Cuando busco lo que ciertamente SOY

La Búsqueda del Yo Superior no es otra que la etapa final de la larga búsqueda de la felicidad por parte de la humanidad.

Esto no es para aquéllos que sienten la necesidad de una reunión social cada domingo por la mañana, en la que puedan exhibir sus buenas ropas y escuchar buenas palabras. Es para aquéllos que en su vida sienten la necesidad de algo grande a lo que puedan entregarse, que no pueden descansar satisfechos con el quehacer de ganar solamente su pan y su manteca o gastar su tiempo en placeres.

Éste no es meramente un asunto para una pequeña élite in­teresada en autoayuda espiritual. Es una verdad seria, importan­te para cada hombre, por doquier.

Por parte de los estudiantes de la mística, de los practicantes del Yoga y de los buscadores de la verdad espiritual hay una gran tendencia a considerar su Búsqueda como algo enteramente separado de la vida misma, tal como el filatelista y el jardinero aficionado consideran a su hobby especial, como algo que puede añadirse a su vida rutinaria. Este es un error fundamental. La Búsqueda no es un hobby serio ni una diversión agradable para la inercia de la vida prosaica cotidiana. Ella misma es vivir. Quienes no entienden esto, caen como resultado en excentricida­des, en egocentrismo, en complejos de superioridad, en sectarismo, en el fútil proselitismo de los que no están preparados o son antagonistas, o en el intento de imponer a los demás lo que no es conveniente para ellos.

Quienes separan a la Búsqueda de su existencia cotidiana cierran la puerta al campo más importante de su crecimiento ulterior. Tienden a convertirse en soñadores y dejan de asirse a las cosas prácticas

El trabajo empieza con usted: con algún impulso que surge en usted, o con algún sentimiento, pensamiento, idea, o con algún objeto que vio, o con una persona o un maestro, o con un libro o con una conferencia, o con la Naturaleza, o con una creación artística. Que eso sea fuera o dentro de usted, ha de ser aceptado por usted. Pero si usted pregunta por qué eso ocurre precisamente entonces, la respuesta sólo podrá ser: la Fuente de todas las cosas lo quiso.

El principal quehacer del hombre es ser consciente de su propósito verdadero en la vida; todo otro quehacer es secundario respecto de este interés principal.

Cualquiera que quiera hacer un serio esfuerzo puede llegar mediante su propia inteligencia, ayudado si lo desea, por los escritos de quienes tienen más tiempo libre y más capacidad para ello, a una comprensión de estos temas abstractos, que valga la pena. El estudio intermitente de estos escritos y la lectura regular de estos libros lo ayudarán a mantener su pensamiento próximo a los principios verdaderos. Obtendrá la inspiración de sus páginas, el consuelo de sus frases y la paz de sus ideas. Estas declaraciones arrojan chispas en la energía mental cinética de unos pocos seres sensibles y los inspiran para que hagan de sus vidas algo que valga la pena. Lo que eso escribe en sus mentes se escribe eventualmente en sus actividades.

No nos acercamos a Dios a través de nuestras rodillas ni a través de todo el cuerpo postrado en el suelo, sino en lo profundo de nuestros corazones. A Dios no lo percibimos con nuestras emociones, tal como no lo conocemos con nuestros pensamientos. ¡No! A la divina presencia la percibimos en la profunda quietud no terrena, en la que no pueden entrar los sonidos del clamor emocional ni los de la molienda intelectual.

Cuando un hombre se cansa de oír a otro que le dice que tiene un alma, y sale a ganar experiencia de primera mano sobre ésta por sí solo, se convierte en un místico. Pero, infortunadamente, pocos hombres llegan alguna vez a este punto.

Usted puede estar familiarizado con el contenido de cien libros sobre mística, pero no estar familiarizado con la mística misma. Pues ésta concierne a la intuición, no al intelecto.

Como el Gita lo señala, es un peligro imponerse el deber espiritual de otras personas. La filosofía procura inducir a un hombre a que comprenda por sí solo su propia divinidad. De ahí que trate de inducirlo a pensar con independencia, a esforzarse personalmente y a desarrollar su intuición. Este no es el camino popular ni el camino fácil; no ofrece comodidad gregaria ni apoyo rebañego. Pero es el único camino para el buscador que está en pos de la verdad. Aunque el estudiante solitario puede sufrir ciertas desventajas, también disfruta ciertas claras ventajas.

Un grupito de estudiantes sinceros que se reúna puede ser de gran ayuda para cada participante, siempre que exista entre ellos una afinidad espiritual básica. Si falta ésta siquiera en uno solo del grupo, esa reunión bien puede inducir más confusión que iluminación, o puede hacer que algunos o todos olviden que, en la búsqueda, cada uno camina solo.

 

Extractos libro: Perspectivas, Paul Brunton

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