Las otras vidas de uno de los generales más importantes del nazismo: RUDOLF HESS 4.75/5 (4)

Con la llegada al poder de Adolf Hitler comenzó la etapa más tenebrosa del siglo XX. El sueño del nacionalsocialismo era imponerse como la única ideología mundial. Junto al nombre de Hitler han pasado tristemente a la historia los de sus más destacados cómplices: Josef Goebbels, ministro de Propaganda; Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo; Reinhard Heydrich, lugarteniente de Himmler; Martin Bormann, canciller durante la contienda; Hermann Goering, responsable de la Luftwaffe y elegido por el Führer como su sucesor. Y Rudolf Hess, segundo en la linea sucesoria y uno de los principales ideólogos del nazismo. También el más misterioso de todos ellos.

hessRudof Walter Richard Hess, hijo de un hombre de negocios, nació el 26 de abril de 1894 en Alejandría, donde vivió su adolescencia. Luchó en la Primera Guerra Mundial. Después, estudió historia en la Universidad de Munich, en la que se hizo antisemita. En 1920 se afilió al partido nazi y pronto se convirtió en amigo y confidente de Hitler. Tras el fallido golpe de estado de 1923, llamado “de la cerveza”, Hitler y él fueron encarcelados juntos en la prisión de Landsberg, en Baviera. Fue en esa prisión donde Hitler concibió el ideario del nazismo: Mein Kampf; curiosamente, Rudolf Hess escribió al dictado el manuscrito. En 1933, Hess formó parte del primer gobierno nacionalsocialista. Sin embargo, cuando en 1939 Alemania invadió Polonia, la estrella de Rudolf Hess estaba ya en declive y Martin Bormann se perfilaba como su sucesor.

En 1941, la Luftwaffe no había conseguido aún doblegar la resistencia de Inglaterra. Ese mismo año, Rudolf Hess se lanzó en paracaídas, completamente solo, sobre Escocia. ¿Qué se proponía? Se ha especulado que quisiera negociar una paz con Churchill. Tal vez lo único que buscaba era una salida personal. No se sabe. El hecho es que Churchill lo retuvo como prisionero, hasta que en 1945 los vencedores lo sentaron en el banquillo de acusados del juicio por crímenes de guerra de Nuremberg.

El tribunal apreció en él evidencias de enajenación mental. Fue absuelto de crímenes contra la humanidad pero condenado por participar en los preparativos de una guerra de agresión. Aunque eludió la horca a la que se condenó a muchos de sus correligionarios, la sentencia fue de cadena perpetua. En 1946 ingresó en la prisión de Spandau, en Berlín. 

A partir de 1966, con la salida de los otros dos convictos nazis de Spandau, Albert Speer, ministro de Armamento del Tercer Reich y Baldur von Scriach, jefe de las Juventudes Hitlerianas, Rudolf Hess quedó como el único recluso de la prisión. Hasta su muerte, en 1987, se mantuvo toda la infraestructura penitenciaria para él solo. Se convirtió así en el preso más caro de la historia. 

También en el más solitario.

Y es en Spandau, con Rudolf Hess custodiado por cuatro cuerpos de guardia, inglés, francés, americano y ruso donde, en el invierno de 1952, comienza nuestra historia. 

En 1952, el teniente coronel John Andrew Preston, del cuerpo siquiátrico del ejército norteamericano, abandonó el frente de Corea, donde había desarrollado un estudio sobre la fatiga de combate. Su siguiente destino era Berlín. El 12 de febrero el teniente coronel Preston llegó a la prisión de Spandau. Su misión era analizar mediante el método sicoanálitico los mecanismos inconscientes en los que se basa la ideología nacionalsocialista. Preston se felicitaba de la suerte que suponía que Hess, el máximo ideólogo nazi, siguiera vivo; y que además hubiera aceptado de buen grado colaborar con él.

Rudolf Hess habló con el sicoanalista americano durante los meses de febrero y marzo de ese año. Cada palabra de sus encuentros fue grabada en cinta magnetofónica y puesta por escrito. A todo ese material se le llamó informe Aguila Fénix. Durante años, estuvo clasificado como secreto por la inteligencia militar. No obstante, Preston escribió un libro, basado en su informe, que no fue publicado hasta 1988. Lo tituló Las pieles de la serpiente. 

Descubrimos el libro en Nueva York, en Zimmerman’s, una librería de Greenwich Village en la que ya hemos encontrado más de una interesante rareza. En esta ocasión la suerte nos sonrió especialmente.

