Meditaciones: Dios se esconde en Tu Silencio

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Vas a descubrir al leer estas letras como se siente una caricia en el ALMA 

No es que Dios evite al hombre, no es que Dios nos dé la espalda a nosotros. Dios está escondido, como … despertando en nosotros un deseo profundo por Él.

Dios está en lo más oculto, en lo más hondo, en lo más íntimo del ser humano.

El hombre es como una tierra, el hombre es de tierra y en las capas superficiales, nunca se… percibe, nunca se… averigua, nunca se da uno cuenta de lo que puede haber en las capas más hondas y más profundas. En las capas más hondas está el manantial, están las fuentes, en las capas más hondas puede haber tesoros, en las capas más profundas de la tierra hay tesoros. En las capas más profundas de nuestra tierra también hay manantial, en las capas más profundas de nuestro ser también hay un tesoro, también hay oro escondido, tu Dios es un Dios escondido, tu manantial, tu vida está escondida, en lo hondo, en lo profundo de tu ser.

Dejarse seducir no es fruto de nuestro razonamiento, no es reflexionar, no es dar vueltas entorno de una cosa, entorno de una idea, entorno de un pensamiento, no es divagar, no es cavilar, no es asunto de la razón. Dejarse seducir es asunto íntimo, es asunto de la interioridad, es asunto del corazón, es dejarse arrastrar por lo profundo, es dejarse arrastrar por lo más bello, es dejarse arrastrar por el corazón. Es una función del ser, no es una función de la cabeza, no es función del cerebro, no es función de la razón, del razonamiento, es fruto del silencio. Por eso en las horas de silencio, en el tiempo de silencio, el contacto con la palabra, el contacto con la presencia de Dios en la palabra, puede ser decisivo y puede ser fundamental.

El profeta Jeremías nos confiesa, como se sintió seducido por Dios, él lo expresaba de esta manera: “Tú me has seducido y yo me he dejado seducir” (Jr 20,7). El silencio conduce a una auténtica seducción. Cuando algo nos seduce, nos arrastra. Cuando algo nos seduce, nos lleva, nos conduce. Dejarse seducir no es… una… oportunidad, o una gracia de nuestra razón. Muchas cosas nos convencen, muchas cosas despiertan una profunda convicción en nosotros, pero no nos arrastran, no nos conducen, no nos llevan.

El silencio es un modo, es una manera de hacerse presente, de hacérsenos presente y sólo cuando algo se hace presente nos puede arrastrar, sólo cuando algo se hace presente nos puede seducir, sólo cuando algo se hace presente nos puede llevar.
El silencio es atención, el silencio es presencia, el silencio se vuelve evidencia.

Para que algo nos pueda seducir es imprescindible el silencio, para que algo nos pueda seducir es imprescindible no dejarse… agarrar, no dejarse prender por ninguna cosa, para dejarse seducir es imprescindible el permanecer como indefensos. En el silencio uno se queda indefenso, en el silencio uno no razona, en el silencio uno no piensa, en el silencio uno vive, no es imprescindible el pensar para vivir. La vida no se piensa, la vida se vive, la vida se disfruta, la vida se goza.

A veces el hombre, en este afán de dar preferencia a la razón, todo lo quiere razonar, todo lo quiere… encarcelar en sus pensamientos, encarcelar en sus ideas y en sus conceptos. Nuestros pensamientos lo que hacen es interferir las cosas, interferir el encuentro con las cosas. Cuando algo se interfiere entre nuestros ojos, entre nuestra mirada y las cosas, entonces no acertamos a ver con lucidez, con pulcritud, con claridad. Cuando nuestros pensamientos interfieren también entre las cosas, entre los objetos y nosotros, nuestro contacto con los objetos no es preciso, no es pulcro, no está lleno de luz.

Cuando algo es evidente no hay que pensarlo, cuando algo está presente no hay que razonarlo, cuando algo está presente es evidente, sólo hay que acogerlo, mirarlo, vivirlo y disfrutarlo.

En el silencio todas las interferencias se deben de caer, deben de borrarse, deben de orillarse.

El silencio es para dejar lúcida, dejar transparente nuestro corazón, nuestra conciencia, nuestra vida.

En el silencio es para que todo se haga evidencia.

En el silencio es para… el silencio es para que Dios, de alguna manera, se haga evidente.

Una cosa nos seduce cuando nos llena. Hay palabras que nos llenan, hay palabras que nos dejan indiferentes, hay palabras que no hacen más que rozar nuestros oídos, pero hay palabras que llegan a lo profundo, que llegan a lo hondo de nuestro corazón. Estas palabras son las que nos pueden seducir, estas palabras son las que nos pueden arrastrar, las palabras que llegan a lo más íntimo de nuestro corazón, dejarse arrastrar por lo profundo, no por lo superficial, no por lo exterior, no por lo que está en la periferia, dejarse llevar por lo íntimo, es lo que pasa al iceberg, esa inmensa montaña de hielo. Esa inmensa montaña de hielo se mueve en el océano, no por el viento, no por la tormenta que está en la superficie, le lleva, le conduce las corrientes profundas del mar, las corrientes hondas del océano, as¡ debe ser el hombre, el hombre debe ser como un iceberg, un iceberg al que no conducen, al que no llevan los vientos de la superficie sino que, al que conducen, al que arrastran las profundidades, la fuerza de lo íntimo, la fuerza de la vida, la fuerza que está en lo hondo del ser.

