No es unidad, no es multiplicidad, es NO DUALIDAD 5/5 (3)

Apoyándose en muchas ocasiones en la vivencia definitiva de la no dualidad entre los ámbitos superficial y profundo de la realidad, el ser humano ha tratado de expresar racionalmente las características y el modo de integración de estos dos mundos aparentemente dispares: el uno y los muchos, el ser y los devenires, el noúmeno y los fenómenos, el vacío y las formas. En diferentes tradiciones filosóficas y espirituales se han elaborado propuestas que apuntan decididamente hacia lo no dual. Veamos las líneas generales de estos enfoques.


El planteamiento central de todas las filosofías no dualistas gira en torno a la idea de que la realidad profunda inmanifestada no está disociada de sus manifestaciones superficiales. No hay un creador separado de su creación. O, si se prefiere, el creador y su creación no son dos. No es posible una creación disgregada de su origen, porque fuera del absoluto no puede haber nada. La realidad originaria no ha creado, pues, un mundo ajeno, sino que ella misma se ha manifestado como un mundo en sí misma. El universo relativo no es algo exterior al absoluto, sino que es tan sólo un entramado de relaciones entre un sinfín de variadas autoproyecciones de ese absoluto en su propia vacuidad infinita. Lo que en algunas tradiciones se ha llamado creador y creación, no son, según la perspectiva no dualista, sino dos aspectos de una sola totalidad orgánica en su dinámica autocreadora. El creador sería este ser único en su estado fundamental e indiferenciado de energía-conciencia, y la creación, ese mismo ser en su estado de millones de formas reflejadas según diferentes equilibrios de energía y conciencia. La dinámica autocreadora consistiría, en fin, en un  recurrente surgimiento y disolución de los aspectos manifestados desde y hacia su base inmutable, a través del cual se iría actualizando progresivamente la omnipotencialidad del origen.

Muchas tradiciones afirman que la unidad es el hecho eterno y fundamental, y que la multiplicidad es tan sólo la autoexpresión variada de esa unidad. Según este punto de vista, la verdad es siempre el uno, que, reflejándose sobre sí mismo, jugando consigo mismo, despliega su infinita potencialidad en una extensa diversidad de formas. Como un  cristal multifacético que muestra una abundante pluralidad de imágenes de un mismo y único objeto sin que éste realmente se multiplique. La multiplicidad de los seres es, por tanto, una mera apariencia, ya que, en realidad, todos ellos son sólo aspectos diversos del ser único. No es que el uno se convierta en muchos, creando una dicotomía entre ambos ámbitos, sino que es siempre la misma y única unidad la que se manifiesta como múltiple, sin dejar por ello de ser una sola. Por eso, cuando se afirma que todas las cosas son una, no sólo se dice porque provengan de la unidad y retornen a ella, sino porque son una ahora y siempre.

El universo no es una realidad múltiple de seres separados, sino la manifestación en el espacio y en el tiempo, en la pluralidad y en el cambio, de ese único uno que no cambia.

No hay multitud, sino sólo uno. Este uno, sin embargo, aunque realmente indivisible, se manifiesta como si estuviera dividido en un sinfín de individualidades, tomando formas diversas en los diferentes seres del mundo. Al igual que el mismo sol brilla a través de innumerables ventanas en cualquier parte de la tierra, un solo ser resplandeciente se refleja en todas las criaturas del universo. Es la misma y única plenitud vacía la que habita en la multiplicidad de sus moradas, en todo y en parte, en el cosmos entero y en cada ser.

El ser único, eternamente autoexistente, manifiesta en sí mismo la pluralidad del universo. ¿Cómo podría hacerlo de otro modo si no hay nada fuera de él? La realidad múltiple es, pues, un mundo relativo, una trama de relaciones e interrelaciones dentro de la indivisible unidad absoluta. Las relaciones de la multiplicidad subsisten, de este modo, en esa omniabarcante unidad que las origina, constituye y reabsorbe. Todo es, a la vez, uno y múltiple, absoluto y relativo. Como afirma el yoga integral, la realidad no es una unidad matemática con la multiplicidad como una ilusión, sino una unidad infinita con una infinita multiplicidad comprendida en la unidad. La verdad última está, de hecho, más allá de estas distinciones de unidad y pluralidad, que no son sino modos humanos de interpretar las experiencias, pero, con todo, resulta aceptablemente válido afirmar que el absoluto es, simultáneamente, el uno y los innumerables muchos de todos los mundos, la esencia única de las cosas y las inagotables formas del proceso universal. Se trata de una identidad-en-la-diferencia o una diferencia-en-la-identidad entre lo infinito y lo finito, entre el uno y los muchos, entre el ser y el devenir.

La unidad es la base. La unidad constituye la multiplicidad. Pero la multiplicidad no constituye la unidad. El agua puede formar olas o estar en calma, pero las olas, por contra, necesitan del agua para surgir. En cualquier caso, ambos aspectos son reales.

El uno con una realidad absoluta, eterna e inclusiva, y los muchos con una realidad relativa, fugaz y dependiente. La diversidad sólo puede entenderse como falsa cuando se la considera divorciada de la unidad fundamental que la constituye. En ese caso, cuando la conciencia de la multiplicidad se separa de su propia unidad esencial, la perspectiva se vuelve profundamente errónea y engañosa. Aparece entonces una comprensión ilusoria del mundo, que descuartiza la unidad de lo absoluto en una multitud de seres inconexos y desarraigados. Comprendidos
conjuntamente, sin embargo, el uno da sentido a los muchos, y los muchos dan forma al uno. Sin la unidad, la multiplicidad no existiría siquiera, y sin la multiplicidad, la unidad sería un mero vacío amorfo y estéril. El monismo exclusivo sería rígido y apisonador; el pluralismo exclusivo sería inestable y disgregador; sólo la integración de ambos, permite el juego creativo de la vida.

Desde la conciencia indiferenciada se vive la unidad. Desde la conciencia diferenciada se percibe la multiplicidad. La conciencia integral, finalmente, reconoce la unidad en la multiplicidad, es decir, descubre la sorprendente identidad única de la diversidad infinita. Abarcando simultáneamente el uno de la conciencia profunda y los muchos de la conciencia superficial, la armonización entre ambas perspectivas se produce espontánea e imperceptiblemente. Se comprende entonces, con toda evidencia, la radical no dualidad de la vacuidad plena y el mundo fenoménico.

La realidad integral es, a la vez, estable y móvil. El ser y el devenir son dos aspectos simultáneos del único absoluto. Si se quiere, el ser es la realidad fundamental y el llegar-a-ser es la realidad derivada, pero, en cualquier caso, es siempre el mismo ser el que deviene todas las existencias del universo, el que se ubica variadamente en su propio movimiento relativo de energía y conciencia. Con todo, el proceso del devenir no afecta, en modo alguno, la inmutabilidad eterna del ser. El ser se manifiesta como un devenir perpetuo, y, a su vez, el devenir se resuelve en un ser eterno. Todo el mundo es, por tanto, eterno y temporal a la vez, existencia idéntica a sí misma y transformación incesante. Según cierto punto de vista, nada es, porque todo se encuentra en cambio permanente, y desde otra perspectiva, todo es, porque el mismo ser constituye la identidad última de todas las cosas. Existe una unidad inseparable de lo eterno y lo contingente. Evolucionamos y, sin embargo, somos inmutables. Ser y devenir son ciertos y ambos la misma cosa. Hay cambio e intercambio dentro de un todo constante. La meta es el camino. Y el camino la meta

José Díaz Faixat

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