Enfermedades de trasmisión espiritual 4.79/5 (19)

Así como las enfermedades de transmisión sexual, tan contagiosas que afectan a grupos y subculturas enteras, las de trasmisión espiritual son enfermedades del ego y, en consecuencia, enfermedades muy sutiles, enfermedades casi invisibles, tanto en nosotros como en nuestra comunidad. Y lo invisible es, por definición, imposible de ver y nada hay tan invisible como el ego humano, verdadero meollo de las enfermedades de transmisión espiritual.
Y, si bien, en las enfermedades de transmisión sexual, los agentes infectados son nuestros fluidos corporales, las enfermedades de transmisión espiritual afectan, entre otros, a nuestros conceptos, nuestras percepciones y nuestra confusión egoica. Y la sutileza e invisibilidad de esos contaminantes los hace muy difíciles de detectar.
En este tipo de enfermedades, el ego se combina lentamente —tan lentamente que suele pasar desapercibido— con nuestros anhelos y comprensiones espirituales hasta que la “dolencia” espiritual empieza a devoramos sigilosamente, como si de un parásito se tratara. Y si no les prestamos la necesaria atención, acaba obstaculizando nuestra visión e impidiendo nuestro desarrollo.

11 ENFERMEDADES DE TRANSMISIÓN ESPIRITUAL
Enumeremos ahora, sin pretensión de ser exhaustivos, algunas de las enfermedades de transmisión espiritual más comunes.


1.La espiritualidad tipo comida rápida
La combinación entre la espiritualidad y una cultura que celebra la velocidad, la multitarea y la gratificación instantánea nos aboca necesariamente a una espiritualidad tipo comida rápida. Súper Size Me, un documental centrado en McDonald, puso de relieve la dolorosa realidad de la cultura de la comida rápida, una mentalidad que se extiende bastante más allá del mundo de los restaurantes. Son muchos los libros, movimientos y maestros espirituales que prometen a sus lectores y demasiadas cosas a cambio de muy poco. Libros tan populares como el Manual de la iluminación pura holgazanes sugieren la posibilidad de iluminarse sin realizar el menor esfuerzo. Hay quienes dicen que basta, para ello, con asistir a un “intensivo de iluminación” de fin de semana. La espiritualidad tipo comida rápida es un producto de la creencia de que la liberación del sufrimiento inherente a la condición humana puede ser sencilla y rápida. Pero lo cierto, no obstante, es que la transformación espiritual no es sencilla ni rápida. Aunque, en algunos casos, el bikram yoga o un intensivo de fin de semana pueden proporcionar un pequeño atisbo de la no dualidad o abrir las puertas a la espiritualidad y al mundo interior, no deberíamos, en modo alguno, confundir estos “fogonazos” o “subidones” provisionales con un proceso de transformación que, una vez asumido, acaba convirtiéndose en algo continuo y cada vez más profundo.

2.La falsa espiritualidad
La falsa espiritualidad consiste en la tendencia a hablar, vestirse y actuar como creemos que debe hacerlo una persona espiritual. Se trata de un tipo de espiritualidad que, como el tejido de piel de leopardo imita la piel de leopardo, se li-mita a emular la realización espiritual, una enfermedad, por otra parte, más frecuente dentro del ámbito de la cultura de la Nueva Era, que se manifiesta cuando el ego se apropia de verdades espirituales y cree en la posibilidad de acceder a estados elevados de conciencia imitando externamente el aspecto y la conducta que supone que caracterizan a las personas iluminadas. Y es que, del mismo modo que el niño juega a ser bombero cogiendo la manguera del jardín o que la niña remeda a su madre colocándose sus zapatos de tacón y maquillándose, el adulto humano se disfraza, en un intento de emular la conducta de las personas supuestamente espirituales, con algún tipo de ropaje espiritual. Luego asiste a acontecimientos espirituales y, de un modo tan sencillo, cree haber accedido a las enseñanzas de la sabiduría perenne de los místicos de todos los tiempos, sin necesidad de emprender el trabajo real necesario para experimentar el arduo y profundo proceso de transformación interior.

