La ILUMINACIÓN nunca puede ser una EXPERIENCIA, por especial que nos parezca 5/5 (2)

Cuando empecé a preguntar a la gente qué era, para ellos, la iluminación, me llevé una gran sorpresa. Los más honestos generalmente se rascaban la cabeza y de repente se daban cuenta de que realmente no lo sabían; no estaban seguros. Los que no eran capaces de mostrar tanta autenticidad normalmente escupían lo que otra persona había dicho, como por ejemplo «bueno, es la unión con el divino». Otros respondían con ideas propias. En el lenguaje común, las llamamos fantasías. «La iluminación será como…», rellene el espacio. En general, esperamos que la iluminación sea una especie de orgasmo infinito.

 

En zen decimos que «si te sientas y te quedas en silencio mirando una pared el tiempo suficiente, sucederá algo». Muchas personas lo han hecho y han tenido experiencias agradables: un estado de placer muy intenso durante unos minutos, quizá, o tal vez, con suerte, durante unas horas del retiro. Esta sensación puede durar sólo unos segundos, en una determinada meditación, justo antes de que la mente diga que «la libertad debe de ser algo parecido a extender esta experiencia en el tiempo infinitamente».

 

¿Y sabes qué ocurre con esas experiencias? Pasan. Pero la mayoría de la gente que lo sabe finge no saberlo. Casi todo el mundo que ha atravesado una lista de experiencias espirituales sabe que ninguna ha durado porque, si lo hubiera hecho, no seguirían buscando otra experiencia más.

Así que casi todos los que participan en el juego de la espiritualidad desde hace bastante tiempo saben que ninguna experiencia ha perdurado.

  Si te aferras a cualquier experiencia, en cuanto ésta pase experimentarás el sufrimiento.

Cuando hablamos de la búsqueda de la iluminación, que es prácticamente la palabra más gastada del diccionario espiritual, en realidad estamos buscando la respuesta a la pregunta «¿cuál es la Verdad?». Esta pregunta es completamente distinta de esa otra que dice «¿cómo puedo obtener esta experiencia?» o «¿cómo puedo mantenerla?».

Preguntar «¿cuál es la Verdad?» es un proyecto demoledor. La espiritualidad, en gran medida, es un proyecto constructor. Ascendemos y ascendemos: las ideas ascienden, la energía kundalini asciende, la conciencia asciende. Crece y crece y nosotros sentimos que cada vez somos mejores personas.

Pero la iluminación es un proyecto demoledor. Te enseña, simplemente, que nada de lo que creías es verdad. Todo lo que crees ser, con independencia de la imagen que tengas de ti (buena, mala o indiferente), es mentira.

Independientemente de lo que pienses sobre Dios, nada es verdad. No puedes tener ningún pensamiento verdadero sobre Dios, así que todos tus pensamientos al respecto te muestran, precisamente, lo que el divino no es. Tus ideas sobre el mundo te muestran, precisamente, lo que el mundo no es. Lo que piensas de la iluminación te muestra, precisa y exactamente, lo que no es.

 

¿Lo ves? Se trata de eliminar. ¿Qué es lo que se elimina? Todo. Si no lo eliminas todo, no será realmente liberador. Si queda una sola cosa o un solo punto de vista sin eliminar, aún no estarás liberado.

 

Casi todos los seres humanos basan su vida en evitar la verdad. La verdad que evitamos es la Verdad del vacío. No queremos ver que no somos nada. No queremos ver que todo lo que creemos está equivocado. No queremos ver que lo que todo el mundo piensa es erróneo. No queremos ver que nuestro punto de vista es incorrecto y que no existe ningún punto de vista correcto. No queremos ver que todo lo que creemos de Dios es lo que Dios no es.

A lo largo de la historia, cuando la palabra hablada se ha acercado a la Verdad todo lo posible, enseguida se ha hecho cualquier cosa para taparla. Incluso el zen (que, en mi opinión, es una de las formas más puras de perseguir la experiencia de iluminación del Buda), a menudo evita la enseñanza central (que dice que no existe ningún yo). Por eso cuando abrimos una revista, aunque sea budista, no nos encontramos con el principio básico de la enseñanza. No está ahí. En cambio, la mayoría de los textos espirituales nos hablan de cómo ser más compasivo y amoroso, cómo meditar mejor, cómo contar las respiraciones, cómo recitar el mantra, cómo visualizar tu deidad, etc. Incluso el budismo suele esconder este principio, aunque esconder el principio central del fundador (no existe ningún yo) sea un poco difícil. Aunque no se oculte, apenas se habla de dicho principio, aparece disfrazado.

No consiste en decir: «Voy a abandonarlo todo para alcanzar lo divino: mi vida, mi corazón y mi todo. Lo dejo todo para conseguir el supremo bien espiritual». Muchas de las personas que realizan miles de postraciones en el Himalaya lo hacen sólo porque creen que eso les hará alcanzar el bien supremo. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez? Si no creyese que eso iba a llevarme al bien supremo, no lo haría, ¡por el amor de Dios! Cien mil postraciones llevan implícito un auténtico dolor de trasero.

 

La entrega es esa misma postración, interna o externa, pero sin esperar nada a cambio. Lo demás es un juego. Es el ego. «Voy a fingir que soy espiritual para conseguir algo.»

