La corriente GNÓSTICA antigua

La Gnosis es de todas las épocas y ningún Maestro por muy grande que sea, podrá pretender resumirla en una doctrina o en un esquema preciso y exclusivo, porque el término Gnosis indica un Conocimiento/Sabiduría, que por su misma naturaleza es una realidad estrictamente interna e individual, por la que conocer es sinónimo de Ser.

Por eso la Gnosis es Religión Una y Tradición Universal (= Doctrina Secreta), suma y síntesis de todas las tradiciones parciales de Oriente y Occidente, que con diferentes lenguajes y bajo los velos más variados ha sido dada en símbolos a la masa y transmitida de boca a oído durante milenios en el interior de los Santuarios.

Se trata más que de una doctrina, de la expresión externa y multiforme, como multiforme son los modos de ser de los pueblos y de los individuos, de una actitud mental particular y de una praxis consiguiente de vida que con razón puede ser considerada la vía, el camino, el sendero para la reintegración humana.
De la Gnosis sólo se pueden estudiar sus expresiones tal como la especulación humana las ha presentado en el tiempo, es decir, manifestadas por diferentes gentes de las que han emergido las múltiples y diferentes visiones gnósticas existentes, todas ellas concordando en sus invariables y perennes motivos de fondo.

Siendo por tanto el Gnosticismo la adaptación particular de la Gnosis perenne a los distintos sistemas filosófico/religiosos más dispares, pueden ser reconocidos como gnósticos todos aquellos que desde tiempos inmemoriales y bajo cualquier cielo han profesado y vivido su Gnosis.

Si la Gnosis –como conocimiento interno de la Realidad– es perenne e inmutable, diversas y a veces aparentemente contradictorias han sido sus manifestaciones en el tiempo histórico, así que en la práctica el gnosticismo abraza todo el conjunto de especulaciones audaces y búsquedas transcendentales, caracterizadas por una libertad ilimitada de investigación y un deseo intenso de conocerse a sí mismo y al universo, que en el siglo II de nuestra era se concretó en un sistema entre los iniciados de la nueva religión y que fue ramificándose después en una vasta multiplicidad de corrientes.

Con el nombre de gnósticos se hacía referencia a los místicos y a todos los buscadores de la Verdad –ya que el gnosticismo es una experiencia viva y no un sistema cristalizado– ya que todo buscador elaboraba a su forma los rasgos sobresalientes de la Gnosis.