3. Motivaciones confusas
Ésta es una enfermedad que hunde sus raíces en la motivación que nos lleva a emprender el camino espiritual. Y es que, por más auténtico y puro que sea nuestro deseo de crecer, a menudo se entremezcla con motivaciones no tan puras, como el deseo de ser amado, el deseo de pertenencia, la necesidad de llenar nuestro vacío interior, la creencia de que el camino espiritual acabará con nuestro sufrimiento y la ambición espiritual, es decir, el deseo de ser especial, de ser el mejor, de ser “el número uno” .3
Aunque la confusión resulte inevitable cuando, por vez primera, nos embarcamos en el camino espiritual, si nuestra práctica espiritual no pone finalmente de relieve las fuerzas que inconscientemente estén operando, puede acabar provocando una enfermedad. En tal caso, podemos sucumbir al impulso de satisfacer nuestras necesidades psicológicas de aceptación, significado y singularidad, soslayando las posibilidades más profundas que nos brinda la vida espiritual. Pero, en tal caso, no lograremos satisfacer nuestras expectativas y, en lugar de entender el fracaso percibido corno un aspecto del camino, culparemos a Dios, a nuestro maestro o al camino y acabaremos decepcionándonos del desarrollo espiritual.

4. La identificación con las experiencias espirituales
«El despertar religioso que no orienta al soñante hacia el amor le ha despertado en vano», escribió la cuáquera estadounidense Jessamyn West. Por más profundo que sea el impacto provocado por las experiencias místicas y no duales —quizás el mayor de los cuales sea el de iniciarnos a un compromiso vital con el camino espiritual y a una vía de servicio— no es lo mismo acceder a los estados no duales de conciencia que llegar a integrarlos. En esta enfermedad, el ego se identifica con las experiencias espirituales y, tomándolas como algo propio, empieza a considerarse —en una forma de inflación del ego— artífice de las comprensiones que, en ocasiones, afloran en su interior. Y aunque, en la mayoría de los casos, esta enfermedad no dure indefinidamente, tiende a afectar durante mucho tiempo a quienes creen estar iluminados y/o funcionan como maestros espirituales.
Hay veces en que la identificación con las experiencias espirituales es tan profunda que uno acaba perdiéndose. El santo indio del siglo xx Meher Baba emprendió la tarea de buscar masts, es decir, practicantes espirituales atrapados en elevados estados de intoxicación espiritual y ayudarles a integrar su conocimiento para convertirse, de ese modo, en seres humanos más auténticos y funcionales.
«La iluminación súbita del satori es un concepto sumamente resbaladizo», escribió el autor húngaro Arthur Koestler.4 En la mayoría de los casos y, a pesar de nuestro esfuerzo por aferrarnos a ellas y de mantenerlas, las experiencias místicas acaban desvaneciéndose. Si combinamos esto con las humillantes realidades del cuerpo, la enfermedad y las relaciones humanas, acabamos descubriendo que las experiencias místicas son, en esencia, simples experiencias.

5. El ego espiritualizado
Esta enfermedad se presenta cuando la estructura de la personalidad egoica se confunde con conceptos e ideas espirituales provocando, como resultado, lo que Llewellyn Vaughan-Lee llama una estructura egoica “a prueba de balas”. Cuando el ego se espiritualiza, nos tornamos invulnerables a la ayuda, a los nuevos inputs y al feedback constructivo. Entonces es cuando, en nombre de una supuesta espiritualidad, nuestro desarrollo espiritual se atrofia y acabamos convirtiéndonos en seres humanos impenetrables. El ego espiritualizado se manifiesta entonces en modalidades que abarcan el amplio abanico que va desde lo sutil hasta lo extremo, un ejemplo de lo cual es lo que he acabado denominando “novios zen” o “novias zen”, que echa mano de conceptos, ideales y prácticas espirituales para eludir la autenticidad y vulnerabilidad características de la auténtica relación amorosa.’