Una persona que sea auténticamente espiritual diría: «Lo único que deseo es la Verdad. Estoy dispuesto a abandonar cualquier cosa que no sea Verdad. Me guste o no. Aunque sacuda los cimientos de mi ser.

Y no es que desee la verdad como si fuese una adquisición, para poseerla y conservarla. Lo que deseo es la Verdad, y su naturaleza no implica ninguna adquisición». Se producirá una liberación absoluta, una relajación total, pero sin esperar nada a cambio. Para relajarnos por completo debemos liberarnos de aquello que se está relajando. En la iluminación, el yo no tiene sitio.

. El «yo no separado» no equivale a una experiencia espiritual del tipo «me he extendido infinitamente por todas partes y me he fundido con todo». Eso es una experiencia maravillosa para el yo, pero no es la Unicidad. La Unicidad no es fusión. La fusión sucede entre dos y, como sólo hay uno, cualquier experiencia de fusión es una ilusión que se funde con otra, por muy maravillosa y hermosa que sea la experiencia. Incluso cuando experimento la fusión con lo absoluto, con Dios, la verdad es que mi yo ficticio está fundiéndose con otra ficción. Las experiencias místicas y la iluminación no son lo mismo.

En la Unicidad no existe nada más. La Unicidad es: esto es lo único que existe. Ahí no hay ningún eso, sólo existe esto. Y es todo lo que hay. Sólo existe esto, y en cuanto digas qué es, habrás definido lo que no es. Esto sólo se puede comprender cuando acabamos con todo lo que no es. Entonces, esa iluminación implica despertarse de todo lo que aparece y desaparece.

Es un despertar fuera del tiempo.

Este despertar es como cuando nos despertamos de un sueño nocturno: de ahí que se haya usado esa metáfora desde hace siglos. Si el sueño te hace creer que tu vida está en riesgo, tendrás el mismo miedo que tendrías ahora mismo si sintieras que tu vida está en riesgo. Pero al despertar a la mañana siguiente lo que piensas es «Dios mío, no era real». Era real mientras soñabas. Existía, pues los sueños existen, pero no les concedemos la misma realidad que tenían mientras soñábamos.

 

Los seres humanos no ven la importancia de despertarse de un sueño a mitad de la noche. Literalmente, te despiertas de una dimensión que creías tan real como ésta. Es un cambio radical de conciencia. Todo lo que creías real en el sueño, al final resulta que no es cierto.

En un auténtico despertar espiritual el impacto es exactamente el mismo. No quiero entrar a discutir si este mundo es un sueño o no: definirlo no tiene ningún sentido. Lo que estoy diciendo es que la experiencia de la iluminación es igual.

Es la experiencia que te hace decir: «Dios mío, creía que era un ser humano llamado fulanito, etc., y no lo soy. Y no es que sea mejor, ni más grande, más expansivo, ni más santo o divino. Significa que no soy. Punto».

Eso no significa que el cuerpo no exista. Obviamente, el cuerpo existe. No significa que la mente no exista. Obviamente, la mente existe. No significa que la personalidad no exista. Obviamente, la personalidad existe. La sensación del yo también existe.

Puedo garantizarte que después de la iluminación seguirás sintiendo el yo. Tu cuerpo no podría funcionar sin esta sensación. La creencia de que dejamos de sentir el yo al iluminarnos no es más que un mito. Cuando meditas puedes perder la sensación del yo puntualmente, de modo que si alguien te nombra tal vez no reacciones. He visto casos de personas que ni siquiera eran capaces de levantarse cuando estaban en meditación. En India esto recibe el nombre de nirvikalpa samadhi. Es una experiencia agradable. Podría proporcionarte alguna visión. Tal vez tengas una experiencia de cese temporal del yo, pero te garantizo que será una experiencia temporal, pues tu cuerpo no puede funcionar sin la sensación del yo.

Cuando tu verdadera naturaleza se despierta, la mente deja de mirar hacia el vacío, pues ya no podemos seguir viendo algo como si estuviese separado. Nos damos cuenta de que la única cosa que ha mirado alguna vez al vacío ha sido el propio vacío. Por eso, entre otras cosas, no soy el primero en decir que no existen individuos iluminados, sino sólo iluminación. Lo que se despierta es la iluminación. Ni tú ni yo. Tú y yo nos volvemos insignificantes e inexistentes. La iluminación se despierta.

Esto también implica que la iluminación te deja sin nada. Así es como podrás diferenciarla: deja completamente desnudo a cualquier cuerpo por el que pasa y el cuerpo lo sabe, aunque no le importa nada. Está contento de quedarse completamente desnudo, de no tener esos puntos de vista, de no creer las opiniones de la mente

Esta tarde no me he centrado en los muchos aspectos positivos de la iluminación, pero es imposible que vieras la verdad y dejaras de reírte durante el resto de tu vida. Aunque supieses que este mundo no es ni la mitad de real de lo que creías, no podrías dejar de amarlo hasta la muerte. Aunque supieses que las personas no son lo que creías, no podrías dejar de amarlas cien veces más. Pero no quiero hablar de eso demasiado, pues la mente cree que le estamos dando un dulce, cuando la verdad es muy distinta: estamos dándole una espada.

Libro: La danza del vacío, Adyashanti

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