quién está buscando la iluminación? No puede ser el Yo Superior, pues éste es de la naturaleza de la Luz. ¡Entonces, sólo queda el ego! Este ego, que es objeto de tantas denuncias y vituperios, es el ser que, transformado, conquistará la verdad y hallará la Realidad aun cuando deba entregarse totalmente, al final, como el precio que hay que pagar.

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El egoísmo-la limitación de la consciencia de la vida individual como separara de la vida única e infinita- es la última barrera para el logro de la unidad con la vida infinita.

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Así como la víbora jamás se mata con su propio veneno, el Yo Superior jamás se engañó con esta fuerza creadora de imágenes, propia de su ego, aunque el ego mismo existe casi continuamente.

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La autoadulación del ego no deja entrar a la mayoría de las sugerencias para que sus motivaciones se manchen, su servicio no sea tan desinteresado como parece y su humildad sea una presuntuosa capa de secreta vanidad.

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Los obstáculos que impiden la difusión de la filosofía entre las masas no son solamente la falta de cultura, la falta de tiempo libre y la falta de interés. El más poderoso de todos es el que afecta a todas las clases sociales por igual: es el ego mismo. El modo obstinado con que lo fomentan, la fuerza apasionada con que se aferran a él y la manera tremenda con que creen en él se combinan para construir el muro de una fortaleza contra las serenas declaraciones de la filosofía sobre lo que existe. En lugar de eso, la gente exige lo que ella desea. De ahí que sea más fácil decirle, y más fácil para ella recibir, que la voluntad de Dios lo decide todo y que la paciente sumisión a esta voluntad es siempre el mejor rumbo, que decirle que su ciego apego al ego crea tan gran parte de sus sufrimientos y que, si esa gente no encara la vida imper­sonalmente, no existe otra manera que 1!1 de soportar resultados dolorosos de una actitud equivocada. Este es el camino de la religión. Sin embargo, la filosofía insiste en decir toda la verdad a sus estudiantes aunque la voz de aquélla, desapegada y apacible, enfríe sus egos hasta el hueso. La aceptación del punto de vista filosófico implica una sumisión del egoísta. Es un ajuste que sólo el moralmente heroico podrá hacer. Por lo tanto, no es menester que esperemos prisa alguna, por parte de la gente.para conver­tirse en filósofa.

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Aunque el ego afirme que está comprometido en una guerra contra sí mismo, podemos estar seguros de que no tiene intención de consentir que se logre una victoria real sino sólo una seudo­víctoria. La mente consciente simple no armoniza con ese ardid. Esta es una razón de por qué entre tantos buscadores espiritua­les, tan pocos alcanzan realmente la unión con el Yo Superior, y por qué los maestros autoengañados obtienen pronto un séquito, mientras a los maestros de verdad se los deja en paz, sin que los perturbe esa ansia.

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Hasta que él aprenda que su enemigo es el ego mismo, con todas las actitudes mentales y emocionales que lo acompañan, sus esfuerzos para liberarse espiritualmente sólo marchan en círculo.

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Cuando al ego se lo hace poner de rodillas en el polvo, cuando se lo humilla ante sus propios ojos, por estimado o temido, envidiado o respetado que sea ante los ojos de los demás hombres, el camino se abre por influjo de la Gracia. Téngase la seguridad de que esta humillación plena del hombre interior ocurrirá una y otra vez, hasta que él se purifique de todo orgullo.

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En toda actividad humana, el ego representa su papel, y mientras esta actividad continúa, el ego continúa. Hay mucha confusión y muchos malos entendidos sobre esta cuestión. Se nos dice que matemos al ego; también se nos dice que el ego no existe. El hecho es que debe existir si existe la actividad. Entonces, ¿qué ha de hacer el aspirante espiritual? El podrá someter, y eventualmente deberá someter el ego al Poder superior. El ego está aún allí, pero se lo pone en su debido lugar. Ahora bien, ¿por qué se nos dice que matemos al ego, si esto no es posible? La respuesta es que es posible, pero sólo en el que es el punto más profundo de la meditación, llamado nirvikalpa en sánscrito, donde todos los pensamientos son eliminados, todos los informes de los sentidos cesan de existir y nace una suerte de estado como de trance. En este estado, el ego es incapaz de existir; queda inactivo, pero ciertamente no se lo mata o no volvería otra vez después de concluido ese estado, pues éste deberá concluir. Realmente, no es de utilidad afirmar que el ego no existe, o que si existe, se lo debe matar. El hecho es que todos los que buscan la vida superior lo deben tener en cuenta; cualquiera sea la teoría que se tenga sobre el ego, éste está allí, se lo debe computar, se lo debe enfrentar. Parte de la confusión se debe al hecho de que el ego es una cosa cambiante; cambia con el tiempo y con la experiencia, mientras que el Ser Infinito, el Ultimo, es inmutable. En ese sentido, al ego no se le puede atribuir realidad en el tiempo y el espacio; ignorar ese hecho es cultivar sordera y mudez intelectuales.