En efecto para el gnóstico la Verdad o Gnosis no es la revelada en un momento determinado de la historia del hombre o a un pueblo en particular, en cuanto considera la revelación como algo continuado, como toma de consciencia gradual y progresiva de la Realidad por parte de todo individuo.
En esta óptica, Juan, Pablo de Tarso, Basílides, Marción y Valentín (por citar algunos nombres) pueden ser considerados de hecho, aunque no siempre de nombre, como gnósticos, igual que lo fueron posteriormente los Rosacruces, los Templarios, los Valdenses, los Cátaros y aquellos que han formado en la historia una cadena tradicional que no ha sido interrumpida hasta nuestros días.
Sin embargo, para una correcta exposición del fenómeno gnóstico en sus expresiones externas colectivas, deberán distinguirse, aparte naturalmente de las corrientes modernas, dos grandes corrientes gnósticas: una precristiana, derivada del sistema iraniano/babilónico, y una posterior, iniciada con los acontecimientos de Palestina.
La Gnosis es con seguridad precristiana, pero en los albores del cristianismo tuvo su afirmación más grande en aquel vasto y complejo movimiento de corrientes sugestivas de pensamiento religioso que se identificó como Gnosticismo.
Así el Gnosticismo –considerado en su totalidad desde su pasado remoto hasta su moderna representación– puede con razón ser visto en tres fases o períodos sucesivos: un primer periodo de pura realización iniciática, un segundo periodo caracterizado principalmente por una forma religiosa, y finalmente su fase moderna resultante de diferentes corrientes iniciáticas entre las cuales figuran la Masonería, el Martinismo y la Rosacruz.
En el primer periodo precristiano e igualmente en el cristiano primitivo –exclusivamente iniciático–, se pueden individuar corrientes y escuelas de variada y diversa formación, en medio de sus independientes y a veces aparentes antagonismos, pero todas sin embargo caracterizadas por los mismos principios, sentimientos y aspiraciones.
La característica principal que distinguía a todas estas escuelas o comunidades, desde sus primeros pasos precristianos, es sobre todo la más amplia libertad de interpretación, de asimilación y de especulación, por la que cada miembro o discípulo podía crear en su propio interior nuevas realizaciones y nuevas asimilaciones a las doctrinas impartidas por sus propios maestros y adoptadas en la comunidad respectiva.
En tal sentido podemos considerar gnóstico al que afrontaba y afronta con plena libertad de consciencia y de pensamiento su sed de conocimiento y aspiración a superar el Misterio de uno mismo, la Naturaleza y Dios; y Gnosticismo a toda corriente de pensamiento y de práctica religiosa, es decir, toda experiencia directa, toda verdad que lleva a la revelación de la propia e íntima realidad esencial y con ello a la liberación o reintegración.
Al comienzo de nuestra era la humanidad atravesaba una de las más profundas crisis de conciencia que había conocido. Alejandría había llegado a ser la capital cosmopolita de la cultura, allí convergían las mentes más doctas e iluminadas y en su grandiosa biblioteca se había acumulado la literatura sapiencial proveniente de todos los lugares y conservaba los resultados de las especulaciones más atrevidas del espíritu humano.
Fue en aquel clima abierto y disponible –resultante del fenómeno religioso que atravesaba el mundo de la Diáspora judía– donde surgió el Cristianismo.
Sucedió que, con el desgaste y agotamiento de los viejos valores, comenzó a insinuarse en las almas la aspiración de una renovación sincrética que unificase bajo un denominador común la enorme cantidad de Dioses y Diosas de Egipto, Roma, Babilonia, Galia y Grecia, por un ideal religioso que respondiese mejor a las exigencias espirituales del mundo de entonces.
La verdad es que aquellos panteones estaban poblados de divinidades demasiado humanas e imperfectas como para responder a las aspiraciones ideales de la gente de bien; se buscaba en suma un Nombre superior a todos los Nombres.
Pero ya, antes entre los judíos, se afirmaba la necesidad del monoteísmo, aunque su Dios único (= el YHVH bíblico) no fuese muy diferente de los dioses paganos, ya que conservaba todas las pasiones y los demás atributos más negativos de los hombres. En este ambiente tan sensible a las influencias intelectuales y religiosas más atrevidas –de la fusión de las tradiciones de tantos pueblos y particularmente de la filosofía platónica injertada sobre el viejo tronco del esoterismo hebreo– es de donde surge el Cristianismo de los orígenes, que era bien diferente del que hoy conocemos, siendo entonces una expresión pura de la Gnosis perenne, adaptada a los nuevos tiempos.
El Cristianismo no había encontrado todavía su vía precisa y aún no existía una Iglesia organizada, sino que cada comunidad era independiente, y con el nacimiento de la nueva religión cristiana se evidencia una nueva fase o periodo en la historia del gnosticismo: la fase religiosa.
Desde el inicio de la predicación apostólica hasta el fin del siglo II, los gnósticos formaban parte integral del Cristianismo, en el que trataban de reconciliar y fundir la tradición iniciática con el mensaje cristiano.
La enseñanza iniciática en el comienzo de nuestra era se agrupa prácticamente en torno a la figura de Jesús y es precisamente de la enseñanza que venía siendo impartida en el pasado en los Misterios, de donde llegaron al Cristianismo los conceptos:

– de la crucifixión del cuerpo para el triunfo del Espíritu.
– del sacrificio del Ego empírico (carnal) para que el Sí Mismo (yo espiritual) domine la materia y haga de ella su instrumento para experimentar y dignificarla.
– la cruz de la pasión del cuerpo y la cruz del espíritu triunfante que redime y regenera el cuerpo, es decir la Rosa que florece en el centro de la Cruz.

