¿Quién es el hacedor de los actos según el vedanta? 5/5 (3)

La res­puesta que da el Vedanta ofrece necesariamente la aparición de una nueva idea: las cualidades propias de la materia, las gunas, esto es, las cualidades primigenias constituyentes del universo entero.

Es compleja la interpretación de las gunas y de su razón de ser en la teorización del Vedanta. Debemos entender y recordar que, para el análisis del Vedanta, la conciencia es un continuo que se parece, desde el punto de vista físico, a la naturaleza continua del espacio. El espacio es un conti­nuo completamente homogéneo, esto es, en ningún objeto, ni entre objetos, existe mayor densidad de espacio. De igual manera se advierte la conciencia. La conciencia es un conti­nuo homogéneo que al conocer no diferencia entre conoce­dor y conocido, pero advierte objetos y sujetos. Los advierte de igual manera a como el espacio sostiene diversos conte­nidos, pero ninguno de ellos incide sobre la continuidad ni homogeneidad de su naturaleza esencial.

Nada queda aparte de la conciencia, como nada hay en el universo que no contenga espacio.

La sustancia de la materia ha de ser, finalmente, una manifestación de la conciencia No­-dual. Sin embargo, dicha afirmación sólo puede verificarse en los más altos procesos cognitivos no-duales, en aquellos que hacen parte de la cognición asociada a la Meditación.

El sujeto se parece en un todo a la realidad aparente que emerge en los sueños. Allí, mientras duerme, todos los personajes soñados parecieran estar dotados de independencia y personalidad; se advierten como existentes por sí mismos. Basta despertar para diluir dicha apreciación de independencia de los sujetos soñados. Basta posarse nuevamente en el estado de vigilia para que todas las entidades oníricas mueran y se conviertan en tan sólo recuerdos. Podríamos preguntarnos al despertar: ¿quién actuaba o qué producía ese universo? Sabemos a ciencia cierta al despertar que quienes actúan en el sue­ño, realmente no lo hacen. Afirmaríamos que la materia que dota de independencia a dichos personajes y al decorado donde se encuentran ocurre sin que necesariamente haya un real actor. Entonces podremos afirmar que, mientras el sueño se presenta, hay actores y acciones, y cuando despertamos no hay actores ni acciones, sólo recuerdos.

Por esta razón, en la representación dual que el Vedanta plantea, la acción y el actor cobran una consideración muy diferente a la que Occidente reconoce. Para Occidente hay actor y acción. El actor puede actuar y realizar la acción por voluntad propia. El actor actúa sobre eventos que son dife­rentes de él mismo. En cambio para Oriente, el hecho de aceptar la condición No-dual como base esencial de la rea­lidad induce un aparente sentido de actor y, por lo tanto, de acción. En este modelo oriental la voluntad propia no tiene sentido. Finalmente, el universo actúa por sí mismo, el agente es solamente parte indisoluble de este proceso.

Con el fin de que la acción que el individuo realiza tenga sentido en el mundo dual donde se desarrolla, el Vedanta creó la teoría de las gunas.

Para aclarar un poco esta idea volvamos nuevamente al sueño. Sabemos que mientras soñamos la experiencia onírica es real. Por lo tanto, mientras dormimos aseveramos que hay acciones y actor. ¿Podemos acaso afirmar que, mientras duer­me, el actor actúa por voluntad propia, cuando al despertar su universo se disuelve? ¿Podemos afirmar que el universo y el actor que actúa en sueños son realmente diferentes?

Si todo desaparece al despertar, entonces ¿qué produce la acción mientras dormimos?

A la luz del Vedanta, quien se conforma como substancia del actor y de la acción en vigilia y sueño son las tres cualidades de materia, las gunas, que se entremezclan, ofreciendo un caleidoscopio de sensaciones internas y eventos materiales diversos. Realmente no hay actor, son las cualidades de la materia las que interactúan entre ellas, son las gunas que revolucionan entre las gunas produciendo las diversas categorías materiales y sutiles.

Son las gunas, o cualidades de materia las que, al interac­cionar entre sí, actúan y movilizan al universo entero y a los moradores que en él viven. El ser humano, inmerso en la no-­dualidad como esencia absoluta Atman'”, no obra; tan sólo es un espectador silencioso en forma de conciencia absoluta No-dual.

Las gunas se parecen a la naturaleza esencial de la ener­gía: dotan de movimiento, vida y actividad. El universo está impulsado a moverse gracias a que la energía provee el cau­dal suficiente de información para mantener la incesante acción. Asimismo las gunas, según el modelo de las leyes que rigen, impulsan al universo en la dirección adecuada donde la sustancialidad de todo lo creado cobra sentido. La mente, el “yo”, la materia, y todo evento que desde la dualidad sea experimentado, no es más que una manifestación de los ilimitados atributos de las gunas.

Tanto las estrellas y las galaxias como las leyes físicas y químicas que en ellas operan son producto del orden implí­cito y de la actividad propia de las gunas.