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La ilusión del ego está detrás de todas las otras ilusiones. Si se elimina aquélla, también se eliminarán éstas.

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Los sufíes hablan de una experiencia a la que llaman aniquila­ción ( fana, en persa), con lo que significan la aniquilación del yo personal. No hay duda de que en la experiencia mística sufí esto es lo que se percibe que ocurre, pero si esto realmente sucediera de manera cabal y completa. ¿no desaparecerían las caracterís­ticas de la persona? Descubrimos que, en realidad, esta desapa­rición no tiene lugar; las características continúan. ¿Entonces, qué sucedió realmente, pues debió haber sido un suceso tremendo para que se lo haya asemejado a la aniquilación o la muerte? El secreto es que lo que tuvo lugar fue un cambio en la actividad hacia el yo personal. El yo personal subsistió, pero fue modificada la actitud hacia él. La tiranía del ego desapareció, lo cual no es lo mismo que decir que el ego mismo desapareció.

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Al ego no se lo mata realmente -¿cómo podría actuar alguien en este mundo sin cuerpo ni intelecto, sin emoción ni voluntad?­pero el centro del ser es desplazado del ego hacia el Yo Superior.

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Quite el concepto del ego de un hombre y usted quitará el suelo sólido debajo de sus pies. Aparentemente, se abrirá un abismo debajo de él. Esto le causa el máximo temor de su vida, acompa­ñado por sentimientos de cabal aislamiento y medrosa inseguridad. Entonces clamará urgentemente por el retorno de su amado ego y por volver una vez más a la seguridad, a menos que su decisión para alcanzar la verdad sea tan fuerte y exigente como para que él pueda aguantar esa dura prueba, sobrevivir a ésta y mantener­se firme hasta que la luz del Yo Superior se irradie sobre el abismo.

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El ego no sólo obligadamente le suministra un sendero espiri­tual para tenerlo ocupado durante varios años y de esa manera le impide descubrir dónde ese ego tiene su guarida, sino que tam­bién le suministra una iluminación espiritual para autenticar ese sendero. ¿Es necesario decir que esta falsificada iluminación es otra forma del propio agrandamiento del ego?

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Dudo que alguien pueda ser perfectamente sincero si sus acciones no provienen de esta fuente más profunda. La persona puede creer que lo es, y otros pueden creer lo mismo de ella, pero puesto que las acciones de ella provienen de su ego, que es producido por el engaño y mantenido por la ilusión, ¿cómo podrán aquéllas alcanzar una medida que dependa de la verdad completa y de la realidad cabal?

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El ego es arrogante, altanero, engreído y autoengañado.

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El astuto zorro viejo, el ego, es enteramente capaz de compro­meterse en prácticas espirituales de toda clase y de mostrar aspiraciones espirituales de todo grado de calidez.

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Si el ego puede embaucarlo para desviarlo del problema central de su propia destrucción hacia algún problema lateral menos importante, ciertamente lo hará. Su buen éxito en este esfuerzo es mucho más. común que su fracaso. Pocos escapan de ser embaucados. El ego usa los métodos más sutiles para insertarse en el pensamiento y en la vida del aspirante. Lo engaña, embauca, exalta y abate por turnos, si él lo permite. Anatole France escribió que el talento máximo se evidencia en la aptitud para engañarse. Es un hábito constante y una reacción instintiva el que defienda a su ego contra el testimonio de los desafortunados resultados de su propia actividad. Él necesitará estar en guardia una y otra vez contra esto, pues sus propias fuerzas son patéticamente inade­cuadas, y su sagacidad está conspicuamente ausente.

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Es verdad y es mentira que no podamos tener al ego con nosotros en la vida de la iluminación mística. Después de todo, el ego es sólo un reflejo, extremadamente limitado y a menudo deformado, del Yo Superior … pero aún es un reflejo. Si pudiéramos alinearlo correcta­mente, y someterlo al Yo Superior, entonces no sería un obstáculo para la vida iluminada. En realidad, el ego no podrá ser destruido mientras necesitemos sus servicios estando aún en la carne; pero se lo podrá subyugar y convertir en un sirviente, en vez de permitirle que siga siendo amo. Cuando se comprenda esto, se apreciará mejor el ideal filosófico de un ego plenamente desarrollado, dominado y ricamente perfeccionado, actuando como un canal para la inspira­ción y la guía del Yo Superior. Un ego empobrecido formará natural­mente un canal más limitado para le expresión del Yo Superior que un ego más evolucionado. El enemigo real al que hay que vencer no es la entidad-ego sino la función del egoísmo.

