La dimensión absoluta 4.5/5 (4)

 

 

La dimensión absoluta es la inmensidad de los soles, las galaxias, las galaxias de galaxias, los terribles y monstruosos agujeros negros, la formación de estrellas, su explosión y colapso, el pluriverso.

 

El universo es una terrible monstruosidad para nuestra frágil carne. Son fuegos atroces, fuerzas y energías gigantescas, inconcebibles para nuestro pobre cerebro.

 

Nosotros no somos más que unos pobres animalitos insignificantes del planeta tierra, satélite de una estrella de una de las barriadas de nuestra galaxia.

 

Pero en nuestra insignificancia absoluta no somos nadie venido a estos mundos terribles;  somos  esos  mundos.  Somos  como  una  velita  que  sostiene  una pequeña llama en medio de los soles.

 

Nuestras facultades no están ordenadas a esas inmensidades; se construyeron al servicio de la sobrevivencia de nuestra breve vida.

 

La dimensión absoluta es todo eso, incluyéndonos a nosotros, como leve luz para iluminar la inmensidad de lo que hay.

 

Todo es desproporcionado a nuestras pobres luces y a nuestro sentir, todo él volcado a la inmediatez de la sobrevivencia.

 

Si queremos pensar correcto y construir nuestros proyectos valorales colectivos de forma adecuada, habrá que meter en nuestra mente y en nuestro sentir la magnitud inconcebible de la dimensión absoluta.

 

Esa atrocidad de mundos ha sido amable con nosotros y también con todas las especies animales. Nos ha dotado de un sistema cerebral y de unos sentidos que filtran esos mundos monstruosos de forma que resulten soportables a nuestra fragilidad. Más aún, han modelado esos mundos a nuestra pequeña medida y los han hecho bellos, deseables, amables, generalmente benévolos.

 

Podemos decir, hablando lenguaje humano, que la inmensidad de los mundos ha sido buena, misericordiosa con nosotros y con todos los animales.

 

La Tierra es como una pequeña nave azul, protegida en medio de terribles hornos de fuego repartidos en los inmensos vacíos del espacio.

 

La Tierra nos mantiene a nosotros y a todos los vivientes como entre algodones.

 

Volviendo a hablar con lenguaje humano podríamos decir que, puesto que nosotros somos luz de la mente y calor del sentir, y no somos nadie venido a estos mundos, son estos mundos los que son mente y sentir. Nosotros, débiles y breves vivientes, somos el lugar donde la luz de la mente y el calor del corazón brota, como el magma de los volcanes, desde el seno de los mundos.

 

El misterio de los mundos es nuestro propio misterio y el misterio de nuestro pensar y sentir es el misterio de los mundos.

 

De estas consideraciones surgen espontáneamente tres graves cuestiones:

 

-¿Qué es este mundo inabarcable e inconcebible?

 

-¿A qué nos referimos cuando usamos el término “Dios” o la “dimensión absoluta”?

 

-¿Qué somos los humanos?

 

Estas tres preguntas son tres miradas a un mismo problema.

 

Estas preguntas son preguntas-luz, preguntas-noticia indudable, pero no tienen posible respuesta. Estas tres preguntas se entrecruzan entre ellas de forma que no se puede intentar centrarse en una de ellas sin que aparezcan casi simultáneamente las otras dos.

 

 

Las facultades humanas, hechas para las pequeñas cosas concretas que tienen que ver con la sobrevivencia de nuestra condición animal, se pierden en esas profundidades inabarcables. Pero, a pesar de ello, tienen noticia cierta, no conceptuable, de esas dimensiones infinitas. ¡Otra vez el misterio de la condición humana, que es la condición también de los mundos y de la dimensión absoluta de lo real!

 

Las   venerables   religiones   son   soluciones   “caseras”   para   estas   terribles preguntas. Soluciones muy bien construidas y aliñadas para mentes y para paladares humanos que, por mutación de los tiempos, ya no son posibles.

 

El fondo de todas las religiones y tradiciones espirituales son estas tres preguntas, a las que se dan siempre respuestas, pero se trata de unas respuestas que no son cumplidas respuestas. Siempre queda, y ha de quedar, el latido de las preguntas que no pueden ser respondidas.

 

En las sociedades de conocimiento hay que plantear estas preguntas en toda su crudeza y de forma que lleguen a toda la población, sin poder acudir a las soluciones caseras de las religiones.

 

 

De  la  conciencia  de  esta  nuestra  situación  dependerá  la  cualidad  humana honda, sin la cual las sociedades que viven y prosperan desde el conocimiento no son viables.

 

Llegados aquí surge una grave cuestión: ¿cómo llevar a las gentes a esta conciencia?

 

Esa es nuestra tarea.

 

Resulta necesario que tengamos que sumergirnos, lo más posible, en ese espanto y en ese asombro para pensar desde ahí y sentir desde ahí, para buscar una comprensión y un sentir adecuado para poder construir nuestros proyectos valorales colectivos convenientes a la nueva situación.

 

Nuestra  condición  de  sociedades  laicas,  sin  religiones  ni  creencias  nos  ha llevado donde estamos, sin posible marcha hacia atrás.

Mariá Corbí

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