Cuando una palabra nos toca, cuando una palabra… resuena en nosotros, en la práctica del silencio lo que hay que hacer es dejarla resonar, escucharla muchas veces, escucharla siempre, dejarla que suene, que eternamente suene dentro de nosotros, sin pensarla, sin razonarla, sencillamente escuchándola. Que no te distraigan tus pensamientos, que tus reflexiones no aprisionen esa palabra, deja en libertad la palabra, déjala sonar.

Los sonidos llegan a nosotros y mueren en nuestros oídos, pero permanecen en nuestro corazón. Cuando uno escucha un sonido, el sonido se pierde y muere en la exterioridad, pero el sonido puede resonar, seguirnos resonando profundamente dentro, ha muerto fuera y el sonido queda dentro.

La palabra muere también al sonar en nuestros oídos, pero el sonido, la sonoridad de la palabra, que es como la sonoridad de la vida, permanece en lo hondo y en lo profundo del corazón. En el silencio deja que la palabra suene, hacer silencio puede ser escuchar incesantemente esa palabra, escuchar el murmullo, escuchar su rumor dentro de nosotros. Esa palabra que no está lejos, esa palabra que no viene de fuera incluso, esa palabra que ya está dentro y por eso cuando suena en nuestros oídos, resuena en lo profundo del corazón.

La palabra de Dios no está lejos, no está al otro lado del mar, no hay que hacer un viaje buscándola, la palabra de Dios está en tu corazón, está en tus labios, está en tu boca, está en lo más íntimo de ti.

En el silencio uno se expone a la fuerza de la palabra, en el silencio uno se deja conducir por ella.

Una sencilla palabra, una humilde palabra, puede ser lo bastante para conducir la vida entera. Una palabra cuando va madurando en el corazón, cuando va creciendo, puede arrastrar toda nuestra existencia, una palabra puede ser lo bastante para llenar nuestro corazón, una palabra escuchada en el silencio, una palabra… que se hace también silencio, una palabra que en el silencio se hace vida, una palabra que en silencio nos transporta, nos lleva, nos fecunda, y nos llena de su energía, una palabra que en el silencio se vuelve plenitud, una palabra que en el silencio te vuelve: tú mismo.

El silencio puede hacer nuevas todas las palabras.

A veces las palabras son rutinarias, excesivamente escuchadas, excesivamente oídas, quizás nunca escuchadas en silencio, quizás nunca recibidas en el silencio, porque el silencio tiene este poder, tiene esta fuerza, el silencio puede devolver y llenar de vida las palabras y as¡ las palabras entonces nos conducen y nos llenan a nosotros también de vida.

En el silencio dejar… que en ese resonar la palabra, haya como una especie de acunamiento, el silencio es para acunar, la palabra que… nos llega, que nos alcanza, que nos toca, que resuena.

La palabra necesita siempre del silencio, la palabra no se puede escuchar, no puede ser fecunda, no puede llegarnos sino es en el silencio.

El silencio que a veces es como un vacío, el silencio que a veces es como un auténtico vaciamiento, pero sólo en ese vacío, sólo en esa especie de vaciamiento puede resonar la palabra, no se puede hablar si no es con la boca vacía, no se puede cantar con la boca llena, no se puede escuchar sino es con el corazón en silencio, no se puede acoger sino es con el corazón vacío.

En nuestro corazón, en el hondo de nuestro corazón, existe una palabra, en el hondo de nuestro corazón esa palabra necesita del silencio para volver a sonar.

Hay una leyenda… una leyenda árabe…
“El enamorado no hacía más que… decirle, gritarle casi a su enamorada:
– ¿Dónde estás? -decía el enamorado-
– ¿Dime dónde estás? si estás en el mar, yo… me haré un pez e iré junto a ti.
Y la enamorada guardaba silencio.
Y él seguía diciendo: -¿Dime dónde estás? porqué si estás en el monte, si estás en la montaña yo me haré una liebre y correré junto a ti.
Y la enamorada seguía guardando silencio.
Y él volvía a decir: -¿Dime dónde estás? porqué si estás en un árbol, yo… yo me haré un pájaro e iré volando junto a ti.
Y de repente… en ese espacio de silencio, en lo hondo de su corazón, escuchó una voz:
– No sigas, no sigas, estoy dentro de ti.”

La palabra está dentro también de ti, sólo necesitas el silencio. En tu silencio esta palabra volverá a renacer, en el silencio esta palabra hará tu vida, en el silencio esta palabra te conducirá, en el silencio esta palabra será tu seducción. Yo creo que tenía razón, que tiene razón Jeremías, cuando le dice a Dios: “Me has seducido y yo me dejé seducir”. Un silencio en el que tú te sientas… tú te puedas sentir seducido, arrastrado y conducido por lo absoluto, por lo más maravilloso que hay en tu corazón. No para que te seduzca lo que está fuera, sino para que te seduzca la vida que te habita, para que te seduzca la vida que está dentro, un silencio para que ames la vida… que te inunda y te llena, un silencio para que seas tú mismo.

José Fernández MORATIEL

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