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El ego se miente, miente al hombre que se identifica con el ego y miente a los demás hombres.

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El ego inventa constantemente modos y medios para frustrar al objetivo de la búsqueda. Y esto lo hace más infatigablemente y con más astucia que nunca, cuando finge cooperar con la búsqueda y compartir las experiencias de ésta.

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Son mayoría los aspirantes que se someterán a toda clase de disciplinas para el cuerpo, las pasiones y la mente, pero que no se someterán a la disciplina única que realmente importa. Se adhie­ren a su precioso ego como lapas a un barco, y dejarán que todo lo demás desaparezca, salvo eso.

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Avanzará más en la Búsqueda quien más se empeñe en sepa­rarse de su ego. Será una lucha larga y lenta, y dificil, pues la falsa creencia de que el ego es su verdadero yo lo aferra con hipnótica intensidad. Deberá poner toda la fuerza de todo su ser para eliminar el error y establecer la verdad, pues se trata no sólo de un error del intelecto sino también de las emociones y de la voluntad.

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La consciencia del Yo Superior se refleja en el ego, que entonces imagina que tiene su propia consciencia original y no derivada.

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Extraemos del Yo Superior la mismísima capacidad de vivir, y la mismísima fuerza para pensar la obtenemos de idéntica fuente. Pero reducimos la capacidad y la fuerza a una esfera fragmentaria, pequeña y principalmente física. Dentro de este recinto, el ego se entroniza, servido por nuestros sentidos y encubierto por nues­tros pensamientos.

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Si analizamos al ego, descubrimos que es una colección de recuerdos del pasado, guardados por la experiencia, y esperanzas o temores del futuro que se anticipan a la experiencia. Si trata­mos de atraparlo y separarlo, concretamente no descubrimos que exista en el momento actual, sino sólo en lo que se fue y lo que ha de venir. De hecho, realmente nunca existe en el AHORA sino que sólo parece existir. Esto significa que es un fantasma sin sustan­cia, una idea falsa.

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El yo-ego es la criatura nacida de la acción y del pensamiento del hombre, la cual cambia y crece lentamente. El Yo Superior es la imagen de Dios, perfecta, acabada e inmutable. Lo que el hombre tiene que hacer, si ha de realizarse, es que uno brille a través del otro.

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Si hemos escrito acerca del ego como si éste fuera un ser separado y especial, una cosa fija, una realidad por derecho propio, esto es sólo debido a las ineludibles necesidades del pensamiento lógico humano y a las inexorables limitaciones del lenguaje humano tradicional. Porque, DE HECHO, el “yo” no puede ser separado de sus pensamientos, puesto que está com­puesto con ellos y sólo con ellos. En pocas palabras, el ego es sólo una idea o un engaño que el proceso del pensamiento juega sobre sí mismo.

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La persona, la máscara que él presenta al mundo, es sólo una parte de su ego. La naturaleza consciente, compuesta por pensa­mientos y sentimientos, es la segunda parte. El almacén oculto de tendencias, impulsos, recuerdos e ideas -anteriormente expresa­dos y luego vueltos a sepultar, o convertidos, de vidas anteriores, y todos latentes- es la tercera parte.

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Al ego le es difícil juzgarse con justicia, mirar sus acciones con una perspectiva correcta, como para un hombre es difícil alzarse con sus propios cordones de los zapatos. Simplemente, no puede hacerlo; la capacidad del ego para encontrarse excusas es ilimitada, incluso la excusa de la justicia, incluso la excusa de la búsqueda de la verdad.

Todo lo que el aspirante puede esperar hacer es reducir el volumen de las actividades del ego y debilitar la fuerza del ego mismo; pero des­embarazarse enteramente del ego es algo que está más allá de su propia capacidad. En consecuencia, deberá incorporarse una fuerza externa. El dispone sólo de una fuerza de esa clase, aunque se manifieste de dos modos diferentes, y ésa es la fuerza de la Gracia.

Los dos modos son éstos: la ayuda directa a través de su propio Yo Superior o la ayuda personal procedente de un hombre superior, o sea, de un maestro iluminado. Puede requerir la primera en cual­quier momento, pero no puede requerir correctamente la segunda, antes de haber realizado bastante trabajo sobre sí mismo y de haber efectuado bastante avance que lo justifique.

