Cuando la religión rompe su lazo con Dios 4.5/5 (4)

La religión se puede comparar con la luna, que alumbra la tierra de noche pero recibe su luz del sol. Cuando la luna se coloca entre el sol y la tierra, ocurre un eclipse solar. Algo parecido pasa con la religión. El sol es lo divino, ilumina a las religiones para que den luz a las personas en su camino. Pero si la religión se da demasiada importancia a sí misma, colocándose entre Dios y la persona, entonces oscurecerá a Dios: se produce un eclipse de Dios. Es una tendencia que encontramos en todas las religiones y, por este motivo, la mística conlleva irremisiblemente cierta crítica a las religiones; no por rechazarlas, sino como señal de alarma contra un exceso de aprecio de sus propios valores.

La espiritualidad transconfesional no se refiere a una religión, sino a una religiosidad más allá de las religiones. Y esa religiosidad es un rasgo básico de la naturaleza humana; es nuestra tendencia más íntima a abrirnos hacia la totalidad y lo uno. Esa tendencia la compartimos con todos los seres vivos, pues es la fuerza impulsora de la evolución. Hasta ahora se manifestaba en las diferentes religiones del mundo porque durante milenios no ha existido ninguna separación entre religión y espiritualidad. Pero ahora estamos viendo que esta energía religiosa se desgaja de las religiones tradicionales.

La experiencia mística es una experiencia originaria y quien la experimenta no puede callarla, tiene que articularla, y lo hará en la forma que sea acorde con su personalidad. Y a las Instituciones religiosas les cuesta aceptar precisamente esto. Por este motivo las Iglesias cristianas obligaban a los místicos y a las místicas a reformular sus experiencias místicas según los dogmas. Los que se resistían tenían que contar con ser perseguidos como heréticos y, en el peor de los casos, con ser quemados. Por ejemplo, Marguerite Porete, Giordano Bruno o Miguel de Molinos fueron personas que supuestamente no hicieron esta reformulación según los dogmas, y fueron castigados por ello de manera cruel. Este ejemplo se encuentra en todas las religiones teístas, también en el islam, porque pretenden haber recibido directamente de Dios la revelación de la verdad, al lado de la cual cualquier otra forma de experiencia de Dios se convierte en herejía.

Las personas con una vena mística no niegan que las instituciones desempeñen un papel de ayuda y ordenación y, por regla general, no buscan una confrontación directa con ellas. Pero, a menudo sin querer, las ponen en cuestión de forma indirecta, debido a que sus experiencias místicas les llevan más allá de la religiosidad de las confesiones, hacia un espacio transconfesional.

Buda no quiso fundar ninguna religión. Jesús no quiso fundar ninguna religión. Son solamente sus seguidores los que dieron forma a las experiencias de sus maestros, estableciéndolas de forma oficial. Me temo que se trata de un proceso inevitable. Porque lo divino que se vive en las experiencias espirituales estimula a ser expresado en forma de rituales y teologías. Por ese motivo siempre habrá comunidades religiosas, en el sentido más amplio de la palabra, aún cuando muchas se establecerán en el futuro al margen de nuestras Iglesias.

No aconsejaría a nadie abandonar su religión, como yo tampoco quisiera abandonar mi cristianismo. Pero la religión para mí significa solamente el indicador del camino, no la meta. Cuando me dé cuenta de que el indicador se da demasiada importancia y me retiene, entonces no le haré caso. Por supuesto que les resulta difícil a las personas abandonar lo que ha sido lo más natural desde su infancia. No lo hace nadie a no ser que ya haya comenzado a dudar o a desesperar de lo que antes resultaba evidente. Y esto ocurre cada vez con más frecuencia en la medida en que aumenta la discrepancia entre la concepción cotidiana del mundo y las ideas religiosas tradicionales. De repente se ven confrontadas con preguntas a las que no encuentran respuesta: ¿por qué vivo?, ¿adónde voy?, ¿por qué me ha sucedido esto a mí? Las religiones intentan desde siempre dar respuestas a este tipo de preguntas, pero ya no satisfacen a muchas personas de nuestra época. De golpe, estas personas se han quedado sin apoyo, lo que les produce una gran inseguridad

 

Libro: La ola es el mar

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