Estos son algunos fragmentos del contenido de Las pieles de la serpiente:
“Lo primero que me ha sorprendido de Rudolf Hess es su mirada. En principio resulta hostil por su intensidad. Pero enseguida comprendes que si te mira fijamente a los ojos es porque está analizando si eres un interlocutor al que merece la pena prestar atención o no. Curiosamente, transmite una cierta sensación de serenidad, ayudada por su elegancia innata y un sutil sentido del humor […]. Se mantiene delgado y en forma a sus cincuenta y siete años […]. Me he tenido que recordar a mí mismo que estoy ante el último gran criminal nazi vivo y no ante un lord británico. Incluso su dicción en inglés es excelente.

rudolf-hess-1[…]-Sí, por extraño que le parezca, así fue -remarcó Hess con displicencia, consciente del dominio de su puesta en escena-. En aquella celda de Landsberg, en 1923, el Führer me dictó el Mein Kampf. Sus ideas eran de tal grandeza que no podía pensarlas y escribirlas a la vez. Y, por otra parte, tenía muy mala letra…

-Aclaró con una leve sonrisa, adivinando mis dudas sobre si se estaba burlando de mí o no-. Al final de cada jornada de trabajo yo ordenaba las notas y les daba forma.

-¿Y no sintió usted nunca la tentación de añadir algo propio a lo que Hitler le dictaba? -le pregunté con cierta malicia.

-En esos años, el Führer y yo éramos íntimos amigos y veíamos de idéntico modo cuál debía ser el futuro del pueblo alemán. Es difícil precisar dónde terminaba el pensamiento de uno y comenzaba el del otro. Digamos, por no pecar de inmodesto, que adorné algunos capítulos -hizo una pausa para disfrutar de la calculada ambigüedad de su explicación.

[…]-Nuestro antisemitismo, como usted lo llama, fue el intento de solución global más honesto y consecuente al cáncer que desde el comienzo de la historia han sido los judíos. La constante obsesión de esa raza es el dominio económico del mundo; lo llevan en la sangre. Piense que todos los pueblos han procurado expulsarlos de sus territorios sin conseguirlo nunca del todo. Vuelven siempre, se enquistan y crecen dentro de cualquier sociedad. No tiene usted, teniente coronel Preston, más que mirar lo que sucede en su propio país… Nosotros afrontamos el problema directamente: eliminar el tumor de raíz: exterminarlos a todos. Es lamentable que el curso de la guerra no permitiera concluir el trabajo -añadió con el tono que uno utilizaría para quejarse de que una tormenta le ha arruinado el día de campo.

-Disculpe, no puedo evitar interrumpirle. Aun suponiendo que estuviera de acuerdo con su concepción del pueblo judío, que por supuesto no lo estoy, están los límites; los límites de la crueldad y del horror. Su método pasaba por ellos. Es más, se fundamentaba en ellos. Y eso es lo inadmisible.

-No. Simplemente es profesional y efectivo. En una mesa de quirófano es necesario derramar sangre para cortar un tumor. La diferencia entre nosotros dos es que usted sólo ve la sangre; y yo lo que veo es el tumor en el cubo de desperdicios y al paciente curado.”

rudolf_hess_by_shitdeviant-d53hdfkTras unas cuantas conversaciones similares, Preston reflexiona en su libro que no le parecía suficiente la cooperación y aterradora sinceridad de Hess, él quería llegar más lejos, ahondar en los mecanismos de ese cerebro; intentar acotar hasta qué punto una gran inteligencia puede convivir con la insensibilidad más extrema, con la total ausencia de piedad humana. Pensaba que la cadena no podía ser perfecta. En algún eslabón debería hallarse una fisura de humanidad. Y se propuso encontrarla. Para ello, pidió a Hess permiso para someterle a un cuestionario bajo técnicas de hipnosis.

“Para mi sorpresa, Hess ha aceptado enseguida ser hipnotizado. Incluso le divierte la idea, dice que en Spandau no son frecuentes los espectáculos de variedades. Su única condición es que después quiere escuchar la grabación con lo que ha dicho.

[…]-Estoy agazapado -fue su primera frase en estado hipnótico-. La oscuridad es total. No debo hacer el menor ruido, ningún movimiento que descubra mi posición. Sé que están ahí, quizá mucho más cerca de lo que creo. Debo ser paciente, dejar que ellos cometan el primer error… Tengo miedo; mucho más del que he sentido nunca… Pero he de mantener la mente clara y dominar la situación. Al fin y al cabo estoy armado… Y la oscuridad, a pesar de ser aterradora, es mi única aliada frente a ellos. 