6.Producción en masa de maestros espirituales
Muchas tradiciones espirituales modernas llevan a la gente a creer que se encuentran en un nivel de desarrollo o iluminación espiritual que se halla muy lejos de la realidad. Son muchos, tanto en Oriente como en Occidente, los maestros espirituales mediocres que enseñan a sus sinceros discípulos niveles bastante menos que óptimos. Ésta es una enfermedad que opera como una especie de cinta transportadora espiritual: ¡Ten esta experiencia, logra esa comprensión y estarás iluminado!… y en condiciones, según parece, de iluminar a otros del mismo modo.
El problema no es lo que esos maestros enseñan, sino el hecho de que se presentan como si hubiesen alcanzado el dominio espiritual. Ésa es una creencia prematura que no sólo frustra la evolución del maestro, sino que también transmite, en sus discípulos, una imagen muy limitada del desarrollo espiritual. En este sentido, T.K.V. Desikachar aconseja: «En ningún estadio del camino debes creer que te has convertido en un maestro. Siempre, por al contrario, debes alentar la esperanza de ser hoy un poco mejor que ayer y de ser mañana también un poco mejor que hoy» .6

7.El orgullo espiritual
El orgullo espiritual aparece cuando el practicante, después de años de laborioso esfuerzo, alcanza cierto grado de sabiduría que utiliza para justificar su desconexión de cualquier experiencia adicional. Resulta tentador que, en lugar de permanecer continuamente abiertos a un conocimiento más profundo, nos durmamos en los laureles del logro espiritual. En este sentido, los practicantes espirituales orgullosos deberían encontrar el valor y la integridad necesarios para exponerse a individuos que les obliguen a demostrar sus logros.
El maestro budista tibetano Chägyam Trungpa Rinpoche consideraba el orgullo espiritual como uno de los obstáculos más difíciles de superar. Ése era, en su opinión, un problema que frustraba el desarrollo tanto de los maestros espirituales (llevándoles a creer que habían llegado al final del camino) como de los practicantes avanzados (haciéndoles creer que se hallan en un estado muy superior al de sus compañeros más jóvenes).
La sensación de “superioridad espiritual”, que consiste en sentir que “yo soy mejor y más sabio que los demás y, como soy espiritual, estoy por encima de ellos”, es otro de los síntomas característicos de esta enfermedad de transmisión espiritual. El síntoma mental de esta enfermedad incluye la sensación de “estar en el ajo”, es decir, de conocer realmente el ego, la conciencia y la espiritualidad. Y, entre sus manifestaciones físicas, cabe destacar la sensación de distanciamiento, la mirada de aprobación cuando los demás están hablando de cuestiones espirituales y la necesidad de afirmar, en la conversación, la superioridad de nuestro conocimiento espiritual.

8. La mentalidad de grupo
Conocida también como pensamiento grupal, mentalidad sectaria o enfermedad del ashram, la mente del grupo es un virus insidioso que incluye muchos de los elementos de la codependencia tradicional. Se trata de una enfermedad en la que un grupo espiritual se pone sutil e inconscientemente de acuerdo en el modo adecuado de pensar, hablar, vestirse y actuar. Las intenciones compartidas relativas a la práctica y el protocolo resultan invisibles y el establecimiento de acuerdos homogeneiza al grupo, proporcionándole un nivel de seguridad psicológica que tiene muy poco que ver con las aspiraciones compartidas del desarrollo espiritual. Los individuos y grupos afectados por la “mentalidad de grupo” rechazan a los individuos, actitudes y circunstancias que no se adaptan a sus reglas, a menudo implícitas. No hay grupo, independientemente de su grado de desarrollo, que no incluya, como parte de su estructura, aspectos de esta dinámica sectaria enfermiza. Y uno de los indicadores más claros de esta enfermedad es la negación o ignorancia de esa dinámica.
El sectarismo y el pensamiento de grupo son inevitables correlatos del psiquismo humano. Y aunque, en algunos casos, sus consecuencias sean leves en otras, no obstante, resultan letales. Recordemos, en este sentido, los suicidios colectivos de Jonestown y de la secta Puertas del Cielo. Dentro de un grupo espiritual, el individuo puede representar inconscientemente roles y dinámicas semejantes a los desempeñados en su familia de origen. Y, sin conciencia de esta dinámica, el grupo espiritual puede convertirse en una réplica colectiva de la familia disfuncional del individuo y de la misma codependencia que afecta al resto de sus relaciones. Es cierto que, en tal caso, reciben el consuelo de la sensación de pertenencia y la gratificación de identificarse con un grupo y/o con un líder carismático. ¿Pero cuál es el coste de esta recompensa? ¿Y en qué medida pone en peligro su integridad humana y sus posibilidades espirituales más elevadas?
Es importante que, en tanto que individuos, reconozcamos en qué medida nos mantenemos inconscientes debido a la mentalidad colectiva del grupo. Y los grupos deberían igualmente cobrar conciencia de su dinámica psicológica insana. De ese modo, perfeccionamos nuestra relación y alentamos una práctica y una comunidad espiritual más fructífera.