Desde la perspectiva humana, las gunas generan los diversos atributos de los koshas o envolturas ilusorias que conforman las diferentes formas de expresión en las que el ser humano puede actuar en todos sus niveles, tanto físicos como mentales. La tradición oriental ha dotado a las gunas de inteligencia y dicha inteligencia toma el nom­bre de devas.

El Vedanta desvela que, en realidad, no actúa nadie; quien en verdad actúa son las gunas. La esencia humana Atman permanece inactiva como actor, aunque se mantiene siempre perenne y activa como substrato consciente No­dual respecto al universo donde se desarrolla la trama de la acción. Tal como se ha mencionado anteriormente, en virtud de la acción mental (antahkarana) aparece la idea de un ego que se considera autor o ejecutor de la acción. Tal ego, como reflejo ilusorio de maya, cree que actúa y que, al hacerlo, ope­ra bajo su libre albedrío. Por tanto, la libertad o libre albe­drío es, en realidad, la capacidad egoica de identificarse o no como actuante al realizar la acción.

Es decir, al contrario de lo que se supone en general, la libertad o libre albedrío no es la capacidad de realizar o no una acción, sino la capacidad de identificarse o no con ella.

Este proceso de identificación o no del ego con la acción que se realiza es de suma importancia para nuestra posterior descripción ética, pues dependiendo de que exista o no iden­tificación egoica con la acción surge una nueva modalidad de moral, o simplemente desaparece por completo toda valora­ción moral. Veámoslo con un ejemplo.

Imagine que, mientras duerme, sueña usted que forma parte de un gigantesco espectáculo en un estadio deporti­vo que alberga miles de personas. Y tenga en cuenta que soñar es una actividad experimentada como real mientras se la realiza, pero que se descubre como inexistente en el mismo momento en que se despierta; es decir, el sueño es real mientras lo vive e ilusorio cuando despierta. Sitúese en la gradería y observe a los miles de espectadores seguir con atención cada uno de los sucesos de los jugadores que ani­man el espectáculo. Note corno se mimetiza con el entorno y se convierte en una minúscula pero importante parte de toda esa maravillosa y virtual experiencia. El juego que observa podrá consumir varias horas de su particular sueño y, mien­tras lo hace, verá cómo las multitudes parecen expresar su alegría o su tristeza según se presenten los acontecimientos. Miles de egos, al parecer con una individual e independien­te capacidad de conciencia humana, atienden desenfrena­dos y absortos al espectáculo. Mientras todo ello acontece, si usted se preguntara “¿Quién actúa?”, “¿Quién impulsa el movimiento de ese inmenso escenario?”, probablemente respondería que ¡es cada personaje quien actúa y, al actuar, transforma el mundo! Esta respuesta parece evidente en ese momento, mientras permanece en sueños.

Pero al despertar, estadio y muchedumbre desaparecen.

Ahora, solitario en su propio lecho, y ante el impacto de lo vivido, intenta saber si aún duerme o no. Inicia la etapa de su propia evocación, intentando encontrar su propia continui­dad de vida en el tiempo pasado, en los propios recuerdos. Tras una corta pero intensa actividad evocatoria posiblemen­te concluye usted, sin opción a equivocarse, que realmente lo anterior fue un sueño y que ahora se encuentra despierto.

Sin embargo, suponga que nuevamente se entrega al sueño y regresa a la misma experiencia. Nuevamente apa­recen el estadio deportivo, la muchedumbre, etcétera, pero ahora usted es consciente del sueño mientras duerme. Ante esta nueva perspectiva, sin duda cambiará la manera de ver todo a su alrededor, e inclusive su propia relación con el entorno. Pregúntese nuevamente quién actúa y pone en movimiento ese inmenso escenario, y ahora la respuesta será “nadie, nadie actúa”. Todos creen que lo hacen pero verdaderamente nadie actúa. El único experimentador real es el soñador del sueño, pero él no aparece en ningún lugar del mismo y, sin embargo, ¡es él quien sostiene, totalmente inactivo, toda la actividad onírica!

De igual forma, el Vedanta afirma la existencia de la conciencia No-dual como espectador único, eterno y Real de todo lo existente. Asimismo, y simultáneamente, acep­ta la existencia de la conciencia egoica como una actividad aparente y momentáneamente real, en tanto permanezca la creencia de la existencia de un “yo” que se experimenta a sí mismo gracias a que se recuerda a través de su memoria.

Por lo tanto, la salida al dilema ético consiste en compren­der que la única opción que tiene el individuo reside en iden­tificarse o no con la acción que realiza, pues toda acción, en sí misma, es neutra, es esencialmente amoral”. Así, cuando el individuo se identifica mentalmente con la acción que ejecuta, la convierte en real, experimentable y relacionable con otras acciones. En cambio, si no se identifica con ella, no necesita­rá preocuparse nunca más por la rectitud o moralidad de la acción, ya que estará sumido en la ilimitada conciencia No­dual, en una modalidad de cognición donde todo es todo.

LIBRO: El sendero del Dharma – Sesha

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