Aunque Hess presentaba la típica inexpresividad y tono monocorde de todo hipnotizado, se notaba que mientras hablaba sufría un profundo terror a punto de desembocar en pánico. Pasado el trance, y ya en su estado normal de consciencia, escuchó la grabación. 

-¿Reconoce usted sus palabras, señor Hess?

-Reconozco mi voz, el resto no.

-¿Quiere decir que no recuerda haberlo dicho?

-No, no. Quiero decir que no sé de qué he estado hablando. No sé qué significa.

-Yo he pensado que se trataba de sus experiencias como soldado en la Primera Guerra Mundial. Podría referirse a una trinchera, en noche cerrada, en la que se hubiera infiltrado algún enemigo.

-En efecto, eso es lo que podría sugerir. Excepto por un pequeño detalle: yo serví en aviación. Nunca en mi vida he pisado una trinchera -y al decir esto, la media sonrisa habitual había desaparecido de su rostro.” Al día siguiente, el sicoanalista volvió a hipnotizarlo y dialogó con él en ese estado. Las palabras de Hess fueron:

“-Jamás pensé que lograran capturarme. Están más organizados de lo que suponía. Mi escolta no ha podido hacer nada, los han matado a todos. Siempre he estado preparado para una bala o un puñal, pero esto es mucho peor que un atentado. La oscuridad es casi total, me resulta angustiosa. La única luz entra por las rendijas de la trampilla del techo. La abren una vez al día para bajarme la comida con una cuerda. El cuarto es estrecho; he contado tres pasos escasos de largo y apenas puedo extender los brazos a lo ancho. La trampilla está a unos cuatro metros de altura, esto es como un pozo.

-En la sesión anterior usted dijo que estaba armado y había alguien más: enemigos. ¿Ahora está solo?

-Estoy solo. ¡Y ojalá tuviera mi revólver!

-¿Es usted prisionero de los ingleses? ¿Le han retenido tras su lanzamiento en paracaídas sobre Escocia?

-No son ingleses -contestó con cara de no comprender por qué le hacía esas preguntas.

-¿Dónde se encuentra exactamente?

-No lo sé con seguridad, me han traído con los ojos vendados. Por el tiempo que ha durado el viaje deben ser los alrededores de la ciudad.

-¿Qué ciudad?

-Erzurum, naturalmente. La ciudad está plagada de esa chusma.

-¿Se refiere a los judíos?

-Armenios… Los malditos armenios -masculló entre dientes con odio.

-Dígame. Y sea por favor lo más preciso que pueda. ¿En qué fecha estamos?

-Es Febrero. Creo que 17 de Febrero.

-¿De qué año?

-1894.”

Erzurum es una ciudad del noreste de Turquía, cercana al territorio armenio. En 1894, como sucedía en el resto del país, la policía turca ejercía la represión contra la población armenia. Preston aclara que al igual que en la primera sesión de hipnosis, Hess habló en alemán. Parecía estar contando un secuestro político. Pero lo más extraordinario era que lo hacía en primera persona, dando datos exactos que, por otra parte, se contradecían con lo dicho durante el primer trance hipnótico como si pertenecieran a dos historias distintas. Y sobre todo estaba la fecha. El 17 de febrero de 1894 Hess no existía; aún faltaban sesenta y ocho días para su nacimiento en Alejandría. 

El teniente coronel Preston estaba perplejo, pero no lo estaba menos el propio Rudolf Hess. Tras cada sesión, que por las reglas de la hipnosis no podía durar más de unos minutos, el nazi no tenía ni la más remota idea de a qué se referían sus enigmáticas palabras. De hecho, él fue el primer interesado en que se continuara indagando en su mente.

hess1“-Estamos por tanto en Turquía, en 1894, cerca de la ciudad de Erzurum, y los armenios lo mantienen como rehén. ¿Por qué? ¿Quién es usted?