9. El complejo de persona elegida
Una enfermedad espiritual relacionada con la anterior, aunque con el toque añadido del orgullo espiritual, es el complejo de persona elegida. Se trata de una enfermedad que se halla presente en todos los grupos espirituales y se expresa en la creencia de que “nuestro grupo es espiritualmente más poderoso, evolucionado, iluminado o, simplemente, mejor que cualquier otro grupo”. Y esta conclusión suele ir acompañada de la idea de que “nuestro maestro es el más grande de todos los maestros” y otras creencias tales como “jamás (en toda la evolución de la humanidad) ha habido un grupo como el nuestro” o de que “nuestro grupo es el más importante y valioso para la salvación de la humanidad”.
Esta enfermedad suele derivarse de una tendencia psicológica profunda e inconsciente de impotencia, de falta de amor y de inmaterialidad que lleva a maestros y a discípulos a creer que su camino no sólo es el mejor para ellos, sino el mejor de todos los caminos posibles. Existe una importante diferencia entre el reconocimiento de haber encontrado el camino, el maestro o la comunidad más adecuados para uno y el de haber encontrado el camino, la misma diferencia, en suma, que existe entre afirmar “mi esposa/esposo es la mejor pareja del mundo para mí” y decir que “mi esposa/esposo es la mejor de todas”.
También es muy habitual que las personas reafirmen su sensación de valía psicológica creyendo que su asociación con un maestro poderoso o iluminado les confiere, de algún modo, poder o iluminación, un fenómeno conocido con el nombre de “culto a la personalidad”. Es como esos padres que se identifican desproporcionadamente con la belleza o los logros de sus hijos, como si las cualidades o acciones en cuestión no fuesen de sus hijos, sino suyas propias.

10. Supervivencia del ego basada en la ilusión de separación
Una de las enfermedades de transmisión espiritual más sutiles e insidiosas —y que llega a afectar a la inmensa mayoría de la población de aspirantes espirituales del mundo— es la creencia de que la espiritualidad tiene que ver conmigo, es decir, que yo estoy estudiando, que yo estoy llevando a cabo prácticas, servicio y esforzándome en sentirme bien, ser más feliz y convertirme en una mejor persona.
La falacia básica implícita en este error gira en torno a la creencia en el “yo”. El “yo” con el que casi todo ser humano se identifica es un constructo psicológico creado para sobrevivir, pero nos hemos identificado tanto con él que hemos acabado creyendo que somos el yo (un punto que veremos con más detenimiento en el capítulo 4, titulado “La psicología del ego”). Los místicos de todas las tradiciones han afirmado que “Dios es Uno” y que “Tú eres Eso”. Y, aunque todos los seres humanos sepan eso intuitivamente y muchos lo hayan llegado a experimentar por sí mismos, la creencia de que sus somos seres separados se mantiene durante toda la vida.
Este malentendido básico de nuestra identidad verdadera no sólo es el problema fundamental al que se enfrentan todos los aspirantes espirituales, sino el fundamento mismo de todas las enfermedades de transmisión espiritual. La inquebrantable certeza de que “yo soy quien creo ser” —que tiende a ser tan fuerte entre quienes entienden intelectualmente este concepto como entre quienes no lo entienden— es tan virulenta que tiñe toda nuestra práctica espiritual, desde el servicio hasta la meditación y el ritual. La mayoría nos pasamos nuestra vida en el camino sumidos en esta enfermedad integrada en nuestra conciencia. Se trata de una enfermedad de transmisión espiritual —quizá la más difícil de erradicar de todas ellas— que afecta tanto a maestros como a discípulos, movimientos religiosos y tradiciones espirituales.
11. “YA HE LLEGADO”
Pero existe una enfermedad tan letal para el progreso espiritual que he decidido considerarla aisladamente, la creencia de que “ya hemos llegado” a la meta del camino espiritual. Cuando esa creencia se asienta en el psiquismo, acaba todo posible avance espiritual. Y es que, en el mismo instante en que creemos haber llegado al final del camino, concluye todo posible desarrollo. Y no olvidemos que, cuando no seguimos avanzando, acabamos retrocediendo.
La enfermedad de creer que ya hemos llegado —conocida también como la afirmación prematura de iluminación, enfermedad zen o complejo mesiánico— es la mejor documentada dentro de las tradiciones espirituales y religiosas. En su libro El corazón del yoga, T.K.V. Desikachar explica que: «El mayor de los obstáculos consiste en creer saberlo todo. Suponemos que hemos llegado al final y que hemos visto la verdad cuando lo único que, en realidad, ha ocurrido es que hemos experimentado un período de calma que nos lleva a decir “¡Esto era lo que siempre estaba buscando! ¡Finalmente lo he encontrado! ¡Ya lo he conseguido! Pero lo cierto es que la sensación de haber alcanzado el peldaño más elevado de la escalera no es más que una ilusión».’
La tragedia es que esta enfermedad puede acabar infectando a la gente de un modo que deteriora gravemente su amor a la verdad. Es mucho el daño provocado por maestros espirituales poderosos, populares y carismáticos que, pese a tener una comprensión muy profunda, han perdido la humil