Este es el mito trascendente, la Gran Verdad espiritual, la Gnosis Perenne siempre representada bajo el velo de los símbolos en la historia del Espíritu Humano.
El Cristo es en realidad el supremo ideal, en el que el hombre se eleva triunfante después de haber crucificado su ego empírico sobre la cruz de la materia; y cuando el cuerpo está como muerto y sepultado, el Cristo resurge victorioso de su sepulcro, después de haber convertido a la materia en vehículo e instrumento del Espíritu, después de haber redimido y dignificado el cuerpo para que se una con el Espíritu.
Este es el mito maravilloso del Cristo encarnado en Jesús, y que todo hombre deberá revivir si quiere alcanzar y reintegrarse en el Edén perdido.
Para los gnósticos cristianos, en el hombre Jesús (Iehoshuah) se encarnó el Cristo cósmico y –a través de la Iglesia Ebionita, la Ecclesia de Palestina y la Iglesia Juanita– se perpetuó el movimiento iniciático cristiano, del que el Gnosticismo constituye el punto central.
Y aunque los gnósticos –convertidos en incómodos para la jerarquía eclesiástica que estaba estructurándose en iglesia de estado con el apoyo del poder temporal– fueron separados como heréticos, se puede advertir siempre la huella profunda de su impronta indeleble; y es que en realidad la Teología cristiana nació de la Gnosis, como gnósticas son su simbología y liturgia.
Pero como siempre sucede, la historia la escriben los vencedores del momento y por ello los vencidos son descritos invariablemente como traidores y subversivos; y así los gnósticos –que no habían querido aceptar el compromiso de la profanación del Cristianismo primitivo– fueron tachados de herejía, perseguidos y su doctrina distorsionada y dispersada.
Durante siglos el Gnosticismo fue obligado a esconderse bajo denominaciones protectoras y a operar en la clandestinidad, sobreviviendo en algunas comunidades internas del mismo Cristianismo y continuó solamente en su forma religiosa, la precristiana iniciática. Por ello se deberá llegar al final del siglo séptimo para encontrar sus reminiscencias más o menos esporádicas en las Iglesias libres orientales, que no habían querido reconocer la hegemonía de Roma, como la Iglesia Copta, la Armenia, la Jacobita, Siria y la Pauliciana.
Esta última pasará después de Armenia a la península balcánica en Tracia y en Bulgaria, desde donde se extenderá a Dalmacia y posteriormente al sureste de Francia y noroeste de Italia.
En los países eslavos los Paulicianos eran llamados también con un término local que significaba “los Enamorados de Dios”, pero en general fueron conocidos con el nombre de “Cátaros” (= Puros) y el Catarismo fue la última forma mediante la cual se expresó en el pasado el Gnosticismo.
El tercer periodo del Gnosticismo es el moderno, resultante de la integración de las distintas corrientes iniciáticas: Rosacruz, Masónica, Martinista y Religiosa. De esta forma pueden reconocerse en el Gnosticismo, desde su pasado remoto hasta hoy, tres periodos o fases sucesivas.
El primer periodo precristiano fue preferentemente iniciático y sería precisamente el que preparase las condiciones y pondría los fundamentos de la nueva religión cristiana; el segundo periodo tomó desde luego forma religiosa en cuanto comenzó a operar desde el interior del Cristianismo mismo, dando origen en el tiempo a las consideradas “herejías”, con las que adquirió verdaderamente su autenticidad y se hizo realmente vivo.
Efectivamente el Gnosticismo de los primeros siglos de nuestra era no es solamente la expresión fenoménica determinada en aquel momento histórico particular, con aquellas condiciones específicas, sino que fue precedido de un pre-gnosticismo y sucesivamente continuó en un proto-gnosticismo porque en toda época y en todas las latitudes los espíritus más sensibles y nobles han sentido las mismas inquietudes existenciales.