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Si pudiéramos establecer este sentido de la “yoidad” que está detrás de todo lo que pensamos, decimos y hacemos, y si pudiéra­mos separarlo de los pensamientos, sentimientos y cuerpo físico que lo hace, descubriríamos que está arraigada y vinculada con el Poder superior que se encuentra detrás del mundo entero.

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Un día, se sentirá totalmente cansado del ego, verá cuán astuta e insidiosamente penetró en todas sus actividades, e incluso cómo en actividades supuestamente espirituales o altruistas él mera­mente estuvo trabajando para el ego. Con este fastidio hacia su yo terreno, rezará para librarse de él. Verá cómo el ego lo embaucó en el pasado, cómo durante todos sus años fue monopolizado por los deseos del ego, cómo él mismo sustentó, alimentó y fomentó al ego aun cuando pensaba que estaba espiritualizándose o sirviendo a los demás. Entonces rezará fervorosamente para librarse de él, buscará ávidamente desidentificarse y anhelar ardientemente ser deglutido en la nada de Dios.

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Todos pensamos, experimentamos, sentimos y nos identificamos con el “yo”. Pero, ¿quién sabe realmente qué es? Para hacer esto necesitamos mirar dentro de la mente, no lo que ésta contiene, como lo hacen los psicólogos, sino lo que ella es en sí misma. Si persevera­mos, tal vez encontremos al “Yo” que está detrás del “yo”.

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Esto él lo efectiviza, considerando voluntaria y deliberadamen­te a su persona como si fuera la tierra que está ocupada con estos movimientos espacio-temporales, y al observador oculto como si fuera el Sol que se mantiene estacionario durante todo el tiempo. Esta es la individualidad superior que siempre conservará, mientras sólo conservará intermitentemente la personalidad. Por lo tanto, el “yo” finalmente no es excluido sino reinterpretado de una manera que lo transforme por completo. Cuando un hombre avanzó hasta este punto de vista del Testigo, entiende la diferencia entre la frase descriptiva: “Yo soy el gran César” y la afirmación lisa y llana de: “Yo soy”.

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Sería erróneo creer que hay dos mentes separadas, dos cons­ciencias independientes dentro de nosotros -una, la inferior mente del ego, y la otra, la superior mente del Yo Superior- con una, in-observada, observando a la otra. Hay sólo una mente independiente e iluminadora, y todo lo demás es sólo una imagen limitada y reflejada dentro de ella. El ego es una serie de pensa­mientos que dependen de ella.

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Sólo el género más profundo de reflexión, o el género más emocionante de experiencias místicas, o la fuerza apremiante de la revelación de un profeta puede llevar al hombre al gran descubrimiento de que su ego personal no es el verdadero centro de su ser.

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El verdadero yo del hombre está oculto en un núcleo central de quietud, en un vacío central de silencio. Este núcleo, este vacío sólo ocupa la dimensión de la punta de un alfiler. Lo rodean totalmente un círculo de pensamientos y deseos que constituyen el yo imaginado, el ego. Este círculo está fermentando constante­mente con nuevos pensamientos, cambiando constantemente con nuevos deseos y burbujeando alternadamente con alegría o sus­pirando con dolor. Mientras el centro está eternamente en des­canso, el círculo que lo rodea nunca descansa; mientras el centro confiere paz, el círculo la destruye.

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Toda la discusión que se tiene desde un punto de vista egoísta está corrompida desde el comienzo y no puede producir una conclusión absolutamente segura. El ego primero pone su propio interés y retuerce cada argumento, cada palabra e incluso cada hecho para que se acomode a ese interés.

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Si el egoísmo del hombre es demasiado fuerte, la parte suprema de la luz del Yo Superior será enteramente incapaz de penetrar en la consciencia, no importa cuán fervorosamente aspire a ella.

