Lo que sabemos, y lo mucho que desconocemos, de las EXPERIENCIAS MÍSTICAS 4.67/5 (6)

En todas las culturas y religiones ha habido personas que, con determinadas técnicas, de forma espontánea a causa de algún suceso extraordinario, han accedido a alguna parte de la consciencia o a un determinado tipo de consciencia, en la que el sujeto tiene la sensación de estar en contacto con la numinosidad. A estos sujetos se les ha denominado «místicos» y sus experiencias fueron muy similares, no importa en qué lugar o cultura y bajo qué condiciones se produjeran.

A este fenómeno místico se le han dado innumerables denominaciones, tales como «satori» en el budismo zen, «samadhi» en el yoga, «nirvana» en sánscrito, «luminosidad» en el Libro Tibetano de los Muertos, «despertar» en el budismo, eso en el hinduísmo, «tao absoluto» en el taoísmo; y en Occidente, «espíritu divino» en Plotino, «estado gozoso de gravedad sobresaliente» en Philo Judeaus, «luz que sobrepasa el entendimiento» en San Pablo, «llama viva» en San Juan de la Cruz, «éxtasis» en Santa Teresa, etcétera.

Aunque se dice que este estado es inefable, existen muchos informes sobre lo que subjetivamente sintieron estas personas, informes que son muy parecidos unos a otros. Así que se puede concluir que no importa si es en la India o en la selva del Amazonas, si es un místico español o un chamán tunguso de Siberia, si es Lao Tse o William Blake, todos se están refiriendo, probablemente, a la actividad de una parte del cerebro que genera esa sensación oceánica de unión con la naturaleza, con la numinosidad, con la energía cósmica.

Aunque este estado puede alcanzarse por distintas vías según cuál sea la tradición religiosa, siempre y en todo lugar se acompaña de un sentido elevado de liberación, de alegría inefable y paz. Se trata de una experiencia de unión entre el sujeto y su objeto divino, unión mística que se considera el estado supremo de esta experiencia. La máxima aspiración en esta unión es alcanzar la superación de todo tipo de dualismo, y dentro de esta superación, probablemente la más anhelada es la abolición del tiempo.

Para Eugene d’Aquili se trataría de impedir que la función del «operador binario», que algunos autores localizan en el lóbulo parietal del hemisferio dominante y que sería responsable de la visión dualista del mundo, bloquee el acceso a la numinosidad. Ésta estaría, quizá, ligada a la actividad del hemisferio no dominante. Como sabemos, también el tiempo es un atributo de la función del hemisferio dominante, considerado como responsable de la visión secuencial, temporal, del mundo. Y la abolición de esta función es la meta más anhelada en la experiencia mística, como acabamos de decir.

Para Mircea Eliade, la experiencia mística es una experiencia de la fusión de la eternidad con un instante. La «eternidad» significaría la infinitud del tiempo aprehendido en un instante infinitamente corto de iluminación: esta característica explícita la atemporalidad en un estado de consciencia en el que las nociones de «antes» y «después» no tienen sentido.

Es interesante señalar que enfermos con lesiones en la región inferior del lóbulo parietal del hemisferio izquierdo, estudiados por Luria, neuropsicólogo ruso, perdían la noción de los opuestos como «delante» y «detrás», «antes» y «después», «arriba» y «abajo», etcétera.

Otra de las características de esta unión mística sería la disolución del sentido del yo, sin pérdida de las facultades sensoriales ordinarias. La dicotomía entre sujeto y objeto, al desaparecer el yo, también desaparece, dejando paso a una sensación de unión con la naturaleza y el mundo, la sensación de la participación mística con el mundo, que no es algo ajeno al sujeto, sino que forma parte, al igual que el sujeto, del Todo. Quien vive esta experiencia se siente totalmente inmerso en un universo natural sagrado. La integración o unidad de todas las cosas parece ser una característica fundamental del estado supremo de la experiencia mística. Es lo que también se ha llamado Unidad/Totalidad para caracterizar el estado predualista en mitos cosmogónicos. Las cosas se perciben fenomenológicamente como diferentes unas de otras, pero estas diferencias aparecen como ilusorias. Sería como una vuelta al pensamiento «primitivo» que tratamos en otro lugar.

Es posible que el yo que conocemos, el que analiza el mundo exterior y lo descompone en partes cada vez más pequeñas, nada tenga que ver con ese otro yo que es el que se sumerge en la eternidad para fundirse con ella en la experiencia mística. Es más, no es ya un yo, tal y como solemos concebirlo, alguien separado del mundo, enfrentado a él.

 

La Unidad/Totalidad en el misticismo hindú se denomina Brahma, y en el misticismo egipcio, judío, musulmán y cristiano es Dios mismo. En el éxtasis del yoga, en el samadhi, el yogui trasciende los opuestos, une el vacío y la superabundancia, la vida y la muerte, el ser y el no ser. Parece como si se volviese a un estado anterior, más arcaico, del propio ser, al estado de beatitud o bienaventuranza que siempre se ha descrito como característico del paraíso.

Esta superación del dualismo se expresa incluso en el lenguaje de algunos místicos, como, por ejemplo, cuando San Juan de la Cruz habla de «cauterio suave», o de «llaga delicada», «soledad sonora», etcétera. El propio lenguaje para explicar este fenómeno supera las antinomias que le son comunes. Lo mismo ocurre en la poesía, donde pueden darse conceptos contradictorios en un mismo contexto, como los ejemplos ya citados en otro lugar de las expresiones «dulce desconsuelo» o «placer triste».

En el hinduismo, la unión de atman (el alma individual) con brahma abóle la dualidad. El budismo describe este estado como nirvana., un estado atemporal que es «no nacido, no hecho, no devenido y no compuesto» y que, por tanto, es unificador y unificado.

Mircea Eliade lo define como la esencia de lo que no es lógico y descriptible, que tiene que ser realizada por una absoluta falta de deseos, la completa extinción de todas las preocupaciones y placeres, el despego de la simpatía y antipatía, la disolución de los procesos mundanos, el grado más alto posible de autocontrol y una sabiduría supraintelectual, insondable para la comprensión ordinaria.

Los fenómenos místicos suelen acompañarse de otros fenómenos no menos extraños, como son las visiones, las audiciones, la levitación, la estigmatización y muchos otros. En nuestro mundo científico de hoy, estos fenómenos, cuando se producen, hacen que enviemos a la persona que los padece al psiquiatra, pero en otros tiempos, en los que la numinosidad imbuía casi toda la vida del ser humano, estos fenómenos eran considerados expresiones de los dioses o los demonios. Innumerables vidas de santos están plagadas de tales fenómenos, algunos de ellos incluso sirvieron posteriormente para elevar a estas personas a los altares. Pero, por desgracia, también para llevarlas a la hoguera.

Libro: El cerebro nos engaña

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