Se deberá además reconocer al lado del Gnosticismo heterodoxo del Cristianismo primitivo, un Gnosticismo ortodoxo expuesto por Orígenes; lo mismo que debemos reconocer como Gnosticismos extra-cristianos al Mandeísmo y al Hermetismo. Y no está fuera de lugar hablar de un Gnosticismo hebraico (= cabalístico), de un Gnosticismo islámico (= teosóficos ismaelitas y drusos) además de encontrar corrientes de clara inspiración gnóstica en el hinduismo y en el budismo.
Pero la documentación que se tenía de los Gnósticos hasta ayer era extremadamente exigua y toda ella proveniente de las refutaciones de los Padres de la Iglesia, sus irreductibles y acérrimos adversarios, de tal forma que el estudio de los fragmentos de los textos reconstruidos o conservados ha estado reservado por mucho tiempo exclusivamente a los especialistas y los iniciados, mientras el gran público los ha conocido bajo la falsa luz creada en torno suyo.
El descubrimiento en los últimos años de escritos originales en lengua copta, y recientemente el hallazgo, en el promontorio de Nag Hammadi, en el Alto Egipto (1945), de una biblioteca completa gnóstica, ha hecho posible ahora tener conocimiento, de la propia voz de los gnósticos, de su verdadera doctrina.
Sobre este rastro seguro e inconfundible podemos encontrar tendencias gnósticas en cualquier sitio donde antes no podíamos siquiera suponer; y es extremadamente interesante encontrar noticias bien patentes en épocas sucesivas y particularmente en la nuestra.
La verdad es que al principio de nuestra era el Gnosticismo representó la primera emergencia histórica de unas aspiraciones y esperanzas que son de todos los tiempos y lugares.
Dieciocho siglos nos separan de aquellos indómitos buscadores de la Verdad, hombres dispuestos a observarse a sí mismos y al mundo sin distorsiones, hombres sensibles y profundamente religiosos como para avisar acerca del dolor y la inmundicia de la condición existencial, y sin embargo tan sinceros como para aceptar en su propia vida las trágicas implicaciones que su actitud podía llevar consigo.
Las persecuciones, torturas y hogueras nada pudieron contra sus ideas; sirvieron más bien para evidenciar aún más la hipocresía y la absoluta incoherencia espiritual de la ortodoxia cristiana.
La audacia y la coherencia implícita en su desesperada lucha no podía sin embargo tener más que un fin trágico, terminando en aquel heroico y glorioso holocausto del alma gnóstica que fue Montsegur y que permanece en el recuerdo de los siglos; no podemos olvidar tampoco los mártires de Orleans y de Milán, de Carcasona y de París, de Praga y de cualquier otro sitio.
El Gnosticismo moderno, recogiendo y haciendo suya la totalidad de esas aspiraciones y visiones sublimes, no intenta en realidad adherirse a ninguna manifestación particular o determinada de la Gnosis.
No está claro que relacionándose con un determinado Gnosticismo se podrá vivir la Gnosis con el mismo espíritu y coherencia con que la vivieron los auténticos gnósticos de otros tiempos y lugares, sino más bien rechazando cualquier etiqueta y cualquier definición, ya que la Gnosis está más allá de cualquier esquema prestado en cuanto es un conocimiento a vivir, una experiencia de vida.
Por ello es gnóstico sólo aquel que no se detiene en las apariencias, sino que se esfuerza en llegar a la esencia de las cosas, de los seres y de los eventos porque su medida de juicio no es el común de la gente del mundo.
Siendo la Gnosis conocimiento de sí mismo, es al mismo tiempo conocimiento del sí mismo en Dios y de Dios en el sí mismo del hombre que se conoce, es decir Hijo de Dios; podemos por lo tanto considerar al gnóstico simultáneamente Monakos (= solitario), Pneumatikos (= espiritual) y Elektos (= elegido); en suma Gnostikos, o sea el que posee el conocimiento de sí mismo.

por T. Johannes

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