-No entiendo el significado de tus palabras. Pero si me preguntas quién soy, te diré que alguien condenado a morir, encerrado vivo en su propia tumba. Y sin embargo, hasta ayer, he sido la primera espada del faraón. Soy el general Tetmosis, vencedor de las tribus nubias, constructor de los grandes fuertes del Sur y guardián de la frontera entre las dos cataratas. Fui aclamado como héroe en Tebas y cubierto de oro por Nefapetre en persona. Pero ahora una conjura de los sacerdotes me ha convertido en traidor ante los ojos de mi faraón. Mas Nefapetre ha sido indulgente. Aunque me ha condenado a morir de esta forma atroz, protegerá a mi familia y mi memoria será recordada y respetada gracias a mi tumba, esta gran tumba de piedra en la que quieren que muera, acompañado por tres de mis esclavos y en la más completa oscuridad. Sin agua ni alimentos. Pero no puedo resignarme a morir así. No he perdido la esperanza de encontrar una salida. Y sé cómo sobrevivir mientras tanto.”

Nefapetre existió realmente. Fue uno de los nombres de Mentuhotep II, faraón de la décimoprimera dinastía. Reinó del 2060 al 2010 antes de Cristo. Con él comenzó el llamado Imperio Medio. Mandó erigir numerosos templos y tumbas cerca de Tebas, pero prácticamente ninguno de ellos se conserva. Bajo su mandato, Egipto se anexionó el territorio nubio; y mediante un sólido sistema de fortificaciones se aseguraron las fronteras del sur. Sin embargo, no ha quedado constancia de general Tetmosis alguno.

Un cautivo de los armenios en Turquía en 1894… Un general egipcio enterrado en vida en su mausoleo hace cuatro mil años. Y un denominador común, la oscuridad. Preston pensó en dos posibilidades: o el subconsciente de Rudolf Hess disparataba de un modo muy imaginativo o la explicación sólo podía ser otra.

“-¿Reencarnación? -Preguntó Hess con sorna-. Es fácil caer en la tentación de pensarlo. Pero científicamente no es serio. Es algo tan absurdo como… no sé: creer en Dios.

-Sí, yo también soy escéptico al respecto -le contesté casi disculpándome por la idea-. Pero entonces, la única explicación es que, de algún modo, se lo está usted inventando. Basándose en lecturas del pasado, por ejemplo.

-No, en absoluto. Que yo recuerde, ni de niño he perdido el tiempo leyendo biografías de generales egipcios. Y mucho menos cosas sobre armenios -atajó mostrando su desprecio por esos temas-. Hay otra posibilidad, que usted como siquiatra sin duda contempla.

-Ya. Un caso de personalidad múltiple. Aunque desde luego muy extraño por los enormes saltos en el tiempo.

-Bueno, cosas de lunático. No olvide que ustedes me consideraron en Nuremberg un esquizofrénico peligroso -esta vez hizo gala de su mejor sarcasmo.

-Yo no estuve en Nuremberg… -Me apresuré a cambiar de rumbo-. Habrá observado que las narraciones de su subconsciente se refieren en ambos casos a hombres de acción encerrados.

-Sí, como yo mismo. La única diferencia es que no estoy a oscuras, que parece ser algo que mantiene agobiados a los otros habitantes de mi cabeza -acompañó la sonrisa clavándome unos deliberados ojos de loco mientras gesticulaba con los dedos cerca de sus sienes.

-Desde luego, todo esto no parece guardar relación con mi intención inicial de análisis del nazismo.

-Quién sabe… -Parecía tener interés en subrayar que, lejos de preocuparle, disfrutaba con todo aquello. 

-En efecto. Pero aunque no tuviera nada que ver -me sinceré-, le confieso que estoy ansioso por escuchar qué va a decir en la próxima sesión de hipnosis.

-Lo cierto es que yo también siento alguna curiosidad.

[…]

Gracias a mi sarcófago he conseguido vencer a la oscuridad. Está colocado en el centro de la cripta. Cuando sellaron la entrada, permanecí junto a él. Sé que la cabecera está orientada al norte, y esta referencia me ha permitido situar mentalmente los límites de la tumba. Y a sus pies estaban mis armas: la maza de cedro, la espada de bronce y mi lanza. Uno de los esclavos se hizo con la lanza, tal vez imaginaba mis intenciones… Durante muchas horas nadie ha arriesgado el primer movimiento. He decidido tomar yo la iniciativa del ataque antes de que el sueño y el hambre me debiliten. He localizado al esclavo armado, lo he acorralado y le he hundido el cráneo de un mazazo. He maniatado a los otros dos con los jirones de sus vestimentas. Ahora ya domino la situación y puedo pensar con alguna calma cómo salir de aquí. ¡Daría cualquier cosa por disponer de la más mínima luz!