dad y, al no darse cuenta de lo mucho que ignoran, sólo enseñan prácticas y verdades a medias. Y estos casos despiertan muy a menudo, cuando las supuestas “verdades” se revelan falsas, un profundo sentimiento de traición, amén de resultar muy difíciles de curar. Son muchos, de hecho, los aspirantes espirituales sinceros que, después de haber sufrido los efectos de alguien aquejado del virus “yo ya he llegado”, jamás acaban de recuperarse lo suficiente como para confiar en otro maestro.
Un aspecto menos reconocible de esta enfermedad de transmisión espiritual se manifiesta en el pequeño mesías que todos, de algún modo, llevamos dentro. No es difícil imaginar a un líder carismático como Jim Jones convenciendo a sus seguidores para que se bebiesen el vaso de Kool-Aid que acabó con sus vidas, ni a un mesías tántrico de la Nueva Era enseñando a sus discípulos el modo de unirse con Dios a través del sexo… y utilizando, muy diestramente por cierto, para ello, la intermediación de su propio cuerpo. Lo que no resulta tan sencillo es descubrir y admitir al pequeño mesías que hay dentro de cada uno de nosotros. Me refiero a esa pe-queña voz que, contra toda evidencia e incluso contra la claridad de nuestra propia conciencia, insiste en que realmente sabemos lo que está ocurriendo, en que somos algo más sabios que los demás, en que nuestro juicio es objetivo yen que nuestra visión es exacta y verdadera. Esto, a decir verdad, es algo que, en alguna que otra ocasión, muchos hemos experimentado… pero, ¿seríamos tan honestos como para admitirlo?

 

Prevención contra las enfermedades de transmisión espiritual
«La honestidad implacable con uno mismo» es la expresión con la que Lee Lozowick se refiere al proceso de desarrollo del discernimiento espiritual. Son muchos los casos en que, pese a ver con mucha claridad los obstáculos, no estamos dispuestos a reconocerlos. Es como si, en lugar de cambiar y curarnos, prefiriésemos seguir cómodamente asentados en la enfermedad. Afortunadamente, muchas enfermedades de transmisión espiritual son fáciles de detectar y también, en consecuencia, de curar. Y también disponemos, si estamos más interesados en la verdad espiritual que en la ficción y tenemos el coraje de admitirlas, pruebas que pueden ayudarnos a determinar nuestra salud al respecto.

Mariana Caplan: Libro, El discernimiento espiritual

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