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Tenemos y somos un ego; la existencia de éste es ineludible si ha de activarse el pensamiento cósmico y ha de desarrollarse en él la evolución humana. Entonces, ¿por qué se convirtió en fuente de mal, de fricción, de sufrimiento y de horror? La energía y el instinto, la inteligencia y el deseo que están contenidos en cada individualizado fragmento de la consciencia, en cada “yo compuesto”, no son originalmente malos en sí mismos; pero cuando el aferrarse a ellos llega al extremo, entonces el egoísmo se fortalece. Se malogra el equilibrio y se quebrantan las virtudes más apa­cibles, y desaparecen por completo la comprensión de que los demás tiene derechos, el sentimiento de buena voluntad y com­pasión, y la adaptación al bien común. La atención natural y correcta de nuestras necesidades se agranda hasta convertirse en tiranía. Entonces, el ego sólo existe para servirse a sí mismo a toda costa, agrediendo o explotando a todos los demás. Debe repetirse esto: deberá haber un ego si ha de haber una Idea del ­Mundo. Pero se lo ha de poner y conservar en su sitio (que no consiste en un egoísmo empedernido). Deberá ajustarse a dos cosas: al bien común y a la fuente de su propio ser. La consciencia le habla del primer deber, ya sea que le preste atención o no; la Intuición le habla del segundo deber, ya sea que lo ignore o no. Pues, ya sea que se la pase por alto o se la interprete erróneamen­te, la relación entre el mal y el hombre no deberá ocultar el hecho de que las energías y la inteligencia usadas para el mal, derivan, en el principio, de lo divino que en el hombre existe. Aquéllas son un don de Dios, pero se pusieron al servicio de la impiedad. He aquí la tragedia: las facultades, el talento y la consciencia del hombre se gastan muy a menudo en odio y guerra cuando podrían trabajar armónicamente en favor de la Idea-del-Mundo; la propia desarmonía del hombre le produce su propio sufrimiento e invo­lucra a los demás. Pero cada ola del desarrollo debe seguir su curso, y al final, cada ego deberá someterse. Quien se vuelve empedernido dentro de su torpe egoísmo y rechaza su más apaci­ble aspecto espiritual se convierte en su propio Satán, tentándose a sí mismo. A través de la ambición o la codicia, a través de la aversión o del odio, al final él caerá -por el karma que crea- en la destrucción, como consecuencia de su propio lado negativo.

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Cuando empieza a ver que la pasión es algo que surge dentro de él y con lo cual asocia involuntariamente toda su “yoidad”, empieza a ver que el estudio metafísico del “yo” y la disciplina mística del pensamiento podrán ayudarlo grandemente para que se libere de eso.

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Su primer acto mental consiste en pensar en el ser. Él es el hacedor de su propio “yo”. Esto no significa que el ego sólo sea su propia invención personal. El total proceso del mundo lo produce todo, incluidos el ego y la propia autocreación del ego.

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Cuando su propio ego se le vuelve intolerable, cada vez con más frecuencia, puede tomar esto como una buena señal de que está avanzando en este camino.

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El ego gira incesantemente en torno de sí mismo.

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¡Qué ridículo espectáculo psicológico es ver al ego emperifo­llándose en su espiritualidad!

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El ego trabaja con ahínco todo el tiempo: vocingleramente y de manera evidente, o en secreto e insidiosamente.

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El deseo de continuar la vida en el ego contiene a todos los deseos posibles. Esto explica por qué el más difícil de todos los renunciamientos que puede pedirse a un hombre es el renuncia­miento a su ego. El hombre prefiere incluso sufrir mortificaciones de la carne o humillaciones de su orgullo, a esa postrera y peor crucifixión.

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Hasta la conducta irreprochable y los modales impecables pertenecen al ego, no a la iluminación.

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El hombre cree que está sometiéndose a su yo superior, cuando todo el tiempo sólo se está sometiendo a su propio ego.

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El ego se deslizará hasta dentro de su trabajo o aspiración espiritual para que el hombre sólo acepte de la enseñanza lo que convenga a sus propios fines personales, para que ignore el resto o sólo tome lo que convenga a su propia comodidad personal, y sea contrario al resto.

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Todos son crucificados por su propio ego.

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El ego no gobierna a los hombres sólo a través de los deseos animales o materialistas. ¡También se hace cargo de sus aspira­ciones espirituales y las maneja activamente!

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El hombre debe aprender a enfrentarse con el hecho alarmante de que el ego humano llega a introducirse en las más sublimes aspiraciones por lo Divino que el hombre tiene. Incluso allí, en esa rarificada atmósfera, el ego se busca a sí mismo, busca lo que él quiere, y siempre para su propia conservación. Esto es tan sólo para agrandar la zona de actividades del ego, y no -para emplear la expresión de Aurobindo- para divinizarlo.

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Sería un error creer que el que reencarna es el Yo Superior. Este no reencarna. Pero su hijo -que es el ego- sí lo hace.

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El ego es desafiante, astuto y resistente hasta el fin.

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El ego no adora a otro Dios que no sea él mismo.

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Por naturaleza, el ego es un impostor, y en sus actividades, un mentiroso. Pues si revelara las cosas como realmente son, o dijera lo que es profundamente verdadero, tendría que dejar al descu­bierto a su propio yo como el pícaro embaucador que simula ser el hombre mismo y propone la ilusión de la felicidad.

LIBRO: Perspectivas de Paul Brunton

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