He encontrado en el muro sur una piedra peor encajada que las demás. Si tengo suerte y consigo desplazarla, puede que el hueco conduzca a alguna de las galerías que al parecer comunican con el templo de Tebas… El trabajo de rascar las junturas de la piedra es muy lento y penoso; la punta de bronce de la espada se está desgastando. Podrían ayudarme los esclavos, pero temo dejarlos libres en esta oscuridad. Saben que cuando se agote la carne del cadáver de su compañero le tocará el turno a uno de ellos.

[…]

Para los expertos consultados, todo lo contado por Hess tiene las características clásicas de un caso de metempsicosis doble. Lo único que no les encaja es que durante sus trances se exprese siempre en alemán, y no en el idioma correspondiente al país y época de sus supuestas vidas pretéritas. Pero esos expertos creen en la reencarnación, en la transmigración de cada alma de cuerpo en cuerpo. Y yo no; y ahora me sigue costando trabajo hacerlo. Personalmente, pienso que se trata de invenciones del subconsciente de Hess, traumatizado por el encierro como constante real de su vida pasada y futura.

[…] 

La historia del general egipcio es terrorífica. Sin embargo, lo que a Hess le ha impresionado no es el canibalismo en la oscuridad, sino la profesionalidad de Tetmosis en la utilización de sus escasos medios ante una situación tan extrema. Hemos iniciado la siguiente sesión de hipnosis deseando conocer la suerte que corrió Tetmosis. Para mi sorpresa, la mente de Hess ha regresado a Turquía en 1894. 

-Seguimos en el interior de la tumba, en la oscuridad. ¿Cuál es la situación? ¿Sigue trabajando en el muro?

-El jefe armenio se ha asomado por segunda vez desde la trampilla del techo. En la primera ocasión, llevaba el rostro cubierto por una capucha y me informó que pretendían canjearme por diez de los suyos. Esta vez se ha mostrado con la cara descubierta y se ha limitado a sonreír. Sé lo que eso significa… Va a matarme.

-Estamos en Turquía, en 1894. Le secuestraron el 17 de Febrero. ¿Sabe cuánto tiempo ha pasado? 

-No lo sé. He perdido la noción del tiempo. Pero han pasado muchos días -Hess comenzó a sudar, mostraba una creciente angustia.

-¿Quién es usted? ¿Un político turco? ¿Un militar?

-Soy el coronel Musal Kumayek, jefe de la policía de Erzurum… Confiaba en que mis superiores pagaran el rescate. Al fin y al cabo, el precio era sólo la libertad de un puñado de armenios piojosos. Ya me hubiera encargado yo de volverlos a tumbar en mi banco de interrogatorios… Ahora, sólo espero que ese maldito armenio deje de sonreír ahí arriba y me pegue un tiro de una vez… Pero se aparta y vuelve a cerrar la trampilla. Oigo ruidos… Arrastran algo pesado; lo han colocado sobre la trampilla… ¡Ya no entra luz por las rendijas! ¡La oscuridad es total! ¡Me van a dejar morir de hambre y de sed!”

Según el informe solicitado por Preston al Ministerio del Interior de Ankara, el coronel Musal Kumayek existió realmente. Nació en Esmirna en 1843. Dirigió con brutal crueldad la represión sobre los armenios en la provincia de Erzurum en 1894. Fue secuestrado por éstos el 17 de febrero de ese año. El 19 de abril, las autoridades turcas se negaron definitivamente a canjearlo por un grupo de presos armenios. No se volvió a saber de Kumayek. Su cuerpo no apareció nunca. 

Una persona privada por completo de agua y comida tarda entre cinco y diez días en morir. Cabe por tanto pensar que el coronel turco muriera el 26 de abril de 1894: la fecha de nacimiento de Rudolf Hess.

-“La espada se ha partido al intentar hacer palanca. Con la punta de pedernal de la lanza avanzo más despacio. Estoy mareado y respiro cada vez con más dificultad. Pensaba que resolviendo el problema del alimento iba a tener tiempo suficiente para salir de aquí. Pero no podía imaginar que en un lugar completamente cerrado el aire se agota. Al comprenderlo, maté a los otros dos esclavos para que no respiraran. Pero sólo ha servido para que mi agonía se prolongue. Sigo trabajando en el muro para no pensar. Cuando las fuerzas me abandonen, me tenderé en el sarcófago. Deseo emprender mi viaje hacia la inmortalidad en la digna postura que corresponde a un gran general. 

[…]

En las siguientes sesiones, Tetmosis no volvió a aparecer. El subconsciente de Hess, tras la muerte por asfixia del general, había dado por terminada la recreación de esa vida. Sin embargo, Musal Kumayek habló una vez más. El relato del final de su agonía fue tan espantoso que impresionó incluso a Hess. En todo caso, terminadas ambas historias, la pregunta lógica que me formulé era qué iba a ocurrir en una nueva sesión de hipnosis. Y, simplemente, lo que ocurrió es que afloró una nueva personalidad.

[…]

-Hoy, en la tienda, me ha resultado desagradable tener que decirle a la señora Pedekaris que no puedo seguir fiándole por más tiempo. La lista de alimentos que me debe suma ya casi mil dracmas. Yo no tengo la culpa de que su marido se haya quedado sin trabajo.

[…]

Practiqué con Hess diez sesiones más de hipnotismo. En todas ellas surgió la vida de Andreas Mikis, un anodino y afeminado tendero de Atenas que, según dijo por boca de Hess, vivió en la primera mitad del siglo XIX. Si aceptáramos la cadena de reencarnaciones, pudo ser el eslabón inmediatamente anterior al policía turco. Pero en esta ocasión no había ningún paralelismo; ni con las supuestas vidas pasadas ni con la existencia real de Hess. Salvo por un detalle; también se mencionaba el miedo al encierro y la oscuridad, aunque de un modo tan trivial e inofensivo como quedarse atrapado en el lóbrego almacén de su tienda de ultramarinos por una puerta que encajaba mal.

No tenía sentido continuar y además el propio Hess se negó a hacerlo; le ofendía que su subconsciente hubiera quedado ocupado por la biografía, inventada o no por él, de un tendero griego. Y quién sabe por cuánto tiempo. Mi trabajo en Spandau había concluido; en realidad, sin haber llegado a comenzar.

[…]

hess2Bien, teniente coronel Preston, así que nos deja usted -su tono de superioridad y condescendencia era irritante-. ¿Regresa a casa contento o frustrado por los resultados de su experimento conmigo?

-Es difícil contestar a esa pregunta… He de analizar mis notas.

-Yo le diré cuáles van a ser sus conclusiones -estaba pletórico-. Dejando de lado la teoría barata de la reencarnación, en la que ni usted ni yo creemos, sólo queda la caprichosa creación de personalidades por parte de un esquizofrénico -se señaló a sí mismo.

-Quizá no tan caprichosa. No olvide las constantes en todas ellas: reclusión, angustia, oscuridad: terror. 

-¿También el tendero?

-También. Sólo que su miedo es proporcional a una vida sin sobresaltos y sin mayores riesgos que los de fiar a los clientes.

-Usted cree que mi condena a cadena perpetua crea en mi subconsciente una serie de fantasmas. Fantasmas recluidos, angustiados, inmersos en la oscuridad, aterrorizados, con finales trágicos. Todo lo que usted quiera. Pero olvida algo que tira por tierra su teoría de proyección de mi personalidad. Y es que yo no vivo la cárcel como una tragedia. Asumí desde el principio que nunca saldré de Spandau. Esta es mi mansión. Aquí leo, escribo, paseo y pienso, lejos de la estupidez de la gente. Dígame, Preston, ¿dónde está la oscuridad en mi vida? -y la convicción con que pronunció este monólogo final fue total, quizá incluso excesiva para resultar del todo creíble.

-Entonces, ¿cuál es su explicación? -Adiviné su respuesta.

-¿Yo? No tengo ninguna. El siquiatra es usted.”

El teniente coronel Preston murió en 1970. Quizá le hubiera gustado saber hasta qué punto había acertado en las conclusiones de su trabajo en Spandau. Hess había mentido. El encierro de por vida sí le mantuvo angustiado siempre, y se volvió insoportable en los últimos años. Al final, los fantasmas de oscuridad y asfixia, presagiados por su subconsciente, se materializaron también. 

El último preso de Spandau nunca salió de la cárcel. Una úlcera de duodeno apenas le permitía comer nada sólido. Se intentó suicidar en varias ocasiones. Lo consiguió el 17 de agosto de 1987, a los noventa y tres años de edad, estrangulándose con un cable eléctrico en la exigua caseta del jardinero de la prisión.

Durante los últimos años de su vida se quedó sordo y prácticamente ciego.

“-El carpintero sigue sin venir. La puerta se queda encajada cada vez más a menudo. De mañana no pasa; si no viene llamo a otro. No quiero quedarme encerrado en el almacén. Nada en este mundo me da más miedo que la oscuridad.”

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